Y a sus noventa y cuatro primaveras le llego pronto el invierno, se le subió a las canas dejándole el pelo blanco, solo para recordar a la abuela, su Madre, la mamaita.
Se quedo sola sin darse cuenta y envejeció sin salir nunca del viejo ropero lleno de naftalina.
Se le murió su novio eterno de viejo, lleno de chocolates que cada semana le regalaba y ella celosamente guardaba al borde del ropero.
Se le murió su hermano que era su todo, su jefe , compañero, socio y cómplice de soltería.
Dejo ir a su hermana con quien vivía y aprendía a compartir la soledad, la cual construían codo a codo.También se le murió
Enterró uno a uno a sus amigos y familiares, con la paciencia de quien espera lentamente la muerte de sí mismo.
Tiene preparado su entierro y velatorio, así como tuvo listo su vestido de novia que nunca estrenó.
Se le murió Ana Julia, su confidente, hermana sin sangre compartida, se fue de a poco y sin sentirlo se le fue mi Madre quien la descubrió al final sin haber sido quien esperaba ser.
Ya no queda nadie, ya no queda nada, poco a poco se pierde la luz ante sus ojos, se va el sonido de la voz y sus oidos, ya solo espera leer su nombre del obituario del diario de Colima. Pero alguien tendrá que susurrálselo al oido y anotárselo en su libreta porque no lo podrá mirar, porque no lo podrá oir.
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