Algo sentía en mis adentros, había un aroma putrefacto pero ajeno a mi. Era como si viajara en un túnel donde nadie me había avisado que entraría y entré. Fuera de mi estaba mi hija pequeña con el rostro entre la sorpresa y el pánico.
Escuchaba voces aceleradas y batas blancas tomando decisiones ajenas sobre mi vida y sobre mi muerte, pensaba: ¿Qué no pensarán tomarme en cuenta? ¡A fin de cuentas es mi vida! Pero era inútil parecia que no me escuchaban. Uno de esos hombres de blanco traía en sus manos un par de palas eléctricas dispuesto a aplicarlas sobre mi pecho, pero los demás dudaban, había mucha gente en ese espacio verde olivo, todas con cara de sorpresa tétrica.
Parece que por fin habían decidido algo en común, y entre dos grandes hombres me tomaron de los brazos y las piernas y me depositaron sobre una pequeña camilla dura y con rueditas, y comenzaron a correr conmigo encima. Yo lo escuchaba todo aún cuando no veía nada. Oia la prisa, la incertidumbre, el sobresalto, el miedo. Escuchaba la llegada del elevador y el girar de los baleros y ruedas de mi cama móvil bajando por ese elevador y escuchaba a los hombres de blanco gritarle a otros hombres de menor escala: ¡No dejes de presionar, sigue dando ritmo, fuerte! y unas grandes manos sometiendo mi pecho una y otra vez con un ritmo extraño.
De pronto se abrieron las puertas de ese elevador y salí corriendo, más bien rodando, empujado con gran fuerza por esos hombre de blanco que al mismo tiempo gritaban ¡Lo estamos perdiendo!
Se abrieron dos puertas corredizas y me volvieron a depositar en otra cama más grande llena de cables y máquinas perversas y ahora si el hombre de cabello blanco y bata blanca tomo aquellas paletas eléctricas y las empujo contra mi pecho gritando: ¡A un lado! y el resto se alejó dos pasos y senti un estruendo dentro de mi. Como si cayera en un abismo profundo lleno de luz y de oscuridad unidas en esa intensa incertidumbre de puente que me trasladaba a otro sitio sin dejar el lugar donde me encontraba.
De pronto me dí cuenta que estaba en dos sitios simultáneamente, en ese cuarto de cristal donde la gente de blanco entraba y salía corriendo, apresurada y nerviosa y al mismo tiempo estaba entrando a un espacio oscuro, lleno de vacío y una barandilla como de un juzgado que me separada de una juez linda y gentil que me recibía con una sonrisa de Monalisa sin Leonardo.
Al mismo tiempo sucedían esas dos historias, en tiempos unisonos, como dos universos paralelos que coexisten en el mismo y preciado tiempo, un kronos y un kayros unidos y distintos.
Mientras los de blanco de abajo me invadian de cables, de agujas, de venoclisis y me convertían en un ser eléctrico conectado a tanto aparato extraño se encontraba a mi lado, escuchando y sientiendo pitidos de luz que me convertían en una línea que ondulaba en una pantalla llena de números verdes y focos rojos. De pronto uno de los de blanco abriendo mi boca insertó un tubo delgado y transparente sobre mi garganta. Estaba siendo invadido por un pedazo de plástico que intentaba inflarme como un pequeño globo de cantoya y la señora de blanco me sellaba con cinta aquel tubo transparente para que no lo escupiera.
Me convertí en una especie de arbolito navideño en pleno julio, lleno de luces y adornos conectados a mi piel.
Hubiera podido llorar si la conciencia me alcanzara pero primero tenía que saber que parte de aquella realidad era mentira y que parte de aquella mentira era real.
Del otro lado del cristal descubrí a mis hijas esperando, esperanzadas y quise pedirles que cruzaran el umbral del espacio entre los cristales donde seguían entrando y saliendo los hombres y las mujeres de blanco con espanto, asombro y sorpresa, llenas de cosas extrañas en sus manos y con disfraces de verde hasta en sus rostros.
¡Hijas, por favor vengan conmigo! ¡Las necesito aquí a mi lado! y ellas respondían:
¡No podemos Papa!, ¡No podemos!
y Yo insistía una y otra vez que entraran, que las necesitaba
¡No podemos Papá!, ¡No podemos simplemente porque te has ido!, ¡Estás Muerto!
De pronto una realidad fantasmagórica y abrumadora se apropió de mi ser y me dí cuenta que estaba trascendiendo sobre un puente complejo que me alejaba de aquel espacio que había llamado: Vida
En el otro universo paralelo, el otro Pablo estaba enfrentando un juicio, un juicio extraño en un juzgado oscuro con la más extraña juez que no me estaba juzgando, solo me cuestionaba ¿qué es lo que querría?
El universo del juzgado era extraño por que no sabía lo que deseaba, quizás por que no alcanzaba a descubrir los significados de aquel sitio legal y ¿quién era aquella juez amable que me recibía?
Como les había narrado, estos dos universos distintos y que se confrontaban coexistían simultáneamente entre si y yo así lo sentía, querría decir ¡Vivía! pero no sería el adjetivo correcto para dicha experiencia.
Aquella juez seguía insistiendo en preguntar ¿qué es lo que yo deseaba? y no podía responder ya que no tenía respuesta alguna sino un millón de dudas coexistiendo dentro de mi. Aquella juez solo acertó a decirme si deseaba ya quedarme ahi "definittvamete".
Ese concepto de "definitivo" me retumbaba en mi conciencia de paso, yo creía que estaba de paso por aquel lugar de juicio. me dí cuenta que aquello que llamamos muerte es el único sitio definitivo con el que los humanos podemos contar. Y para esa definición no estaba preparado. Como si exigiera un espejo para reflejarme y observar mi reflejo en aquel universo lejano y tenia miedo de que solo se reflejara una imagen catrina de José Guadalupe Posadas en dia de muertos.
Mientras tanto en el otro universo de abajo, digo abajo, por diferenciar los sitios universales, uno sobre el otro. En ese universo inferior seguía ese cuerpo conectado eléctricamente e intubado para quizás seguir inflando aquel globo de piel que era yo y mis pulmones o lo que quedaban de ellos.
La mujer de blanco que se había quedado a mi lado no dejaba de mirar todas las pantallas que me rodeaban con indicadores luminosos que quizás algo decían para que aquella mujer entendiera ese universo extraño que llamamos Vida y sus signos vitales. Los demás hombres de blanco ya no estaban, solo había un silencio entrecortado por los "Bips" de las pantallas y sus lineas oblícuas.
De pronto entaron mis hijas ahora si frente a mi, sin saber que yo las escuchaba aunque no podía verlas. Pero les sentía la tristeza que inundaba toda la habitación de cristal y solo alcanzaban a murmurar: ¡Dios, si Papá está sufriendo mejor llévatelo contigo, no deseamos que sufra! Y yo me daba cuenta como si pusieran un espejo de dolor frente a mi pero me alcanzara a dar cuenta de ese mi dolor y aquello me llenaba de dudas. ¿Debía decidir marcharme ya? ¿quién lo tendría que decidir?
Inmediatamente después del mismo modo entrarían algunos de mis hermanos que veían frente a si a su hermano menor conectado y moribundo sin haberlo esperado siquiera por una sospechosa enfermedad que me aquejara. Descubrir su tristeza me daba pena, me ponía triste como si me contagiaran de su tristeza melancólica y sorpresiva.
Y ellos repetirían la misma frase que mis hijas habían expresado, ¡Que no sufriera!
Una pequeña eternidad estaba viviendo o experimentando en mi reloj de vida, en ese reloj marcaban quince días transcurridos y en el universo paralelo superior solo habian pasado unos pocos segundos, por darle alguna denominación temporal que arriba no existe.
CONTINUARA!
Pablo Lorenzo García