viernes, 21 de febrero de 2025

Mito de envejecer

La vejez llega sin avisar, sin darse cuenta. No tiene números en la edad que no nos representa nada. 
La vejez no se mide con el tiempo que no registra un reloj ni se determina con ausencias en la salud y el metabolismo.
La vejez se muestra con un antes y un después que la vista, el oído o las piernas nos avisan sin señal previa alguna.
La vejez nos toma siempre distraídos, y nos dibuja unas hebras de plata en el cabello haciéndonos ver más "interesantes" o bien nos hace necesarios unos anteojos para la "vida cansada" o unos "dientes bifocales"
Nos llega con una bufanda en el cuello y una reuma en las rodillas cansadas.
La vejez es un equipaje pesado que se va acumulando con el andar en el camino recorrido por la vida.
Y cuando uno menos se imagina, nos marca una pausa generosa y duradera que se llama Morir.
Pablo Lorenzo García

Canas y Anteojos Bifocales

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Entre tantas canas que peinar y tanta catarata contra la que luchar me recuerda que quizás aún no soy viejo, que la vejez es cosa de más años. La vejez es una serie de experiencias mayores y no de carencias enormes o miedos que se van acumulando con los años. Se requieren más de 5 decadas para entender al "Shaman" al Sabio que sabe con exactitud ¡qué es lo que no sabe!
La dentadura ya no es tan dura y llena de hoyos que rellenar y la vista no alcanza hasta donde antes alcanzaba, la memoria se traslada hacia muchos años atrás se cuentan muchas más historias que a su vez nos habián contado quienes ya se han ido pero esa memoria ya no alcanza para recordar lo hecho y deshecho el día de hoy, ¿dónde quedaron las llaves?, ¿dónde quedaron los anteojos? y estos objetos se enfrentan muertos de risa frente a los ojos del anciano sabio que los busca estando frente a él.
La vejez no es cosa de años que se acumulan uno a uno en la bendita experiencia que no es la que marcan las agujas de un reloj biológico, la vejez es un juego de cartas que se guardan en una relación epistolar con el tiempo acumulado en la sangre.
La vejez se va acercando poco a poco cuando la mirada se va perdiendo con aquello que se va alejando poco a poco. 

La vejez se debe disfrutar cuando la digestión no puede degustar ni las carnes ni los postres, demasiado colesterol, demasiada glucosa. 
Un viejo es un vino que jamás se avinagra cuando se supo guardar debidamente en una cava donde se guardan los años y los amores siempre horizontales, siempre a media luz.

Hoy me he acercado afectivamente a mi vejez que veo con la claridad que mi catarata me permite y la degusto en una copa cristalina donde las lágrimas del vino caen sobre mis mejilas de cristal. Hoy soy un poco más viejo y un mucho más sabio para "saber callar cuando habla el que mas sabe" diria Alberto.
Aprender a escuchar es la clave cuando se tiene intenciones de saber. 
Hoy estoy agradecido con mi vejez de 9 años cuando hace exactamente nueve años volvi a nacer y decidí aprovechar la oportunidad que la vida me dió para continuar andando por este camino mágico de una forma sinuosa y ascendente. Es decir, soy un anciano joven de nueve años que antes de su primera década pintara todas sus canas y renovara sus dientes y caminara lerdo con la paciencia que un viejo de una sola década puede lograr.
Esta historia mía es un cuento de hadas renovado y a la vez envejecidolleno de brujas hermosas llenas de rimel y labial rojo y de magos cegatones que logran milagros con una varita rota entre sus falanges artríticas. Eso si con un dragón viejo que de tantos dientes perdidos ya no puede escupir fuego sino flemas atascadas en una glotis reseca y partida.
Bendita ancianidad de nueve años que me invita a escribir historias que pronto se me habrán de olvidar una a una dándole la bienvenida al Alhzheimer maldito que me impedirá recordar aquello que debí de haber olvidado hacia doce años.
Pablo Lorenzo García 

Mi Vejez



Sin darme cuenta, mi hice viejo. me salieron canas y los ojos se llenaron de catarata. Esta vejez prematura llegó sin darme cuenta, me llegaba en las mañanas con la nostalgia que le da a los viejos cuando extrañan todo lo que han perdido y la melancolía que despierta en la madrugada cuando la próstata no puede dormir y llora al orinar despacio, lágrima por lágrima.

Me llego la vejez antes de que me hiciera viejo, o por lo menos eso creí cuando comence a mirar atrás rescatando uno a uno los recuerdos que el olvido habia dejado plantados en el camino viejo.

La vejez se hizo cargo de recordarme que había olvidado mi historia y el camino de regreso. LLegó como el cobrador que arremete contra el deudor que no tiene monedero alguno del cual saciar la deuda y sacude sus bolsillos desiertos del pantalon viejo.

Y no tenía como ostentar que era senil, no me habían autorizado a serlo cuando ya mis anteojos necesitaban bifocales y mis dentadura perdía firmeza en la mordida y mi cabello peinaba más canas.

Pero todavía podía escuchar la música que no se me habia olvidado y mis manos podian tocar el ébano y marfil de un viejo piano sin dolor entre una línea y otra de una partitura que mis ojos no alcanzaban a distinguir con claridad.
 
Eso si, al tocar, mis ojos, expulsaban agua salada, extrañando a la espectadora ausente que ya no habría de escucharme más.
Pablo Lorenzo García

La viudez sin ti

No me acostumbro a tu ausencia, quizás porque nos fuimos acostumbrando a encontrarnos uno al lado del otro día con día, año con año.
Juntos construimos un sueño de varios hijos, hijos que se fueron por su libertad y por su derecho propio.
Nos fuimos acostumbrando a no poder hacer las cosas solos, sin el otro después descubrimos que a eso le llamaban codependencia y nosotros creíamos que era Amor o Solidaridad.
Después cuando veíamos signos de vejez como mis canas o tus varices, jugamos a decirnos que no se podía morir uno sin el otro o bien que yo quería irme primero porque sabía que no sería capaz de vivir sin ti.
Quizás el error estuvo en vivir demasiado, en esa maldita longevidad que traíamos en la sangre, ya lo decías tú, no quiero llegar a cumplir tantos años, que sí los 70 eran muchos, que si los 80 eran demasiados...
Nunca pensamos en qué haríamos cuando la soledad nos fuera copando y veíamos como los amigos coetáneos se iban retirando para siempre.
Los hermanos, los amigos, no nos asombraba la vejez sino qué haríamos con ella cuando llegáramos a viejos?
Y ahora que te has ido, no se qué hacer con esta ausencia que me queda grande, es más grande que yo mismo.
Y me he cansado de pedirle a la vida que me lleve de una vez por todas pero siempre me dijeron que esas cosas no se pueden pedir entonces...que injusta es la vida cuando vamos llegando a un sitio desértico sin sol y sin tinieblas solo una carretera larga y duradera hacia un destino incierto que queda en la lontananza lejana. 
Y todavía le llaman "viudez" ese terrible pronombre ridículo para llamar Soledad a lo que queda después de ti.
Pablo Lorenzo García
Cómo homenaje a todos mis viejos que se quedaron solos al final de su camino

La tía vieja, la tieta

La Tía, esa hermana de mi Padre quien tuvo hijos ajenos, prestados de su hermano, quien hasta su vejez nos acercamos porque era lo último que nos quedaba del amor de Papá en sangre Colimota.
Y a sus noventa y cuatro primaveras le llego pronto el invierno, se le subió a las canas dejándole el pelo blanco, solo para recordar a la abuela, su Madre, la mamaita.
Se quedo sola sin darse cuenta y envejeció sin salir nunca del viejo ropero lleno de naftalina.
Se le murió su novio eterno de viejo, lleno de chocolates que cada semana le regalaba y ella celosamente guardaba al borde del ropero.
Se le murió su hermano que era su todo, su jefe , compañero, socio y cómplice de soltería.
Dejo ir a su hermana con quien vivía y aprendía a compartir la soledad, la cual construían codo a codo.También se le murió
Enterró uno a uno a sus amigos y familiares, con la paciencia de quien espera lentamente la muerte de sí mismo.
Tiene preparado su entierro y velatorio, así como tuvo listo su vestido de novia que nunca estrenó.
Se le murió Ana Julia, su confidente, hermana sin sangre compartida, se fue de a poco y sin sentirlo se le fue mi Madre quien la descubrió al final sin haber sido quien esperaba ser.
Ya no queda nadie, ya no queda nada, poco a poco se pierde la luz ante sus ojos, se va el sonido de la voz y sus oidos, ya solo espera leer su nombre del obituario del diario de Colima. Pero alguien tendrá que susurrálselo al oido y anotárselo en su libreta porque no lo podrá mirar, porque no lo podrá oir.
Pablo Lorenzo García