I. LA RUTINA
La oficina es un reloj sin manecillas.
Los papeles se apilan como ceniza,
los días se calcifican
en un calendario que no promete nada.
Martín camina entre escritorios
como quien atraviesa un páramo:
respira porque el aire insiste,
vive porque aún no es hora de jubilarse.
Sus hijos son islas lejanas,
su casa un mueble sin voces,
su corazón un archivador polvoriento
donde la esperanza duerme boca abajo.
Todo es tan gris
que hasta la soledad se acostumbra.
II. EL ENCUENTRO
Entonces,
sin tocar la puerta del destino,
entró Avellaneda.
Tenía un nombre de bosque joven,
de ramas que saben doblarse
sin quebrarse.
En sus ojos cabía la primavera
que Santomé había olvidado nombrar.
Ella no dijo “te rescato”,
no dijo nada.
Sonrió,
y en esa grieta de luz
el hombre aprendió
que todavía existían mañanas.
III. LA TREGUA DEL AMOR
Fueron días breves,
pero la brevedad también puede ser infinita.
Martín, el gris,
se volvió un aprendiz de ternuras,
descubrió que la piel arrugada
todavía puede estremecerse
ante la caricia inesperada.
Caminaron bajo lluvias dóciles,
compartieron cafés tibios,
dibujaron un futuro
que por primera vez tenía colores.
El mundo era el mismo,
pero los relojes sonaban distintos.
Y esa pausa,
ese respiro en mitad de la nada,
fue la tregua.
IV. LA PARTIDA DE AVELLANEDA
Pero la muerte;
esa intrusa puntual que nunca se retrasa;
entró en silencio,
como un ladrón de madrugada.
Se llevó a Avellaneda
con una prisa absurda,
como si temiera
que el amor los hiciera invencibles.
Martín no alcanzó a decir adiós;
apenas quedó suspendido
sin un pasillo de hospital
donde las paredes respiraban
la certeza del final.
El cuerpo de ella,
que era abrigo,
que era jardín,
que era promesa,
se volvió ausencia.
Y él,
que había aprendido de nuevo a vivir,
tuvo que aprender a morir en vida.
La tregua terminó
con la violencia de un portazo.
El mundo volvió a ser gris,
pero ahora el gris dolía más,
porque conocía el color.
V. REGRESO AL VACÍO
Martín volvió a su escritorio,
a sus hijos distantes,
a la espera cansada de la jubilación.
Pero ya no era el mismo.
Había amado,
y esa herida ardía más que la soledad.
No existe consuelo:
la tregua fue regalo y condena.
Un paréntesis donde el amor
le mostró lo imposible:
que se puede renacer,
pero también perderlo todo.
Ahora la vida continúa,
pero sólo como un eco sin dueño.
El silencio lo acompaña,
y en ese silencio
late todavía, frágil e invencible,
el recuerdo de Avellaneda.
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