El amor no muere,
se transforma en la forma invisible de las cosas,
en el modo en que la luz toca la mesa vacía,
en el modo en que el silencio aprende a pronunciar un nombre
sin quebrarse.
Amar fue abrir la puerta del mundo
y dejar que alguien habitara en nuestra respiración,
que alguien caminara descalzo por los pasillos del alma,
sin pedir permiso,
porque el amor no pide,
reconoce.
Y la amistad —ese otro nombre del amor sin urgencia—
fue la mano que no tembló ante la noche,
el refugio donde el dolor no era un enemigo,
sino un huésped al que se le ofrecía pan y escucha.
El amigo no evita el abismo,
lo cruza con nosotros,
en silencio,
como quien entiende que el consuelo no está en las palabras
sino en permanecer.
Pero un día,
la muerte pronunció su verdad irreversible,
y el ser amado se volvió distancia,
se volvió horizonte,
se volvió ese lugar donde la mirada llega
y el cuerpo no puede seguir.
Entonces el duelo nació,
no como herida,
sino como la última forma del amor que se niega a desaparecer.
El duelo es el amor que no encuentra su cuerpo,
pero encuentra su eternidad.
Y lloramos,
porque el alma es un río que no sabe mentir,
porque el corazón es un animal fiel
que sigue esperando pasos que ya son memoria.
Sin embargo,
en medio de la ausencia,
algo permanece intacto:
la certeza de que haber amado
fue la forma más alta de haber vivido.
Porque vivir no es evitar la muerte,
sino haber encontrado a alguien
por quien la muerte misma
parezca un instante pequeño
frente a la inmensidad del amor compartido.
Y así,
entre el amor que permanece,
la amistad que sostiene,
y el duelo que honra,
se levanta este homenaje invisible:
no al que partió,
sino al milagro de haber coincidido.
Porque nadie se va del todo
mientras exista alguien
que pronuncie su nombre
con gratitud en el corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario