Sin darme cuenta, mi hice viejo. me salieron canas y los ojos se llenaron de catarata. Esta vejez prematura llegó sin darme cuenta, me llegaba en las mañanas con la nostalgia que le da a los viejos cuando extrañan todo lo que han perdido y la melancolía que despierta en la madrugada cuando la próstata no puede dormir y llora al orinar despacio, lágrima por lágrima.
Me llego la vejez antes de que me hiciera viejo, o por lo menos eso creí cuando comence a mirar atrás rescatando uno a uno los recuerdos que el olvido habia dejado plantados en el camino viejo.
La vejez se hizo cargo de recordarme que había olvidado mi historia y el camino de regreso. LLegó como el cobrador que arremete contra el deudor que no tiene monedero alguno del cual saciar la deuda y sacude sus bolsillos desiertos del pantalon viejo.
Y no tenía como ostentar que era senil, no me habían autorizado a serlo cuando ya mis anteojos necesitaban bifocales y mis dentadura perdía firmeza en la mordida y mi cabello peinaba más canas.
Pero todavía podía escuchar la música que no se me habia olvidado y mis manos podian tocar el ébano y marfil de un viejo piano sin dolor entre una línea y otra de una partitura que mis ojos no alcanzaban a distinguir con claridad.
Eso si, al tocar, mis ojos, expulsaban agua salada, extrañando a la espectadora ausente que ya no habría de escucharme más.
Pablo Lorenzo García
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