sábado, 14 de febrero de 2026

Mi último día

 Algo  sentía en mis adentros, había un aroma putrefacto pero ajeno a mi. Era  como si viajara en un túnel donde nadie me había avisado que entré. Fuera de mi estaba mi hija pequeña con el rostro entre la  sorpresa y el pánico.Escuchaba  voces aceleradas y batas blancas tomando decisiones ajenas sobre mi  vida y sobre mi muerte, pensaba:

 ¿Qué no pensarán tomarme en cuenta? ¡A  fin de cuentas es mi vida! Pero era inútil parecía que no me escuchaban.  Uno de esos hombres de blanco traía en sus manos un par de palas  eléctricas dispuesto a aplicarlas sobre mi pecho, pero los demás  dudaban, había mucha gente en ese espacio verde olivo, todas con cara de  sorpresa tétrica. 

Parece  que por fin habían decidido algo en común, y entre dos grandes hombres  me tomaron de los brazos y las piernas y me depositaron sobre una  pequeña camilla dura y con rueditas, y comenzaron a correr conmigo  encima. Yo lo escuchaba todo aún cuando no veía nada. Oía la prisa, la  incertidumbre, el sobresalto, el miedo. Escuchaba la llegada del  elevador y el girar de los baleros y ruedas de mi cama móvil bajando por  ese elevador y escuchaba a los hombres de blanco gritarle a otros  hombres de menor escala: ¡No dejes de presionar, sigue dando ritmo,  fuerte! y unas grandes manos sometiendo mi pecho una y otra vez con un  ritmo extraño.

De  pronto se abrieron las puertas de ese elevador y salí corriendo, más  bien rodando, empujado con gran fuerza por esos hombre de blanco que al  mismo tiempo gritaban ¡Lo estamos perdiendo!Se  abrieron dos puertas corredizas y me volvieron a depositar en otra cama  más grande llena de cables y máquinas perversas y ahora si el hombre de  cabello blanco y bata blanca tomo aquellas paletas eléctricas y las  empujo contra mi pecho gritando: ¡A un lado! y el resto se alejó dos  pasos y sentí un estruendo dentro de mi. Como si cayera en un abismo  profundo lleno de luz y de oscuridad unidas en esa intensa incertidumbre  de puente que me trasladaba a otro sitio sin dejar el lugar donde me  encontraba.

De  pronto me di cuenta que estaba en dos sitios simultáneamente, en ese  cuarto de cristal donde la gente de blanco entraba y salía corriendo,  apresurada y nerviosa y al mismo tiempo estaba entrando a un espacio  oscuro, lleno de vacío y una barandilla como de un juzgado que me  separada de una juez linda y gentil que me recibía con una sonrisa de  Monalisa sin Leonardo.Al  mismo tiempo sucedían esas dos historias, en tiempos unisonos, como dos  universos paralelos que coexisten en el mismo y preciado tiempo, un  kronos y un kayros unidos y distintos.

Mientras  los de blanco de abajo me invadían de cables, de agujas, de venoclisis y  me convertían en un ser eléctrico conectado a tanto aparato extraño se  encontraba a mi lado, escuchando y sintiendo pitidos de luz que me  convertían en una línea que ondulaba en una pantalla llena de números  verdes y focos rojos. De pronto uno de los de blanco abriendo mi boca  insertó un tubo delgado y transparente sobre mi garganta. Estaba siendo  invadido por un pedazo de plástico que intentaba inflarme como un  pequeño globo de cantoya y la señora de blanco me sellaba con cinta  aquel tubo transparente para que no lo escupiera.

Me convertí en una especie de arbolito navideño en pleno julio, lleno de luces y adornos conectados a mi piel. Hubiera  podido llorar si la conciencia me alcanzara pero primero tenía que  saber que parte de aquella realidad era mentira y que parte de aquella  mentira era real. Del  otro lado del cristal descubrí a mis hijas esperando, esperanzadas y  quise pedirles que cruzaran el umbral del espacio entre los cristales  donde seguían entrando y saliendo los hombres y las mujeres de blanco  con espanto, asombro y sorpresa, llenas de cosas extrañas en sus manos y  con disfraces de verde hasta en sus rostros.

¡Hijas, por favor vengan conmigo! ¡Las necesito aquí a mi lado! y ellas respondían:¡No podemos Papa!, ¡No podemos! y Yo insistía una y otra vez que entraran, que las necesitaba

¡No podemos Papá!, ¡No podemos simplemente porque te has ido!, ¡Estás Muerto! De  pronto una realidad fantasmagórica y abrumadora se apropió de mi ser y  me di cuenta que estaba trascendiendo sobre un puente complejo que me  alejaba de aquel espacio que había llamado: Vida 

En  el otro universo paralelo, el otro Pablo estaba enfrentando un juicio,  un juicio extraño en un juzgado oscuro con la más extraña juez que no me  estaba juzgando, solo me cuestionaba ¿Qué es lo que querría?El  universo del juzgado era extraño por que no sabía lo que deseaba,  quizás por que no alcanzaba a descubrir los significados de aquel sitio  legal y ¿Quién era aquella juez amable que me recibía? Como  les había narrado, estos dos universos distintos y que se confrontaban  coexistían simultáneamente entre si y yo así lo sentía, querría decir  ¡Vivía! pero no sería el adjetivo correcto para dicha experiencia. Aquella  juez seguía insistiendo en preguntar ¿Qué es lo que yo deseaba? y no  podía responder ya que no tenía respuesta alguna sino un millón de dudas  coexistiendo dentro de mi. Aquella juez solo acertó a decirme si  deseaba ya quedarme ahí  "definitivamete".

Ese  concepto de "definitivo" me retumbaba en mi conciencia de paso, yo  creía que estaba de paso por aquel lugar de juicio. me di cuenta que  aquello que llamamos muerte es el único sitio definitivo con el que los  humanos podemos contar. Y para esa definición no estaba preparado. Como  si exigiera un espejo para reflejarme y observar mi reflejo en aquel  universo lejano y tenia miedo de que solo se reflejara una imagen  catrina de José Guadalupe Posadas en día de muertos. 

Mientras  tanto en el otro universo de abajo, digo abajo, por diferenciar los  sitios universales, uno sobre el otro. En ese universo inferior seguía  ese cuerpo conectado eléctricamente e intubado para quizás seguir  inflando aquel globo de piel que era yo y mis pulmones o lo que quedaban  de ellos. La  mujer de blanco que se había quedado a mi lado no dejaba de mirar todas  las pantallas que me rodeaban con indicadores luminosos que quizás algo  decían para que aquella mujer entendiera ese universo extraño que  llamamos Vida y sus signos vitales. 

Los demás hombres de blanco ya no  estaban, solo había un silencio entrecortado por los "Bips" de las  pantallas y sus líneas oblicuas. De  pronto entraron mis hijas ahora si frente a mi, sin saber que yo las  escuchaba aunque no podía verlas. Pero les sentía la tristeza que  inundaba toda la habitación de cristal y solo alcanzaban a murmurar:  ¡Dios, si Papá está sufriendo mejor llévatelo contigo, no deseamos que  sufra! Y yo me daba cuenta como si pusieran un espejo de dolor frente a  mi pero me alcanzara a dar cuenta de ese mi dolor y aquello me llenaba  de dudas. ¿Debía decidir marcharme ya? 

¿Quién lo tendría que decidir? Inmediatamente  después del mismo modo entrarían algunos de mis hermanos que veían  frente a si a su hermano menor conectado y moribundo sin haberlo  esperado siquiera por una sospechosa enfermedad que me aquejara.  

Descubrir su tristeza me daba pena, me ponía triste como si me  contagiaran de su tristeza melancólica y sorpresiva. Y ellos repetirían la misma frase que mis hijas habían expresado, ¡Que no sufriera! 

Una  pequeña eternidad  estaba viviendo o experimentando en mi reloj de  vida, en ese reloj marcaban quince días transcurridos y en el universo  paralelo superior solo habían pasado unos pocos segundos, por darle  alguna denominación temporal que arriba no existe.


También llegaba la mujer que fue mi compañera y que estuvo al lado de mi experiencia en cada momento. Llego al cubículo de terapia intensiva, se seco las lágrimas, me dio un beso sobre el diminuto tubo que me alimentaba de oxígeno, coloco un rollo de periódico a un lado y se puso frente a mi cama para hablarme directamente a mi por primera vez desde que estaba en ese sitio de mi muerte próxima y remota, ella era al contrario de mi, un ser muy religioso, creyente en el Dios de la Iglesia, Iglesia en la que yo no creía, pero ella me toleraba mucho ya que solo le decía ¡"pídele a TU dios" y quizás te escuche! y comenzó a hablarme:

-Amor, estás ahora en una oportunidad divina ya que estás frente a "mi Dios" así que podrías charlar con él y preguntarle ¿Qué es lo que Él tiene planeado para tí? o bien ¿Qué es lo que tu quieres pedirle?

Por primera vez alguien dialogaba conmigo y alguien me decía algo que me hacia sentido. 

Fueron quince días muy largos y muy breves, según desde dónde lo mire, al terminar ese plazo se acerco una de las enfermeras y vio que ya había despertado de mi letargo y con una voz optimista me comentó: 

-Qué bueno que ya esta consciente, quiero compartirle algo que sucedió cuando recién lo habían ingresado. 

- Me pareció que usted dijo unas palabras muy bajito pero yo las escuche muy claro, usted dijo algo como: 

- ¡No permitas que nada ni nadie apague tu luz! 

Cuando escuche estas palabras de la mujer aquella que había cuidado mi salud en ese cubículo de terapia intensiva, inmediatamente me traslade a aquel juzgado donde habían pasado esos minutos cortos frente a la juez que me entregaba una luz intensa directo de sus manos, no era una vela con un pabilo sino una luz brillante que salía de la palma de sus agrietadas manos diciendo aquella frase.

Inmediatamente mi mirada busco la luz que mi compañera había dejado en una mesa al lado de mi cama. Era una pequeña veladora delgada que era parte de muchas pequeñas veladoras, quizás serían cien y ella las había repartido a amigos, familiares, maestros de la universidad, alumnos para que la encendieran por mi y unieran intenciones por mi vida y mi salud.

Aquellas dos experiencias se entrelazaban de forma muy amorosa en mi garganta y mi glotis que no podrían expresar palabra alguna durante varios meses.

   

Pablo Lorenzo García

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