viernes, 27 de febrero de 2026

El Suicidio: Aproximación Histórica

El suicidio: aproximación teórica y análisis crítico desde la perspectiva de Émile Durkheim

El suicidio constituye un fenómeno complejo que interpela simultáneamente a la psicología, la psiquiatría, la antropología, la ética y la sociología. Lejos de reducirse a un acto estrictamente individual, el suicidio expresa tensiones profundas entre el sujeto y su entramado social. En este sentido, la obra de Émile Durkheim, particularmente su libro El suicidio, marcó un hito al proponer que incluso una decisión aparentemente íntima puede explicarse a partir de causas sociales objetivas y mensurables. El presente ensayo analiza críticamente el fenómeno del suicidio a partir de dicha perspectiva, integrando aportaciones contemporáneas y señalando sus límites.

1. El suicidio como hecho social
Durkheim publicó El suicidio en 1897 con la intención de demostrar que el suicidio podía estudiarse como un hecho social, es decir, como un fenómeno externo al individuo, dotado de regularidad estadística y susceptible de análisis científico. Para ello, utilizó datos comparativos entre países europeos, confesiones religiosas y estados civiles, observando que las tasas de suicidio se mantenían relativamente estables en cada sociedad, aunque variaban entre contextos.
Su tesis central sostiene que el suicidio no puede explicarse únicamente por factores psicológicos individuales —como la depresión o la desesperación—, sino por el grado de integración y regulación social que experimenta el individuo. En otras palabras, la sociedad no solo condiciona la vida, sino también la manera de morir.

2. Tipología durkheimiana del suicidio
Durkheim distinguió cuatro tipos de suicidio, según el nivel de integración y regulación social:
Suicidio egoísta: ocurre cuando el individuo está insuficientemente integrado en la comunidad. El debilitamiento de los lazos familiares, religiosos o colectivos incrementa la vulnerabilidad existencial. Durkheim observó mayores tasas en sociedades con menor cohesión religiosa.
Suicidio altruista: se produce cuando la integración es excesiva. El individuo se sacrifica por el grupo, considerando su vida subordinada al deber colectivo (por ejemplo, ciertos actos rituales o militares).
Suicidio anómico: vinculado a la insuficiente regulación social. Aparece en contextos de crisis económicas o transformaciones abruptas, donde las normas pierden claridad y el deseo humano queda desorientado.
Suicidio fatalista: resultado de una regulación excesiva, donde el individuo percibe su futuro como irremediablemente bloqueado (por ejemplo, en condiciones de opresión extrema).
La originalidad de Durkheim radica en mostrar que el suicidio no responde únicamente al sufrimiento subjetivo, sino a desequilibrios estructurales en la organización social.

3. Aportes y vigencia de la teoría durkheimiana
La principal contribución de Durkheim fue desplazar el análisis del plano exclusivamente individual al plano estructural. Su método estadístico inauguró una tradición empírica en sociología y consolidó el estudio científico del suicidio.
En la actualidad, investigaciones en salud pública continúan reconociendo la influencia de factores sociales tales como:
-Desigualdad económica
-Desempleo
-Fragmentación familiar
-Aislamiento social
-Cambios culturales acelerados
El concepto de anomia resulta particularmente vigente en sociedades contemporáneas caracterizadas por la precariedad laboral, la hiperconectividad digital y la erosión de vínculos comunitarios tradicionales. El aumento de la soledad subjetiva en contextos urbanos puede interpretarse como una forma moderna de debilitamiento de la integración social.

4. Críticas a la perspectiva de Durkheim
A pesar de su relevancia, la teoría durkheimiana ha sido objeto de diversas críticas:
a) Reduccionismo sociológico
Durkheim minimizó factores psicológicos y psiquiátricos. Hoy sabemos que trastornos como la depresión mayor, el trastorno bipolar o las adicciones constituyen factores de riesgo significativos. La explicación exclusivamente social resulta insuficiente.
b) Problemas metodológicos
Algunos autores cuestionan la confiabilidad de los registros estadísticos del siglo XIX y la interpretación causal de correlaciones sociales.
c) Falta de perspectiva cultural y subjetiva
La experiencia interna del sufrimiento, la narrativa personal y los significados individuales del suicidio no son plenamente abordados en su modelo estructural.

5. Integración contemporánea: hacia un modelo biopsicosocial
Las aproximaciones actuales adoptan un modelo biopsicosocial, integrando:
Factores biológicos (vulnerabilidad genética, neuroquímica)
Factores psicológicos (trastornos afectivos, desesperanza, trauma)
Factores sociales (aislamiento, crisis económicas, violencia estructural)
Desde esta perspectiva, la contribución de Durkheim no es descartada, sino ampliada. La integración social sigue siendo un factor protector fundamental. Programas comunitarios, redes de apoyo y políticas públicas orientadas a la cohesión social muestran coherencia con su hipótesis original.

6. Reflexión ética y social
El suicidio interpela éticamente a la sociedad. Si aceptamos la premisa durkheimiana de que la estructura social influye en las tasas de suicidio, entonces la prevención no puede limitarse al tratamiento clínico individual; requiere políticas públicas que fortalezcan el tejido social, reduzcan la desigualdad y promuevan el sentido de pertenencia.
El desafío contemporáneo consiste en equilibrar el reconocimiento del sufrimiento individual con la responsabilidad colectiva. La pregunta que subyace es profundamente sociológica y moral: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aumentan los índices de desesperanza?

Conclusión
El análisis del suicidio desde la perspectiva de Émile Durkheim constituye uno de los aportes fundacionales de la sociología moderna. Su conceptualización del suicidio como hecho social abrió una vía interpretativa que sigue siendo relevante. No obstante, su modelo requiere ser complementado por enfoques psicológicos y culturales que atiendan la complejidad del fenómeno.
El suicidio no puede entenderse únicamente como una falla individual ni exclusivamente como un producto estructural. Es la expresión trágica de la intersección entre biografía y sociedad. En este cruce, la teoría durkheimiana continúa ofreciendo herramientas indispensables para comprender que, incluso en el acto más solitario, resuenan las estructuras invisibles de lo colectivo.
Centro Vioss
Pablo Lorenzo García 

jueves, 26 de febrero de 2026

Erotismo y Espiritualidad

*Erotismo y espiritualidad desde la visión de la Sexología*

Introducción

La relación entre erotismo y espiritualidad ha sido, históricamente, un territorio de tensiones, silencios y malentendidos. En muchas tradiciones culturales, el erotismo ha sido escindido de lo sagrado, reducido a lo biológico o moralizado bajo categorías de culpa y pecado. Sin embargo, desde la perspectiva contemporánea de la Sexología —particularmente a partir de los aportes de Eusebio Rubio-Aurioles, Helen Singer Kaplan y Alfred Kinsey— el erotismo es comprendido como una dimensión constitutiva de la identidad humana, compleja, simbólica y profundamente relacional.
Este ensayo propone una articulación académica entre erotismo y espiritualidad desde la Sexología científica, entendiendo ambas como experiencias humanas que trascienden lo meramente fisiológico y se inscriben en la construcción del sentido, la identidad y la trascendencia.

1. Erotismo: más allá del instinto

En el marco de la Sexología moderna, el erotismo no se reduce al acto sexual ni al impulso biológico. Rubio-Aurioles lo integra dentro del modelo de los holones de la sexualidad humana, donde el erotismo constituye una dimensión diferenciada pero interrelacionada con la reproductividad, la vinculación afectiva y el género. El erotismo implica fantasía, simbolización, imaginación y significado.
A diferencia del impulso sexual puramente fisiológico, el erotismo es experiencia subjetiva: es el modo en que el deseo se reviste de sentido. Desde esta óptica, el erotismo es una narrativa corporal que comunica identidad, historia y búsqueda de conexión. Así, el cuerpo no es solo organismo, sino territorio simbólico.

2. Espiritualidad: experiencia de trascendencia encarnada

La espiritualidad, desde un enfoque fenomenológico, no se limita a la religiosidad institucional, sino que refiere a la vivencia de conexión profunda con uno mismo, con el otro o con una realidad trascendente. Diversos estudios en psicología humanista y transpersonal han mostrado que las experiencias de intimidad profunda pueden generar estados de expansión de conciencia, similares a experiencias místicas.
Desde la Sexología clínica, se reconoce que ciertos encuentros eróticos pueden producir sensaciones de unidad, disolución del yo, plenitud y comunión. Estos estados no son meramente neuroquímicos; están mediados por la significación subjetiva del vínculo.

3. Cuerpo, deseo y trascendencia: una integración necesaria

La tradición dualista occidental separó cuerpo y espíritu, asignando al primero lo instintivo y al segundo lo elevado. Sin embargo, la Sexología contemporánea propone una visión integradora: el cuerpo es el medio primario de experiencia del mundo y, por tanto, también de lo sagrado.
El erotismo, cuando es vivido con consentimiento, conciencia y reciprocidad, puede convertirse en un espacio de revelación identitaria. No se trata de sacralizar el acto sexual en sí, sino de reconocer que el deseo puede abrir preguntas existenciales: ¿quién soy en el encuentro con el otro? ¿Qué parte de mí se revela en la intimidad? ¿Qué significa entregarme?
En este sentido, erotismo y espiritualidad convergen en tres dimensiones:
Presencia plena: ambos requieren conciencia del aquí y ahora.
Vulnerabilidad: implican exposición auténtica.
Trascendencia del ego: posibilitan experiencias de unión o comunión.

4. Erotismo saludable y ética del cuidado

Desde la Sexología clínica, la integración entre erotismo y espiritualidad exige condiciones éticas claras: consentimiento informado, respeto, autonomía y ausencia de coerción. Sin estos elementos, lo que podría ser experiencia de expansión se convierte en violencia o manipulación.
Helen Singer Kaplan enfatizó la importancia de comprender la respuesta sexual humana como proceso biopsicosocial. Cuando la sexualidad se vive fragmentada —con culpa, represión o disociación— el erotismo pierde su potencial integrador y puede convertirse en fuente de conflicto intrapsíquico.
La espiritualidad, por su parte, puede ofrecer un marco de significado que resignifique la sexualidad, siempre que no la patologice ni la condene. El desafío contemporáneo consiste en evitar tanto la banalización del erotismo como su moralización extrema.

5. Implicaciones clínicas y educativas

En la práctica sexológica, integrar erotismo y espiritualidad implica:
Reconocer las creencias religiosas o filosóficas del consultante.
Trabajar la reconciliación entre deseo y valores personales.
Favorecer una sexualidad consciente y congruente con la identidad.
Abordar la culpa sexual desde una perspectiva psicoeducativa.
En educación sexual, esta integración promueve una visión holística de la persona, donde el placer no es opuesto al sentido, y donde el cuerpo no es enemigo del espíritu.

Conclusión
Desde la visión de la Sexología científica contemporánea, erotismo y espiritualidad no son polos opuestos, sino dimensiones potencialmente complementarias de la experiencia humana. El erotismo, entendido como construcción simbólica del deseo, puede convertirse en vía de autoconocimiento y trascendencia cuando se vive con conciencia ética y afectiva.
Lejos de reducir la espiritualidad a lo ascético o el erotismo a lo instintivo, la integración propuesta invita a comprender que el ser humano es, simultáneamente, cuerpo que siente y espíritu que busca sentido. En esa intersección —donde el deseo se vuelve lenguaje y la intimidad se convierte en revelación— emerge una comprensión más completa de la sexualidad como experiencia profundamente humana.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

sábado, 21 de febrero de 2026

Aura, Carlos Fuentes

*Aura – Carlos Fuentes*
La permanencia del Deseo

I. Introducción: La casa como umbral del tiempo

Publicada en 1962, Aura constituye una de las obras más emblemáticas de la narrativa breve de Carlos Fuentes y una pieza fundamental dentro del llamado Boom latinoamericano. La novela despliega una arquitectura simbólica donde el tiempo, la identidad y la memoria se funden en una atmósfera de misterio gótico. A través de un recurso narrativo singular —la segunda persona—, Fuentes interpela directamente al lector y lo convierte en protagonista, diluyendo la frontera entre sujeto que lee y sujeto narrado.
Más que una historia fantástica, Aura es una meditación sobre la persistencia del pasado, la obsesión amorosa y la construcción de la identidad en un espacio cerrado que funciona como metáfora de la conciencia.

II. La segunda persona: un dispositivo de desdoblamiento.

Uno de los rasgos más innovadores de Aura es su narración en segunda persona: “Tú lees ese anuncio…”. Este procedimiento no solo genera una experiencia inmersiva, sino que crea una atmósfera de inevitable destino. El lector no observa la historia; la vive. La voz narrativa guía, ordena y anticipa, convirtiéndose en una conciencia superior que ya conoce el desenlace.
Este recurso formal produce un efecto de desdoblamiento psicológico: Felipe Montero no es únicamente personaje, sino proyección de quien lee. Así, la identidad se vuelve maleable, susceptible de ser absorbida por la memoria ajena. La novela sugiere que el yo no es una entidad fija, sino una construcción vulnerable frente al deseo y al pasado.

III. Tiempo circular y memoria

En Aura, el tiempo no es lineal sino circular. La casa de la calle Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México —oscura, clausurada al exterior— simboliza la suspensión temporal. Allí, el pasado no ha muerto; permanece latente.

La figura de la anciana Consuelo representa la voluntad de eternizar el amor perdido. Su obsesión por revivir al general Llorente encarna la negación de la muerte y la incapacidad de aceptar el duelo. Aura, joven y luminosa, funciona como doble y prolongación de Consuelo, como encarnación de un deseo que rehúsa extinguirse. El tiempo se pliega sobre sí mismo hasta revelar que la historia no es repetición sino reencarnación simbólica.
Este motivo conecta con una preocupación central en la obra de Fuentes: la historia mexicana como acumulación de capas temporales que coexisten en el presente.

IV. Lo fantástico y lo gótico en clave mexicana

Aunque Aura participa de la tradición gótica europea —la casa cerrada, la anciana misteriosa, el manuscrito antiguo—, Fuentes la resignifica en un contexto mexicano. La Ciudad de México aparece como palimpsesto histórico, donde lo colonial y lo moderno conviven en tensión.

La ambigüedad entre lo sobrenatural y lo psicológico nunca se resuelve del todo. ¿Es Aura una entidad independiente o una proyección de Consuelo? ¿Se trata de un hechizo real o de una sugestión progresiva? Fuentes mantiene la ambivalencia, situando la novela en el terreno de lo fantástico según la definición de Todorov: la vacilación entre explicación racional y sobrenatural.

V. Erotismo y posesión

El erotismo en Aura no es mero ornamento; es el mecanismo mediante el cual se consuma la fusión de identidades. El vínculo entre Felipe y Aura está atravesado por una sensualidad velada, casi ritual. La luz verde, las sombras, los silencios y la penumbra configuran un espacio donde el deseo opera como fuerza transformadora.
Sin embargo, el amor en la novela no es liberador sino absorbente. Felipe no conquista a Aura; es poseído por ella y, a través de ella, por el pasado de Consuelo. La culminación revela que la pasión es un instrumento de continuidad histórica: el amante revive al amado muerto, borrando los límites entre generaciones.

VI. Conclusión: La permanencia del deseo

Aura puede leerse como una alegoría del poder de la memoria y del deseo frente a la muerte. La novela sugiere que el amor no desaparece, sino que muta y reaparece bajo nuevas formas. El yo se disuelve en una corriente temporal donde pasado y presente convergen.
Desde una perspectiva crítica, la obra articula magistralmente forma y contenido: la segunda persona, el espacio cerrado, el tiempo circular y la ambigüedad fantástica convergen para expresar una tesis central: la identidad es una construcción histórica y afectiva, susceptible de ser reescrita.
 Aura permanece vigente no solo por su atmósfera hipnótica, sino por su reflexión sobre la persistencia del pasado en la conciencia individual y colectiva. En ese sentido, la novela es tanto un relato fantástico como una profunda meditación sobre la memoria, el deseo y la imposibilidad de escapar de lo que hemos sido.
Pablo Lorenzo García

Paula, cuando acompaño a morir a una hija Isabel Allende

Paula – Isabel Allende
Ensayo crítico-literario

Introducción
Paula (1994) constituye uno de los textos más íntimos y desgarradores de la obra de Isabel Allende. Escrito durante la hospitalización de su hija Paula Frías Allende en Madrid, el libro surge como una larga carta dirigida a la hija en coma, pero trasciende el género epistolar para convertirse en una memoria familiar, un testimonio político y una meditación sobre la muerte, la identidad y la escritura como acto de resistencia. En este texto, Allende abandona momentáneamente el registro predominante del realismo mágico que caracteriza novelas como La casa de los espíritus para internarse en una narrativa confesional donde la memoria sustituye a la fantasía como mecanismo de reconstrucción.

1. Escritura y duelo: la palabra como supervivencia
Uno de los ejes centrales de Paula es la escritura como estrategia de afrontamiento del duelo anticipado. Allende escribe mientras su hija permanece inconsciente, en un estado suspendido entre la vida y la muerte. La narración se convierte en un acto terapéutico: escribir es mantener viva la relación, sostener la esperanza y, al mismo tiempo, prepararse para la pérdida.
Desde una perspectiva crítica, el texto puede leerse como una transformación del dolor en lenguaje. La autora no intenta embellecer el sufrimiento, sino otorgarle sentido mediante la reconstrucción de su genealogía personal y política.

 La enfermedad de Paula se inscribe en una historia más amplia: el exilio tras el golpe militar en Chile, la fragmentación familiar y la experiencia de desarraigo. Así, la tragedia individual dialoga con la tragedia colectiva.

2. Memoria, identidad y exilio
Paula no es solo la crónica de una enfermedad; es también una autobiografía fragmentada. Allende reconstruye la historia de su familia —marcada por figuras femeninas fuertes, por la presencia del patriarcado y por la violencia política— para que su hija, al despertar, pueda comprender quién es y de dónde proviene.
En este sentido, el libro articula una poética de la memoria donde la identidad se construye narrativamente. La autora parece sugerir que recordar es un acto político: frente al olvido impuesto por la dictadura, la escritura conserva la historia íntima y nacional. La obra se convierte en archivo emocional y documento histórico.
Críticamente, puede afirmarse que la memoria en Paula no es lineal ni objetiva; está teñida de afectividad, nostalgia y, en ocasiones, idealización. Esta subjetividad no debilita el texto; por el contrario, lo fortalece al evidenciar que toda memoria es reconstrucción.

3. La maternidad y la inversión del orden natural
Uno de los aspectos más conmovedores del libro es la inversión del ciclo vital: la madre enfrenta la posible muerte de la hija. Este desorden natural desestabiliza las categorías tradicionales de protección y cuidado. Allende se muestra vulnerable, impotente ante la medicina y ante Dios.
El relato cuestiona, además, los discursos médicos y religiosos que intentan explicar lo inexplicable. La autora oscila entre la fe y la duda, entre la esperanza y la aceptación. Esta ambivalencia configura una experiencia de duelo compleja, lejos de cualquier esquema simplista de “etapas”.
Desde una perspectiva literaria, la maternidad se presenta como un vínculo ontológico: la hija es extensión de la madre, y su pérdida implica una fractura del propio ser. La muerte de Paula no solo clausura una vida, sino que transforma radicalmente la identidad de la narradora.

4. Estilo narrativo: entre la crónica y la confesión
A diferencia del tono exuberante y simbólico de otras obras de Allende, Paula adopta un registro más sobrio. El lenguaje es directo, íntimo, a veces crudo. La alternancia entre pasado y presente crea una estructura fragmentaria que reproduce el estado emocional de la autora: la mente viaja hacia recuerdos luminosos para escapar del dolor inmediato.
Sin embargo, la dimensión estética no desaparece. Hay momentos de lirismo en la evocación de la infancia, del paisaje chileno y de las figuras femeninas familiares. El texto demuestra que incluso en la devastación puede existir belleza narrativa.

5. Dimensión ética y universal
Aunque profundamente personal, Paula adquiere una resonancia universal. Todo lector que haya enfrentado la enfermedad o la muerte de un ser amado encuentra en estas páginas un espejo. La obra invita a reflexionar sobre la fragilidad humana y sobre el papel de la literatura frente a la pérdida.

Desde un enfoque crítico, el libro puede leerse también como una defensa de la vulnerabilidad. Allende, figura pública y autora consagrada, se expone sin máscaras. Esta exposición rompe con la imagen idealizada del escritor y humaniza la figura autoral.

Conclusión
Paula es más que una carta a una hija enferma: es un acto de amor, memoria y resistencia. En ella, Isabel Allende transforma el dolor íntimo en relato colectivo, convirtiendo la escritura en espacio de duelo y reconstrucción identitaria. La obra demuestra que la literatura no puede impedir la muerte, pero sí puede otorgarle sentido y permanencia.
En última instancia, Paula confirma que narrar es una forma de sobrevivir. La hija no despierta, pero la palabra permanece; y en esa permanencia, el amor encuentra una nueva forma de existencia.

Pablo Lorenzo García 
Centro Vioss Manejo de Duelo

viernes, 20 de febrero de 2026

Miguel Hernández un poeta de la guerra civil española


Miguel Hernández: El pastor del verbo herido y la espiga eterna
Miguel Hernández nació con las manos llenas de tierra y el pecho lleno de cielo. Orihuela fue su cuna y el campo su primera escuela: aprendió a leer el mundo en la respiración del trigo, en el sudor del jornalero, en la voz áspera de las cabras. No vino de bibliotecas, sino del surco; no heredó salones, sino hambre digna. Y, sin embargo, levantó una de las obras más luminosas y dolorosas de la poesía española del siglo XX.
Su poesía temprana, como Perito en lunas, revela un joven deslumbrado por el barroco y la metáfora hermética. Allí el lenguaje es un laberinto de símbolos: lunas, cuchillos, frutos, animales. Pero pronto el poeta abandona el artificio cerrado para abrazar el fuego humano. En El rayo que no cesa, el amor se vuelve herida perpetua: amar es sangrar luz, desear es arder en un relámpago que no se apaga. Hernández transforma el erotismo en una liturgia trágica, donde el cuerpo es altar y sacrificio.
La Guerra Civil española no fue para él un episodio lejano: fue carne, trinchera y grito. Miguel no escribió desde la comodidad del espectador, sino desde el barro del soldado. En Viento del pueblo su voz se vuelve colectiva: ya no habla el individuo, sino la multitud hambrienta de justicia. El poeta deja de ser cantor del yo para convertirse en garganta del pueblo. Su verso se endurece, se vuelve martillo, bandera y pan. La poesía ya no es solo belleza: es resistencia.
Pero la derrota trajo consigo la cárcel, el frío, la tuberculosis y la lenta condena del silencio. En prisión, Miguel Hernández escribe con huesos y lágrimas. Cancionero y romancero de ausencias es el testamento del hombre despojado de todo: del amor, del hijo, de la libertad, del cuerpo sano. Allí el lenguaje se vuelve desnudo, esencial, casi infantil en su sencillez, pero infinito en su dolor. Cada palabra es una piedra blanca sobre una tumba invisible.
La famosa “Nana de la cebolla” no es solo un poema: es un acto de amor desesperado. El padre preso canta al hijo hambriento, y convierte la miseria en ternura. La cebolla, símbolo del hambre, se transforma en luna amarga que ilumina la cuna vacía. Así, Hernández logra una alquimia imposible: convertir el sufrimiento en belleza ética.
Miguel Hernández muere joven, a los 31 años, pero no muere su voz. Su cuerpo fue enterrado, pero su palabra quedó sembrada. Él pertenece a esa estirpe de poetas que no escriben para la gloria literaria, sino para salvar la dignidad humana. Fue pastor, soldado, amante, prisionero y padre truncado; pero, sobre todo, fue poeta del pueblo herido.
Su obra es una espiga que aún crece en la memoria colectiva. Cada vez que un hombre es humillado, Miguel vuelve a escribir. Cada vez que una madre canta al hijo con hambre, su voz resucita. Cada vez que el amor duele, su rayo vuelve a encenderse.
Miguel Hernández no fue un poeta que miró la vida: fue un poeta que la sangró. Por eso su palabra no envejece. Porque nació del barro y del hambre, del amor y de la muerte. Porque no cantó desde la torre, sino desde la trinchera. Y porque su poesía, como el trigo verdadero, sigue alimentando conciencias.
Pablo Lorenzo García 

Duelo por Separación: cuando lo que se muere es EL AMOR

*El duelo por la separación de la pareja: cuando lo que muere es el amor*

Introducción
El duelo por la separación de la pareja constituye una experiencia psíquica compleja que, aunque no siempre implica la muerte física de una persona, comporta la vivencia subjetiva de una pérdida profunda. En este tipo de ruptura, lo que “muere” no es el otro en su corporeidad, sino el vínculo amoroso como realidad simbólica, emocional y proyectiva. Se trata de la muerte del “nosotros”, de los proyectos compartidos y de la identidad relacional construida en la intimidad. Este ensayo analiza el duelo por separación desde una perspectiva psicológica y psicodinámica, considerando los aportes clásicos sobre el trabajo de duelo, las teorías del apego y los enfoques contemporáneos que comprenden el amor como un sistema vincular complejo.

1. El amor como construcción vincular y simbólica

El amor de pareja no es únicamente un afecto; es una estructura relacional sostenida por expectativas, narrativas compartidas y representaciones internas del otro. Desde la teoría del apego de John Bowlby, la pareja adulta se convierte en figura de apego primaria, proporcionando seguridad, regulación emocional y sentido de pertenencia. La ruptura implica, entonces, una activación intensa del sistema de apego, similar a la que se observa ante pérdidas por fallecimiento.

Por su parte, la concepción freudiana del duelo en Duelo y melancolía de Sigmund Freud permite comprender que el trabajo psíquico consiste en retirar la libido depositada en el objeto perdido. En el caso de la separación amorosa, el objeto no desaparece del mundo externo, pero sí deja de estar disponible como objeto de amor recíproco. Esta ambigüedad —presencia física posible, ausencia vincular efectiva— intensifica el conflicto intrapsíquico.

2. La especificidad del duelo amoroso

A diferencia del duelo por muerte, la separación suele estar atravesada por elementos de decisión, conflicto, traición o desgaste progresivo. El dolor no solo proviene de la ausencia, sino de la herida narcisista: el sujeto se pregunta por su valor, su deseabilidad y su identidad.

 El amor correspondido confirma la existencia; su pérdida puede vivirse como una forma de desconfirmación ontológica.

La psicología contemporánea reconoce que el duelo amoroso implica:

-Pérdida del proyecto compartido: futuro imaginado que ya no se realizará.

-Pérdida de identidad relacional: dejar de ser “pareja de”.

-Ruptura de la cotidianidad reguladora: hábitos, rituales, lenguaje íntimo.

Reestructuración del apego:

- reorganización del sistema afectivo.

Desde modelos como el de tareas del duelo, inspirados en William Worden, puede entenderse que la persona debe: aceptar la realidad de la separación, elaborar el dolor emocional, adaptarse a un entorno sin el otro y recolocar afectivamente el vínculo para poder invertir energía psíquica en nuevas relaciones.

3. Dimensión neurobiológica y emocional

Estudios recientes en neurociencia afectiva muestran que la ruptura amorosa activa circuitos cerebrales asociados al dolor físico y a la abstinencia de sustancias adictivas. El amor romántico involucra sistemas dopaminérgicos de recompensa; su pérdida genera síntomas similares al síndrome de abstinencia: ansiedad, rumiación, insomnio, anhelo intenso.
Esta perspectiva ayuda a comprender por qué el duelo por separación puede ser tan incapacitante. No se trata de una simple tristeza, sino de un proceso biopsicosocial que afecta la regulación emocional, la autoestima y la percepción del sentido vital.

4. Cuando el amor muere: ambigüedad y elaboración simbólica

En muchos casos, la ruptura no es abrupta sino resultado de un deterioro progresivo. Aquí el duelo puede comenzar antes de la separación formal, configurando un “duelo anticipado”. La experiencia subjetiva es la de asistir lentamente a la muerte del sentimiento que alguna vez sostuvo el vínculo.
Esta muerte simbólica exige un trabajo narrativo: reconstruir la historia compartida sin negarla ni idealizarla. El riesgo es oscilar entre la negación (“volverá, nada ha terminado”) y la desvalorización defensiva (“nunca fue amor verdadero”). La integración saludable implica reconocer que el amor existió, que tuvo un tiempo y que su final no invalida su significado.

5. Factores moduladores del duelo

El curso del duelo por separación depende de múltiples variables:
Estilo de apego (seguro, ansioso, evitativo).
Duración e intensidad del vínculo.
Presencia de hijos o responsabilidades compartidas.
Apoyo social disponible.
Historia previa de pérdidas y traumas.
En algunos casos, el duelo puede complicarse y evolucionar hacia estados depresivos persistentes o dinámicas de dependencia afectiva. Aquí es fundamental la intervención psicoterapéutica, orientada a fortalecer la identidad autónoma y resignificar la experiencia.

6. Perspectiva existencial: la muerte del “nosotros”

Desde un enfoque existencial, la separación confronta al sujeto con la finitud de los vínculos y con la vulnerabilidad inherente al amar. Amar implica exponerse a la posibilidad de pérdida. La muerte del amor no es solo un evento emocional, sino una crisis de sentido.
Sin embargo, el duelo también abre un espacio de transformación. Al reelaborar la pérdida, el sujeto puede integrar la experiencia como parte de su biografía afectiva. El amor que muere no desaparece sin dejar huella; se convierte en memoria, aprendizaje y posibilidad de nuevas configuraciones vinculares.

Conclusión
El duelo por la separación de la pareja, entendido como la muerte simbólica del amor, constituye un proceso psicológico profundo que compromete dimensiones afectivas, identitarias y existenciales. A la luz de las teorías del apego y del trabajo de duelo, puede afirmarse que la elaboración saludable no implica olvidar ni negar lo vivido, sino resignificarlo e integrar la pérdida en la continuidad del yo.
Cuando el amor muere, lo que se transforma no es únicamente el vínculo con el otro, sino la comprensión que el sujeto tiene de sí mismo. En este sentido, el duelo amoroso, aunque doloroso, puede convertirse en un espacio de maduración emocional y reconstrucción identitaria, donde el final de un “nosotros” posibilita el renacimiento de un “yo” capaz de volver a amar.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

martes, 17 de febrero de 2026

Visión de los niños frente a la muerte DUELO INFANTIL

*Duelo infantil: la visión y emoción de los niños frente a la muerte*

Introducción
El duelo infantil constituye un proceso psicoemocional complejo que difiere cualitativamente del duelo en adultos debido a las particularidades cognitivas, afectivas y evolutivas propias de la infancia. Durante mucho tiempo, predominó la creencia de que los niños “no comprendían” la muerte o que su sufrimiento era superficial y pasajero. Sin embargo, la evidencia contemporánea en psicología del desarrollo, particularmente desde los aportes de Jean Piaget y John Bowlby, ha demostrado que los niños sí elaboran procesos de duelo, aunque lo hacen desde estructuras mentales y emocionales acordes a su etapa evolutiva.
El presente ensayo aborda el duelo infantil desde una perspectiva académica integradora, analizando la comprensión cognitiva de la muerte en las distintas etapas del desarrollo, la vivencia emocional del niño frente a la pérdida y las implicaciones clínicas y educativas para su acompañamiento.

1. Comprensión cognitiva de la muerte en la infancia

La representación infantil de la muerte evoluciona progresivamente. Desde la teoría del desarrollo cognitivo de Piaget, puede observarse cómo la noción de irreversibilidad, universalidad y causalidad de la muerte se construye de manera gradual:
Etapa preoperacional (2-7 años)
El pensamiento es mágico y egocéntrico. El niño puede interpretar la muerte como reversible o temporal, similar al sueño. Es común que crea que sus pensamientos o comportamientos “causaron” la muerte, generando sentimientos de culpa.
Etapa de operaciones concretas (7-11 años)
Se consolida la comprensión de la irreversibilidad. El niño comienza a entender que la muerte es permanente y universal, aunque todavía puede personificarla.
Adolescencia temprana
Se adquiere una comprensión abstracta y existencial. Surgen cuestionamientos sobre el sentido de la vida, la justicia y la trascendencia.
Desde esta perspectiva, el duelo infantil no es ausencia de comprensión, sino comprensión en proceso de maduración.

2. La dimensión emocional del duelo en niños

Emocionalmente, el niño experimenta el duelo con la misma intensidad que el adulto, aunque lo manifiesta de manera distinta. Bowlby, desde la teoría del apego, señala que la pérdida de una figura significativa activa respuestas de protesta, desesperación y desapego.
En el niño, estas respuestas pueden expresarse como:
Regresiones conductuales (volver a mojar la cama, miedo a dormir solo).
Irritabilidad o hiperactividad.
Síntomas psicosomáticos.
Juego repetitivo relacionado con la pérdida.
Silencios prolongados o aparente indiferencia.
A diferencia del adulto, el duelo infantil suele ser intermitente: el niño puede llorar intensamente y, minutos después, retomar el juego. Esta oscilación no implica falta de dolor, sino una forma adaptativa de autorregulación emocional.

3. Factores que influyen en el proceso de duelo infantil

Diversos factores modulan la experiencia del niño frente a la muerte:
Edad y nivel de desarrollo cognitivo.
Tipo de vínculo con la persona fallecida.
Forma de la muerte (repentina, violenta, enfermedad prolongada).
Estilo comunicativo de los adultos.
Contexto cultural y religioso.
Cuando la muerte se oculta o se comunica con eufemismos (“se fue a dormir”, “se fue de viaje”), se incrementa la confusión y la ansiedad. La claridad, adaptada al nivel de comprensión del niño, resulta esencial para prevenir duelos complicados.

4. Riesgos de duelo complicado en la infancia
Aunque la mayoría de los niños logran elaborar el duelo con acompañamiento adecuado, existen factores de riesgo:
Pérdida traumática.
Ausencia de red de apoyo.
Negación familiar del suceso.
Cambios abruptos en la estructura familiar.
El duelo complicado en la infancia puede manifestarse como depresión persistente, ansiedad de separación intensa, dificultades escolares o problemas de conducta prolongados.
La intervención temprana desde la psicología clínica infantil y la psicoeducación familiar es fundamental para favorecer una elaboración saludable.

5. Acompañamiento terapéutico y educativo
El acompañamiento del duelo infantil requiere:
Comunicación honesta y sencilla.
Validación emocional.
Espacios simbólicos de expresión (dibujos, cuentos, rituales).
Rutinas estables que brinden seguridad.
Participación en rituales funerarios si el niño lo desea.
El juego terapéutico constituye una herramienta privilegiada, pues el niño procesa simbólicamente la pérdida a través de la acción y la imaginación.
En el ámbito escolar, los docentes deben estar informados para brindar contención y comprensión ante posibles cambios conductuales o académicos.

6. La visión existencial del niño ante la muerte
Contrario a la idea de que la infancia es ajena a la reflexión existencial, los niños pueden formular preguntas profundas sobre la vida, el cielo, Dios o la continuidad del vínculo con el fallecido. Estas preguntas no deben ser evitadas, sino acogidas con apertura y respeto.
El duelo infantil también puede convertirse en una experiencia de crecimiento emocional cuando el niño logra integrar la pérdida dentro de su historia vital sin negar el amor que permanece.

Conclusión
El duelo infantil es un proceso legítimo, profundo y evolutivamente condicionado.

 Los niños no “olvidan” simplemente; elaboran la pérdida desde su nivel de comprensión y con los recursos emocionales disponibles. La mirada adulta —informada, empática y honesta— constituye el principal factor protector frente al sufrimiento.
Comprender la visión y emoción del niño frente a la muerte implica reconocer su capacidad de amar, sufrir y resignificar. Acompañar su duelo no es protegerlo del dolor, sino sostenerlo en él, permitiéndole transformar la ausencia en memoria significativa y el vínculo en presencia simbólica.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

Psico Gerontología y el Arte de envejecer

*Psicogerontología y los duelos en los adultos mayores: una aproximación clínica, psicológica y existencial*

Resumen
El envejecimiento constituye una etapa del desarrollo humano caracterizada por múltiples pérdidas que abarcan dimensiones biológicas, psicológicas y sociales. La Psicogerontología, como disciplina que estudia los procesos psicológicos del envejecimiento, reconoce el duelo como una experiencia central en la vida de los adultos mayores.

 Este ensayo analiza el fenómeno del duelo en la vejez desde una perspectiva psicogerontológica, integrando fundamentos teóricos, factores de riesgo y protección, implicaciones clínicas y estrategias de intervención. Se sostiene que el duelo en la adultez mayor no debe comprenderse exclusivamente como una reacción patológica, sino como un proceso adaptativo que, dependiendo de los recursos internos y contextuales, puede favorecer la reorganización del sentido vital o derivar en complicaciones psicopatológicas.
Palabras clave: Psicogerontología, duelo, envejecimiento, pérdidas, salud mental, adultez mayor.

Introducción

El envejecimiento es un proceso natural, progresivo e irreversible que implica cambios en la estructura y el funcionamiento físico, cognitivo, emocional y social del individuo. Desde la perspectiva de la Psicogerontología, la vejez no debe entenderse únicamente como una etapa de declive, sino como un periodo de reorganización psicológica en el que el individuo confronta la finitud, la memoria y el sentido de su existencia (Fernández-Ballesteros, 2009).

Uno de los fenómenos más significativos en esta etapa es el duelo, entendido como la respuesta emocional, cognitiva y conductual ante la pérdida de un objeto significativo, ya sea una persona, una función, un rol o una condición vital (Worden, 2013). En los adultos mayores, el duelo adquiere una dimensión particular debido a la acumulación de pérdidas que pueden incluir la muerte del cónyuge, amigos, familiares, la pérdida de la salud, la autonomía, el rol laboral y, en última instancia, la confrontación con la propia mortalidad.

objetivo :
analizar el duelo en los adultos mayores desde la perspectiva psicogerontológica, abordando su naturaleza, sus implicaciones psicológicas y clínicas, así como las estrategias de intervención que favorecen una adaptación saludable.

La Psicogerontología como marco de comprensión del envejecimiento

La Psicogerontología es la rama de la psicología que estudia los cambios psicológicos asociados al envejecimiento, incluyendo aspectos cognitivos, emocionales, sociales y existenciales. Esta disciplina reconoce que el envejecimiento no es uniforme, sino que está influido por factores biológicos, históricos, culturales y personales (Birren y Schaie, 2011).
Desde la teoría del desarrollo psicosocial de Erik Erikson (1982), la última etapa de la vida se caracteriza por el conflicto entre la integridad del yo y la desesperación. La integridad implica la aceptación de la propia vida como significativa, mientras que la desesperación surge cuando el individuo percibe su vida como incompleta o carente de sentido.
 El duelo, en este contexto, actúa como un catalizador que puede favorecer la integración o, por el contrario, intensificar la desesperación.
Asimismo, la teoría de la selectividad socioemocional de Carstensen (1999) plantea que, al percibir el tiempo como limitado, los adultos mayores priorizan relaciones emocionalmente significativas, lo que hace que la pérdida de estas relaciones tenga un impacto emocional profundo.

El duelo en la adultez mayor:

 Naturaleza y características
El duelo en los adultos mayores presenta características específicas que lo diferencian de otras etapas de la vida.

1. Acumulación de pérdidas
A diferencia de los adultos jóvenes, los adultos mayores enfrentan múltiples pérdidas simultáneas o sucesivas, incluyendo:

Pérdida del cónyuge
Pérdida de amigos y contemporáneos
Pérdida de la salud física
Pérdida de la independencia funcional
Pérdida del rol social y laboral
Pérdida del sentido de utilidad social
Estas pérdidas no solo afectan el entorno externo, sino también la identidad del individuo.

2. El duelo anticipatorio
En la vejez, el duelo puede manifestarse de manera anticipatoria, es decir, el individuo comienza a experimentar tristeza y ansiedad ante la expectativa de pérdidas futuras, incluida su propia muerte.
Este fenómeno puede favorecer la preparación emocional o, en algunos casos, generar ansiedad existencial.

3. Mayor vulnerabilidad psicosocial
Factores como el aislamiento social, la fragilidad física y la dependencia aumentan la vulnerabilidad emocional del adulto mayor, dificultando la elaboración del duelo.
Impacto psicológico del duelo en los adultos mayores
El duelo en la adultez mayor puede manifestarse en múltiples dimensiones:

Dimensión emocional

Tristeza profunda
Soledad existencial
Ansiedad
Sentimientos de vacío
La pérdida del cónyuge, en particular, representa uno de los eventos más estresantes en esta etapa, ya que implica la pérdida de la figura de apego principal.
Dimensión cognitiva
Pensamientos recurrentes sobre la pérdida
Dificultad para concentrarse
Recuerdos persistentes

En algunos casos, el duelo puede confundirse con deterioro cognitivo.
Dimensión conductual
Retraimiento social
Disminución de la actividad
Alteraciones del sueño y del apetito

Dimensión existencial

El duelo confronta al adulto mayor con la realidad de la muerte, generando cuestionamientos sobre el sentido de la vida y la propia finitud.
Desde una perspectiva existencial, este proceso puede favorecer una reorganización del significado de la vida (Frankl, 1984).
Duelo normal versus duelo complicado en adultos mayores
Es fundamental diferenciar entre el duelo normal y el duelo complicado.

Duelo normal

Es un proceso adaptativo caracterizado por tristeza, nostalgia y dolor emocional, que disminuye progresivamente con el tiempo y permite la reorganización de la vida.

Duelo complicado

Se caracteriza por:
Persistencia prolongada del sufrimiento intenso
Incapacidad para adaptarse a la pérdida
Depresión mayor
Riesgo suicida
Aislamiento extremo

Los adultos mayores presentan mayor riesgo de desarrollar duelo complicado debido a:

Reducción del apoyo social
Fragilidad física
Dependencia emocional
Pérdida de múltiples vínculos significativos
Factores protectores en la elaboración del duelo

Diversos factores favorecen una adaptación saludable al duelo:

1. Apoyo social
La presencia de familiares, amigos y redes comunitarias facilita la expresión emocional y reduce el aislamiento.

2. Sentido de vida
La percepción de propósito vital favorece la resiliencia psicológica.

3. Espiritualidad
La espiritualidad puede proporcionar un marco de significado frente a la pérdida.

4. Flexibilidad psicológica
La capacidad de adaptación favorece la reorganización emocional.

5. Historia de afrontamiento previo
Los adultos mayores que han enfrentado pérdidas previas de manera adaptativa suelen mostrar mayor resiliencia.
Intervención psicogerontológica en el duelo
La intervención psicogerontológica tiene como objetivo facilitar la adaptación emocional y prevenir complicaciones.

1.Acompañamiento psicológico
La psicoterapia permite:
Expresar emociones reprimidas
Elaborar el significado de la pérdida
Reconstruir la identidad

2. Terapia de reminiscencia
Esta técnica consiste en revisar experiencias pasadas significativas, favoreciendo la integración de la vida.
Esta intervención fortalece el sentido de identidad y continuidad.

3. Fortalecimiento de redes sociales
La participación en grupos comunitarios reduce el aislamiento.

4. Intervención familiar
La familia desempeña un papel fundamental en el proceso de adaptación.

5. Intervención existencial
La psicoterapia existencial ayuda al adulto mayor a encontrar significado en la pérdida.
El duelo como proceso de transformación psicológica

Desde una perspectiva psicogerontológica, el duelo no debe entenderse exclusivamente como un proceso patológico, sino como una experiencia de transformación.
El duelo permite al individuo reorganizar su mundo interno, reconstruir su identidad y resignificar su existencia.

En este sentido, el duelo puede favorecer:

La madurez emocional
La integración del sentido de vida
La reconciliación con la propia historia
Como señala Viktor Frankl (1984), el ser humano puede encontrar significado incluso en el sufrimiento.
Implicaciones clínicas y sociales
El abordaje del duelo en adultos mayores requiere una visión integral que considere:

Factores psicológicos

Factores sociales
Factores culturales
Factores existenciales
Asimismo, es fundamental evitar la patologización del duelo normal, reconociendo que el sufrimiento es una respuesta natural ante la pérdida.
Los profesionales de la salud deben proporcionar acompañamiento empático, validando la experiencia emocional del adulto mayor.

Conclusión
El duelo en los adultos mayores constituye una experiencia compleja que involucra dimensiones emocionales, cognitivas, sociales y existenciales.
 Desde la Psicogerontología, el duelo debe comprenderse como un proceso natural que forma parte del envejecimiento y que refleja la profundidad de los vínculos humanos.

Aunque el duelo puede generar sufrimiento significativo, también puede convertirse en una oportunidad de reorganización psicológica y crecimiento existencial. La intervención psicogerontológica desempeña un papel fundamental en la facilitación de este proceso, promoviendo la adaptación emocional, el sentido de vida y el bienestar psicológico.
En última instancia, acompañar el duelo en la vejez no significa eliminar el dolor, sino dignificarlo, comprenderlo y permitir que el individuo continúe existiendo con sentido, aun en presencia de la pérdida.

Referencias bibliográficas
Birren, J. E., & Schaie, K. W. (2011). Handbook of the Psychology of Aging. Academic Press.
Carstensen, L. L. (1999). Taking time seriously: A theory of socioemotional selectivity. American Psychologist, 54(3), 165–181.
Erikson, E. H. (1982). The Life Cycle Completed. Norton.
Fernández-Ballesteros, R. (2009). Psicología de la vejez. Pirámide.
Frankl, V. (1984). El hombre en busca de sentido. Herder.
Worden, J. W. (2013). El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Paidós

Centro Vioss
Pablo Lorenzo García

La Tregua de Mario Benedetti

Poema inspirado en La Tregua mi novela favorita de Mario Benedetti 

I. LA RUTINA 

La oficina es un reloj sin manecillas.
Los papeles se apilan como ceniza,
los días se calcifican
en un calendario que no promete nada.

Martín camina entre escritorios
como quien atraviesa un páramo:
respira porque el aire insiste,
vive porque aún no es hora de jubilarse.

Sus hijos son islas lejanas,
su casa un mueble sin voces,
su corazón un archivador polvoriento
donde la esperanza duerme boca abajo.

Todo es tan gris
que hasta la soledad se acostumbra.

II. EL ENCUENTRO 

Entonces,
sin tocar la puerta del destino,
entró Avellaneda.

Tenía un nombre de bosque joven,
de ramas que saben doblarse
sin quebrarse.
En sus ojos cabía la primavera
que Santomé había olvidado nombrar.

Ella no dijo “te rescato”,
no dijo nada.
Sonrió,
y en esa grieta de luz
el hombre aprendió
que todavía existían mañanas.

III. LA TREGUA DEL AMOR 

Fueron días breves,
pero la brevedad también puede ser infinita.

Martín, el gris,
se volvió un aprendiz de ternuras,
descubrió que la piel arrugada
todavía puede estremecerse
ante la caricia inesperada.

Caminaron bajo lluvias dóciles,
compartieron cafés tibios,
dibujaron un futuro
que por primera vez tenía colores.

El mundo era el mismo,
pero los relojes sonaban distintos.
Y esa pausa,
ese respiro en mitad de la nada,
fue la tregua.

IV. LA PARTIDA DE AVELLANEDA 

Pero la muerte;
esa intrusa puntual que nunca se retrasa;
entró en silencio,
como un ladrón de madrugada.

Se llevó a Avellaneda
con una prisa absurda,
como si temiera
que el amor los hiciera invencibles.

Martín no alcanzó a decir adiós;
apenas quedó suspendido
sin un pasillo de hospital
donde las paredes respiraban
la certeza del final.

El cuerpo de ella,
que era abrigo,
que era jardín,
que era promesa,
se volvió ausencia.

Y él,
que había aprendido de nuevo a vivir,
tuvo que aprender a morir en vida.

La tregua terminó
con la violencia de un portazo.
El mundo volvió a ser gris,
pero ahora el gris dolía más,
porque conocía el color.

V. REGRESO AL VACÍO 

Martín volvió a su escritorio,
a sus hijos distantes,
a la espera cansada de la jubilación.

Pero ya no era el mismo.
Había amado,
y esa herida ardía más que la soledad.

No existe consuelo:
la tregua fue regalo y condena.
Un paréntesis donde el amor
le mostró lo imposible:
que se puede renacer,
pero también perderlo todo.

Ahora la vida continúa,
pero sólo como un eco sin dueño.
El silencio lo acompaña,
y en ese silencio
late todavía, frágil e invencible,
el recuerdo de Avellaneda.
Pablo Lorenzo García

lunes, 16 de febrero de 2026

Duelo Gestacional, Perinatal y Neonatal

*El duelo gestacional, perinatal y neonatal: una aproximación clínica, ética y humana dirigida a la madre que ha perdido a su bebé*

Introducción
El duelo gestacional, perinatal y neonatal constituye una de las experiencias más complejas, invisibilizadas y profundamente dolorosas que puede atravesar una madre. A diferencia de otros tipos de pérdida, este duelo se caracteriza por la interrupción abrupta de un vínculo que, aunque en ocasiones no se consolidó en la convivencia física prolongada, sí existía plenamente en el plano biológico, psicológico, simbólico y afectivo. La pérdida de un bebé durante la gestación, en el momento del nacimiento o en los primeros días de vida confronta a la madre con una ruptura no solo del vínculo con su hijo, sino también con el proyecto de maternidad que se había comenzado a construir.

Objetivo:
ofrecer una comprensión académica, clínica y humanista del duelo gestacional, perinatal y neonatal, dirigida específicamente a la madre que ha vivido esta pérdida, integrando elementos de la psicología del duelo, la teoría del apego, la psicooncología perinatal y la bioética del cuidado, reconociendo su experiencia como legítima, real y digna de acompañamiento.

Definiciones y delimitación conceptual

El duelo gestacional se refiere a la pérdida del bebé durante el embarazo, independientemente de la semana de gestación. El duelo perinatal abarca la muerte fetal tardía (generalmente después de la semana 22 de gestación) y la muerte ocurrida durante el parto. El duelo neonatal se refiere a la pérdida del recién nacido dentro de los primeros 28 días de vida.

Desde el punto de vista clínico, estas pérdidas comparten características comunes, entre ellas:
La presencia de un vínculo de apego prenatal.
La construcción anticipada de la identidad materna.
La ruptura del proyecto simbólico de maternidad.
La frecuente invalidación social del duelo.

El vínculo madre-bebé comienza mucho antes del nacimiento. La evidencia en psicología perinatal muestra que la madre desarrolla representaciones mentales del bebé, le asigna un lugar en su vida, lo imagina, le habla y establece una conexión emocional profunda. Por ello, la pérdida no es abstracta: es la pérdida de un hijo real en el mundo psíquico, emocional y corporal de la madre.
La dimensión psicológica del duelo: el vínculo interrumpido, no inexistente

Desde la teoría del apego propuesta por John Bowlby, el duelo es la respuesta natural ante la pérdida de una figura significativa. En el caso del duelo gestacional y perinatal, el apego se establece durante el embarazo mediante procesos neurobiológicos, hormonales y psicológicos. La oxitocina, hormona asociada al vínculo, facilita el apego materno incluso antes del nacimiento.
Por lo tanto, el dolor que experimenta la madre no es una exageración ni una respuesta desproporcionada, sino una manifestación natural del amor y del vínculo creado.

Este duelo puede incluir diversas respuestas emocionales:
Tristeza profunda
Culpa
Rabia
Sensación de vacío
Ansiedad
Despersonalización
Cuestionamiento existencial
Muchas madres refieren una sensación de fractura ontológica: una parte de su identidad como madre ha nacido, pero su bebé no está físicamente presente. Esta paradoja genera lo que se denomina maternidad invisible.
La madre sigue siendo madre, aunque su hijo haya muerto.

La dimensión corporal del duelo: el cuerpo como memoria del vínculo

El duelo gestacional y neonatal no es únicamente psicológico, sino profundamente corporal. El cuerpo materno ha cambiado, ha albergado vida, ha producido hormonas, ha preparado la lactancia. Sin embargo, tras la pérdida, el cuerpo continúa con procesos fisiológicos que recuerdan constantemente la ausencia del bebé.

La subida de leche sin un bebé que alimentar, el vientre vacío, las cicatrices físicas y las sensaciones somáticas constituyen recordatorios permanentes de la pérdida. Este fenómeno puede generar una desconexión corporal o una vivencia traumática del propio cuerpo.
Desde la perspectiva de la neurobiología del duelo, el cerebro materno había reorganizado sus circuitos para el cuidado del bebé. La pérdida abrupta deja estos sistemas sin objeto, lo que contribuye al dolor profundo y a la sensación de desorientación.

La dimensión existencial: el duelo como ruptura del sentido

Uno de los aspectos más complejos del duelo gestacional y neonatal es su impacto en el sentido de la vida. La maternidad implica la construcción de una narrativa futura: la madre imagina el crecimiento del bebé, su voz, sus primeros pasos, su vida compartida.
La muerte interrumpe esa narrativa.

Esto puede generar preguntas existenciales profundas:
¿Por qué ocurrió?
¿Qué sentido tiene este dolor?
¿Quién soy ahora?
¿Sigo siendo madre?
Estas preguntas forman parte del proceso de reconstrucción del significado, descrito por Robert Neimeyer como un componente central del duelo. El duelo no implica olvidar, sino reconstruir la relación con el bebé en un plano diferente: el plano simbólico, emocional y espiritual.
El amor no desaparece con la muerte. Se transforma.

La dimensión social: el duelo invisibilizado y no reconocido
Uno de los factores que más complican este duelo es su frecuente invalidación social. Frases como:

“Eres joven, puedes tener otro bebé”
“Mejor ahora que después”
“No lo conociste realmente”
reflejan una falta de comprensión profunda del vínculo materno prenatal.

Este fenómeno se denomina duelo desautorizado (disenfranchised grief), término propuesto por Kenneth Doka, y se refiere a pérdidas que no son plenamente reconocidas por la sociedad. La consecuencia es el aislamiento emocional de la madre, quien puede sentir que su dolor no tiene legitimidad.
Sin embargo, su bebé existió. Existió en su cuerpo, en su mente y en su corazón.
El proceso de duelo: no es un camino lineal
El duelo no es una enfermedad ni un trastorno, sino un proceso natural de adaptación a la pérdida. No sigue un orden fijo ni tiene una duración predeterminada.

Algunas tareas del duelo, según William Worden, incluyen:
Aceptar la realidad de la pérdida.
Experimentar el dolor del duelo.
Adaptarse a un mundo sin la presencia física del bebé.

Reubicar emocionalmente al bebé y continuar viviendo.
Reubicar no significa olvidar. Significa integrar la existencia del bebé en la historia de vida de la madre de una manera que permita continuar viviendo sin negar el vínculo.
A la madre: una reflexión clínica y humana
Madre, tu dolor es real. No es exagerado. No es injustificado. No es un signo de debilidad.
Es la expresión del amor que existe entre tú y tu hijo.

Tu cuerpo lo conoció. Tu mente lo imaginó. Tu corazón lo amó.
Tu maternidad no depende del tiempo que tu bebé vivió, sino del vínculo que creaste con él. Ese vínculo no se rompe con la muerte. Se transforma en memoria, en amor persistente, en presencia simbólica.
El duelo no es olvidar a tu bebé. Es aprender a vivir con su ausencia física y con su presencia emocional.
No estás fallando por sentir dolor. Estás honrando el amor que existe entre ustedes.
El acompañamiento terapéutico y el cuidado clínico

El acompañamiento psicológico especializado en duelo perinatal es fundamental. Las intervenciones incluyen:
Validación emocional
Psicoterapia de duelo
Terapia narrativa
Rituales de despedida
Acompañamiento en la reconstrucción del significado
La evidencia clínica muestra que el apoyo empático reduce el riesgo de duelo complicado y favorece la integración saludable de la pérdida.
El objetivo no es eliminar el dolor, sino ayudar a la madre a integrarlo en su historia sin que destruya su capacidad de vivir.

Conclusión
El duelo gestacional, perinatal y neonatal es una experiencia profundamente humana que refleja la intensidad del vínculo entre la madre y su bebé. No es la duración de la vida lo que determina la profundidad del amor, sino la existencia del vínculo.
La madre no pierde únicamente a su bebé. Pierde un futuro imaginado, una parte de su identidad y una dimensión de su mundo emocional.
Sin embargo, el vínculo no desaparece. Permanece transformado en memoria, amor y significado.
Madre, tu bebé existió. Tu maternidad es real. Tu duelo es legítimo.
Y aunque el dolor forme ahora parte de tu historia, también lo es el amor. Y el amor, incluso en la ausencia, sigue siendo una forma de presencia.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

domingo, 15 de febrero de 2026

Eutanasia y Manejo de Duelo

*La Eutanasia y el Manejo del Duelo: Un Análisis Teórico-Ético y Psicológico*

Introducción

La eutanasia constituye uno de los debates bioéticos más complejos de la contemporaneidad, al situarse en la intersección entre la autonomía personal, el sufrimiento humano, la dignidad, el derecho a la vida y la responsabilidad médica. Su discusión no puede limitarse al plano jurídico o clínico; implica también una profunda reflexión antropológica y psicológica, particularmente en relación con el proceso de duelo que experimentan familiares, profesionales de la salud y comunidades.

Desde una perspectiva teórica, la eutanasia no solo interpela la ética del morir, sino también la manera en que los sobrevivientes elaboran la pérdida cuando la muerte ha sido deliberadamente anticipada o decidida. Este ensayo aborda la eutanasia desde los marcos bioéticos clásicos y contemporáneos, y analiza su impacto en el manejo del duelo, incorporando aportes de la psicología clínica y la tanatología.

1. Conceptualización y Marco Bioético de la Eutanasia
La eutanasia puede definirse como la acción u omisión destinada a provocar intencionalmente la muerte de una persona que padece un sufrimiento considerado insoportable, generalmente a solicitud expresa de esta. Se distinguen formas activa y pasiva, voluntaria e involuntaria, aunque estas categorías generan debates conceptuales y jurídicos.

En el ámbito bioético, los principios formulados por Tom L. Beauchamp y James F. Childress —autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia— ofrecen un marco de análisis fundamental:
Autonomía: El respeto a la autodeterminación del paciente.
Beneficencia: La obligación de actuar en favor del bienestar.
No maleficencia: Evitar causar daño.
Justicia: Distribución equitativa de recursos y decisiones.
El conflicto surge cuando la autonomía del paciente solicita la terminación de la vida, mientras que la no maleficencia tradicionalmente se interpreta como la prohibición de provocar la muerte.
Desde una perspectiva kantiana, inspirada en Immanuel Kant, la dignidad humana es intrínseca y no instrumentalizable, lo cual ha sido utilizado como argumento contra la eutanasia. En contraste, enfoques utilitaristas derivados de John Stuart Mill priorizan la reducción del sufrimiento como criterio moral relevante.

2. Dimensión Psicológica del Morir Anticipado
La eutanasia introduce una particularidad en el proceso de muerte: la anticipación consciente y planificada. Esto transforma la experiencia del paciente y su entorno.
En la teoría clásica del duelo de Elisabeth Kübler-Ross, las fases de negación, ira, negociación, depresión y aceptación no constituyen un esquema lineal, pero ayudan a comprender las respuestas emocionales ante la muerte inminente. En contextos de eutanasia, estas fases pueden experimentar modificaciones:
La negación suele reducirse debido a la explicitud del proceso.
La negociación puede centrarse en el tiempo y las condiciones de la muerte.
La aceptación puede intensificarse o, paradójicamente, fragmentarse en los familiares.
La anticipación puede favorecer un “duelo anticipado”, concepto desarrollado en la tanatología moderna, donde los familiares comienzan a procesar la pérdida antes de que ocurra el fallecimiento. Este fenómeno puede facilitar la adaptación posterior, aunque también puede generar ambivalencias morales.

3. Eutanasia y Duelo: Variables Psicológicas Relevantes
El manejo del duelo tras una eutanasia presenta características diferenciales:

a) Ambivalencia Moral
Algunos familiares experimentan alivio por el cese del sufrimiento del ser querido, coexistiendo con culpa por haber apoyado o no haber impedido la decisión. Esta ambivalencia puede derivar en duelos complejos si no es acompañada adecuadamente.

b) Sentido y Narrativa
La construcción de sentido es central en la teoría contemporánea del duelo. Cuando la muerte ocurre por eutanasia, la narrativa puede orientarse hacia la dignidad, la autonomía y el amor compasivo, lo que facilita procesos de resignificación positiva.
Sin embargo, en contextos culturales o religiosos que condenan la eutanasia, pueden surgir sentimientos de estigmatización y aislamiento social.

c) Rol del Equipo de Salud
Los profesionales sanitarios también pueden experimentar un tipo de duelo profesional o desgaste moral. El fenómeno del “estrés moral” se intensifica cuando existe tensión entre convicciones personales y decisiones clínicas.

4. Perspectiva Comparada: Cuidados Paliativos y Eutanasia
El debate contemporáneo incluye la comparación entre eutanasia y cuidados paliativos integrales. Mientras estos últimos buscan aliviar el sufrimiento sin acelerar la muerte, la eutanasia implica una intervención directa para finalizar la vida.
En países donde la eutanasia es legal bajo condiciones estrictas, se ha observado que la integración con cuidados paliativos adecuados reduce la incidencia de solicitudes impulsivas y favorece decisiones informadas.
El acompañamiento psicológico antes y después del procedimiento resulta crucial para prevenir duelos patológicos, depresión mayor o trastorno de duelo prolongado.

5. Dimensión Cultural y Religiosa
Las creencias religiosas influyen significativamente en el proceso de duelo. Tradiciones cristianas, inspiradas en la comprensión de la vida como don trascendente, tienden a rechazar la eutanasia, lo que puede generar conflictos internos en los sobrevivientes creyentes.
Por otro lado, cosmovisiones más secularizadas tienden a interpretar la eutanasia como una extensión de la libertad individual, facilitando procesos de aceptación narrativa.

6. Propuestas para el Manejo Clínico del Duelo en Contextos de Eutanasia
Desde una perspectiva interdisciplinaria, se proponen las siguientes estrategias:
Evaluación psicológica previa del entorno familiar.
Espacios de diálogo ético supervisados por comités hospitalarios.

Acompañamiento tanatológico continuo antes y después del procedimiento.
Intervenciones narrativas para resignificar la decisión.
Seguimiento a mediano plazo para detectar duelos complicados.
El objetivo no es validar o invalidar la eutanasia, sino reconocer que toda muerte, incluso cuando es decidida, deja una huella emocional que requiere contención profesional.

Conclusión
La eutanasia no es únicamente un acto médico ni un debate jurídico; es una experiencia existencial que transforma la vivencia del morir y el proceso de duelo. Desde el punto de vista teórico, se sitúa en la tensión entre autonomía y sacralidad de la vida; desde el punto de vista psicológico, modifica las dinámicas del duelo anticipado, la culpa y la construcción de sentido.
El manejo del duelo en contextos de eutanasia exige un enfoque integrador que articule bioética, psicología clínica, cuidados paliativos y sensibilidad cultural. Solo así puede garantizarse que, más allá del debate ideológico, la dignidad humana permanezca en el centro de la reflexión y del acompañamiento terapéutico.

Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

A los que han partido

A los que han partido

A los que han partido
sin cerrar del todo la puerta,
a los que aún susurran
en el viento de la tarde,
en la voz de una canción vieja,
en el eco tibio del recuerdo.

A ustedes,
que no caben en la tumba
porque el amor no se entierra,
porque el alma se desborda
como el río cuando llueve la nostalgia.

Dejaron migas de eternidad
en cada abrazo que dimos,
y un rastro de luz
en las sombras que ahora cruzamos.

No se fueron del todo:
siguen mirando desde el silencio,
desde un pétalo que cae,
desde el resplandor de una vela
que se niega a apagarse.

Hoy los llamamos con flores,
con pan, con copal y memoria,
para decirles que el tiempo no borra,
solo transforma la ausencia
en raíz,
en cielo,
en promesa.

Y mientras el fuego arde,
sabemos que vuelven,
no con el cuerpo,
sino con la calma.
No con palabras,
sino con presencia.

Porque morir —lo sabemos ya—
no es irse,
es quedarse distinto,
en lo invisible,
en lo amado,
en lo eterno.
Pablo Lorenzo García

La cordillera que aprendió a latir

La cordillera que aprendió a latir: Elegía y canto a los 16

En la cima helada del mundo, donde el silencio pesa más que el cuerpo y el viento afila la nostalgia, dieciséis corazones se negaron a morir. El avión cayó, pero el espíritu no. La nieve cerró sus bocas, pero no logró apagar el nombre de la vida. Aquella herida abierta en la cordillera de los Andes no fue solo un accidente: fue un umbral donde el ser humano se despojó de todo artificio y quedó frente a su propia esencia.

Entre los restos del fuselaje, donde el metal se volvió cuna y ataúd al mismo tiempo, la muerte instaló su reino. Y sin embargo, allí mismo brotó una ética nueva, sin libros ni templos, escrita con hambre, frío y temblor. No hubo heroísmos grandilocuentes: hubo decisiones imposibles. Comer para vivir. Vivir para volver. Volver para contar.

El tiempo dejó de ser reloj y se convirtió en resistencia. Cada amanecer era un triunfo mínimo contra el blanco infinito. La nieve, que parecía pura, se volvió enemiga; el sol, traicionero; la noche, una patria de espanto. Y aun así, el amor persistía como un fuego clandestino. Amor al compañero, al recuerdo, a la madre lejana, al nombre propio que luchaba por no borrarse del hielo.

Hasta que llegó la noticia más brutal que la avalancha, más fría que la noche: la búsqueda había sido suspendida. El mundo, allá abajo, los había dado por muertos. Entonces no hubo gritos, hubo un silencio más hondo. Y en medio de ese silencio nació la frase que los resucitó por dentro, la sentencia que partió la historia en dos:

> “Ya no depende de los de afuera… ahora depende de nosotros.”

En ese instante dejaron de ser solo sobrevivientes. Se volvieron responsables de su destino. La esperanza ya no vendría en helicóptero: tendría que nacer de sus propias manos.

Entonces caminaron los elegidos del abismo. Roberto Canessa, con el pulso del médico aún sin título pero ya forjado en la carne del otro; Fernando Parrado, con la voz de la madre muerta latiéndole en el pecho como brújula; y junto a ellos, en la memoria viva del grupo, la palabra de Carlos Páez, guardián de la memoria futura. Ellos no eran héroes: eran muchachos empujados por el amor a la vida más allá del miedo.

Caminaron sobre un cementerio sin cruces. Cada paso era un diálogo con los que quedaron atrás, una promesa arrastrada por la fe. La montaña no cedía, pero escuchaba. Porque incluso la piedra, ante el sufrimiento humano, aprende a inclinarse.

Y cuando por fin apareció el otro hombre, el desconocido que devolvió al mundo, la cordillera exhaló su largo suspiro. El milagro no fue solo el rescate: fue haber conservado el alma entre los dientes del hambre. Dieciséis regresaron con el cuerpo salvado, pero todos volvieron distintos: cargaban el peso sagrado de los muertos.

La verdadera hazaña no fue vencer la montaña, sino no volverse piedra en ella. Fue sostener la dignidad cuando lo humano parecía haberse quebrado. Fue descubrir que la fe también sangra, que la esperanza tiembla, que la vida a veces solo se defiende con un hilo de voluntad y un nombre pronunciado al amanecer.

Desde entonces, los Andes ya no son solo geografía. Son memoria viva. Son altar sin muros donde el ser humano se arrodilla ante su propia fragilidad y su grandeza al mismo tiempo. Aquellos dieciséis no solo sobrevivieron: transformaron el dolor en testimonio, el miedo en palabra, la muerte en camino.

Y aún hoy, cuando la nieve vuelve a caer sobre la cumbre, parece escucharse un rumor subterráneo: no es el viento… es aquella frase que sigue caminando con ellos, la que los hizo levantarse cuando el mundo los había dejado solos:

“Ahora depende de nosotros.”

Pablo Lorenzo García

Las tias que se quedaron solas

Las tías que se quedaron Solas

A todas las casas entra una tía
que no pidió llave.
Llega como llega el polvo,
el café recalentado,
la silla que siempre es suya
aunque nadie lo haya dicho.

La tía que no se casó 
No porque no pudiera,
sino porque la vida se le fue poniendo
otras tareas encima:
cuidar a la abuela,
rezar por los vivos,
guardar fotos que nadie quiere,
sostener secretos como quien sostiene una pared.

Viven solas, dicen.
Mentira.
Viven acompañadas de recuerdos,
de santos medio descascarados,
de plantas que sobreviven por puro orgullo,
de gatos invisibles
y de cartas que nunca llegaron
pero que ellas contestaron igual,
en voz baja, por las noches.

Las llaman solteronas
con esa palabra torcida
que suena a burla y a miedo.
Como si no casarse fuera una enfermedad,
una falta,
un error de costura en el vestido familiar.

Pero ahí están.
Firmes.
Con el pelo recogido en una batalla diaria,
con los labios pintados solo para ir al mandado,
con una dignidad que nadie aplaude
porque no brilla,
pero no se rompe.

Ellas saben cosas.
Saben cuándo un matrimonio es una jaula
aunque tenga flores.
Saben que el amor no siempre llega a tiempo
y que a veces llega demasiado tarde
y hay que aprender a despedirlo
sin drama,
como se despide un tren desde lejos.

Las tías que se quedaron solas
fueron jóvenes.
Nadie se acuerda.
Tuvieron piernas ágiles,
risas largas,
una blusa favorita
y alguien que les tocó la mano
una vez
y lo arruinó todo para siempre
o lo volvió inolvidable.

Bailaron.
Se enamoraron mal.
Esperaron cartas que no llegaron.
Escucharon promesas ajenas
que no eran para ellas.

Y un día
sin anunciarlo,
se hicieron adultas solas.
Sin ceremonia.
Sin testigos.

Desde entonces
sostienen la familia
como quien sostiene una casa vieja
con puntales invisibles:
cuidan niños ajenos,
dan consejos que nadie pide,
llevan comida en recipientes heredados,
y aparecen siempre
cuando alguien se muere
o cuando nadie sabe qué hacer.

Son las que dicen:
“yo me quedo”.
Las que no corren.
Las que saben rezar incluso sin fe.
Las que planchan camisas ajenas
y nunca preguntan
“¿y yo cuándo?”

En Navidad
regalan cosas útiles.
En los velorios
arreglan flores.
En los silencios incómodos
rellenan el aire
con frases sencillas
que salvan la tarde.

Y cuando envejecen
no reclaman nada.
Se hacen más pequeñas,
más invisibles,
como si la vida
las fuera borrando despacio
para no doler.

Pero cuidado.
Que ahí donde parecen frágiles
hay una fuerza antigua:
la fuerza de no haber sido elegidas
y aun así
haberse quedado.

La tía que no se casó
es una patria menor,
un refugio silencioso,
una forma distinta de amor
que nunca tuvo nombre
pero sostuvo a todos.

Y cuando mueren
la casa se siente rara.
Falta algo.
Nadie sabe qué.

Solo queda su taza,
su silla,
su olor a jabón antiguo
y la certeza —tardía, vergonzosa—
de que fue indispensable.

Como el aire.
Como la sal.
Como esas mujeres
que nunca salieron en las fotos
pero sin ellas
la historia se habría caído.

Las tías que no se casaron
no fueron solas.
Fueron el centro
sin hacer ruido.
Pablo Lorenzo García

Gotas de Nostalgia

Solo son unas gotas de nostalgia que enfrentan una navidad que "debe ser" alegre y que el mundo se regocija de sonrisas aunque sean aparentes pero que se llenan de luz para iluminar la noche que dicen que es buena para un niño que es y fue Dios desde su nacimiento.
Las gotas de lluvia de los ojos se cubren de la ausencia de las grandes partidas que se fueron sucediendo una a una sin la necesidad de morir del amor.
Solo fue la sustancia corporal de tejidos y órganos que se ha marchado, el amor queda intacto pero si olvidado por qué nos han obligado a vivirlo solo de una manera física o corporal y el alma queda corta debiendole sustancia a la pena.

No hay soledad que valga sin uno mismo y muchos deciden sufrirla pero si viéramos que sencillo es vivir con uno mismo frente al espejo y frente a la vida sin más conflicto que la falta de compañía de otro igual que se ha marchado sin pedir permiso.

Sufren porque quieren decía la Abuela y cuánta razón tenía porque ella supo vivir siempre a su lado desde que el abuelo se decidió a morirse.
Nadie se muere de tristeza pero algunos dejan de vivir cuando el aislamiento les incomoda la vida.
Todos los finales son determinantes pero jamás deprimentes solo para aquellos que se niegan a terminar de mirar la película de la vida aún cuando en la pantalla aparece las palabras "The End".
Pablo Lorenzo García

Una historia de Amor en el tiempo

*Una Historia de Amor en el tiempo*
Inspirada en el libro Lazos de amor de Brian Weiss

Éramos amantes antes de nacer, basto mirarte a los ojos para reconocer desde mi anterior vida que ya te conocía. Como nuestro encuentro fue meramente virtual desde unas redes sociales que nos distanciaban en lugar de acercarnos, lo más que habíamos encontrado era una imagen detrás de una pantalla y una voz detrás de unos audífonos corrientes que no se escuchaban con fidelidad, esa, eras tú, y ese era yo, sin un solo beso fuera de un imaginario electrónico, sin una sola caricia que no fuera de mis propias manos y no de las tuyas.
Cuando decidiste acudir a mi encuentro, al encuentro de una insistente invitación a un pretexto que me habría inventado para que dejaras el terruño lejano y vinieras a mí, a mi casa que deseaba conocieras para conocerte sin pensar que te iba a reconocer de antaño.
Desde que te vi llegar aun cuando no fui yo quien abrió la puerta y te condujo a mi consultorio, había algo particular entre tu voz viva y la luz radiante de tus ojos, de tu mirada.
Algo me decía intensamente que me eras familiar y que había un pasado común, en esas sensaciones de un DejaVú que nos envuelve en el común denominador de un viejo encuentro por un nosotros que me era muy peculiar entre tu voz y tu mirada.
Fue hasta que me diste tu mano y tu abrazo y que mis brazos respondieron con otro intenso abrazo que nos descubrimos que no podíamos soltarnos el uno del otro, mis brazos reconocieron ese abrazo de antaño y mi piel sobre tu blusa reconoció ese movimiento tan peculiarmente reconocido. Pero cuando tus labios se atrevieron a besar mis labios, fue cuando una luz intensa surgió, en un beso de muchos años, lustros que habrían pasado para poder expresar: ¡esto ya lo viví antes! y decidí ahora que fueran mis labios quienes se atrevieran a cruzar la línea del pasado e ir tras de ti y traer de nuevo miles de besos que mis labios habían dejado en tus labios hace tanto tiempo atrás.
Aunque no tuvieras el mismo nombre para mí, ni yo el mismo nombre para ti, eran tus labios, era tu piel, eran nuestros besos, era nuestra pasión de los amantes que habíamos olvidado hace más de sesenta años. Bastaba cerrar los ojos al besarte para recordar que te llamabas María y que nos ocultábamos entre los matorrales de un jardín solitario y prohibido, prohibido por nuestros padres ante el temor que la moral de los amantes que no podían serlo.
Mientras más besabas mis labios más recorría el túnel de un tiempo inexplorable pero cercano, mientras más acariciaba tu piel, más recordaba que aquel Pedro Irazábal era un escritor que habría salido huyendo de una España Republicana invadida por la dictadura fascista y llegaba a un México Cardenista para encontrar en Guanajuato a una mujer artesana que hacía magia con los dedos de sus mágicas manos en orfebrería, y joyería divina que dejara sorprendido a Pedro.
Fue un llamado a esa magia donde ambos en los años cincuenta se unieron involucrando sus pieles, sus acentos, sus intenciones de amar y no imagino el motivo de la distancia entre tu pasado y el mío, pero ahora que lo hemos recuperado, no pienso perderte una vez más.

Entre abrazos, besos, caricias, fuimos reconstruyendo el pasado remoto que nos unía aún sin saberlo, pero a cada beso y a cada caricia, la historia de María Balcázar y Pedro Irazábal se iba uniendo a la nuestra, los de ahora que le dábamos sentido a los de antes, los de antaño. 
Era más Pedro que yo mismo cuando mis labios te reconocían sediento de besos y eras más María cuando tus manos se involucraban como artesana en mi piel, en mi rostro donde engarzabas besos de tus labios. Pero había un dolor en cada beso y en cada caricia que los de ahora se descubrían en los de antaño, un dolor que sentía más María cuando no deseaba soltar a Pedro y lo apresaba entre sus brazos pidiéndole con sus intensas caricias, ¡No te vayas amor!, ¡No te vayas!, los últimos besos míos, sentí la amargura de la piel de Pedro y la ansiedad con la que besaba un moribundo en la antesala de la muerte.
Tuvimos que dejar los besos y las caricias para reconocer dolorosamente que Pedro le costaba trabajo respirar y yo sentía que me faltaba el aire entre beso y beso, fui descubriendo lastimosamente que Pedro tendría tuberculosis y no había cura para ella, y por eso tú sentías el angustioso dolor de la pérdida en mi partida, y al mirarnos decidimos salvar a Pedro y a María de la inexpugnable muerte de su vínculo por la dolorosa y sencilla muerte de Pedro.
Tuvimos que llorar y saber si podríamos salvarnos de aquella historia y cómo reaccionar al vínculo que nos unía a ellos con 70 años de distancia romántica y enfermiza.
Decidí invadir tu piel con mis besos y honrar lo que Pedro debía honrar en mis labios y los tuyos, decidiste arriesgarte a besarme sin saber que yo tenía una enfermedad pulmonar altamente contagiosa y que ambos éramos el vivo destino de aquellos viejos amantes que no pudieron amar por que el tiempo se interpuso entre aquellos 4 amantes unidos por una vieja historia y separados por el tiempo. 
 Pablo Lorenzo García