miércoles, 10 de diciembre de 2025

La.Navidad en Duelo

La Navidad cuando falta un ser amado
Ensayo poético

La Navidad es una estación extraña: llega sin pedir permiso, aun cuando en el corazón todavía es otoño. Uno cree que el calendario debería tener compasión, detener su marcha, esperar a que el duelo respire… pero no. La Navidad toca la puerta con su coro de luces y su tintineo de esperanza, mientras dentro de la casa alguien falta y ese silencio pesa más que todos los regalos del mundo.

Hay noches en que el duelo se siente como un aguinaldo roto: la vida reparte canciones mientras uno carga un eco. Porque cuando hemos perdido a un ser amado, la Navidad se vuelve un territorio doble. Por un lado, la memoria que acaricia; por el otro, la herida que punza cada vez que alguien pronuncia la palabra feliz.

La mesa servida es el primer altar. Ahí donde antes había una silla ocupada, ahora hay una ausencia que respira hondo, como un fantasma bueno que no quiere asustar a nadie. Todos saben que está ahí. Nadie lo dice. Pero los cubiertos parecen más pesados, y el pan se vuelve más lento al partirse. Sin embargo, en ese hueco también cabe el amor: una luz pequeña, íntima, que recuerda que la vida sigue hablando a través de quienes amamos.

La Navidad del duelo es un rito distinto. Quien sufre descubre que la nostalgia también tiene villancicos, que la memoria también ilumina. A veces, mientras se enciende una vela, uno siente que el ser amado se aproxima, no con cuerpo, sino con un gesto leve: una calidez que no viene del fuego, un murmullo que no viene del viento. Es entonces cuando el dolor se abre un poco, apenas lo suficiente para dejar pasar una chispa de ternura.

En este tiempo, la gente suele pedir deseos. Los dolientes, en cambio, pronuncian silencios. Sus deseos son otros: que la ausencia pese menos, que la noche sea amable, que la risa no se sienta como traición. Aprenden que celebrar no es olvidar; que amar no termina con la muerte, sólo cambia de forma.

Porque la Navidad, aun en medio del duelo, contiene una verdad que muy pocos advierten: que la luz que encendemos afuera también intenta encenderse adentro. Y que recordar es otra manera de abrazar. Quizás por eso, en medio de la tristeza, surge una dulzura inesperada: la conciencia de que lo que se perdió no se borra, sino que se transforma en estrella que guía desde lo invisible.

La Navidad cuando falta un ser amado es una conversación entre dos mundos. Aquí, nosotros, tratando de seguir. Allá, ellos, sosteniéndonos como pueden desde una claridad desconocida. Y en medio, un puente hecho de recuerdos, canciones, fotografías, oraciones, risas antiguas, promesas que sobreviven.

Así, poco a poco, la Navidad deja de ser un territorio hostil. Empieza a parecerse a un puerto: un lugar donde el dolor se sienta a contemplar la luz, sin tener que esconderse. Un sitio donde comprendemos que no estamos solos: caminamos acompañados por aquello que amamos y que sigue respirando en nosotros.

Y quizás ese sea el verdadero milagro de estas fechas: que la ausencia se vuelve presencia de otro modo, que el amor se rehace, que el duelo encuentra una rendija para respirar. Al final, la Navidad no llega para exigir alegría, sino para recordarnos que la vida, pese a todo, sigue iluminando.

Porque cuando hemos perdido a un ser amado, Navidad no es sólo una fiesta: es un abrazo entre el recuerdo y la esperanza. Un modo suave de decirnos que la oscuridad no vence. Y que, aunque duela, todavía somos capaces de encender una luz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario