(Ensayo poético sobre el cáncer de mama)
Hay una tarde en que el cuerpo se vuelve territorio incierto.
Un médico pronuncia una palabra —cáncer—
y de pronto el espejo ya no refleja piel,
sino una guerra silenciosa entre la vida y la célula que olvida su propósito.
Allí comienza una peregrinación interior.
El cáncer no es solo enfermedad:
es el rostro desnudo de la existencia cuando se cae el maquillaje de lo cotidiano.
El cuerpo, ese templo tantas veces ignorado,
habla con voz grave: “mírame, estoy aquí, te necesito presente”.
El cabello que cae no es pérdida,
es una muda de piel simbólica,
una renuncia al adorno para abrazar la verdad.
Cada hebra que se desprende del cráneo
es un pétalo que vuelve a la tierra para renacer distinto.
Y entonces, en el silencio de la quimioterapia,
entre olores metálicos y piel cansada,
la mujer descubre algo que los sanos olvidan:
la fragilidad es también una forma de fortaleza.
Vivir, aun con miedo, es un acto heroico.
Hay una ternura nueva en el dolor,
un amor que se aprende hacia adentro:
tocar el propio pecho —o el hueco donde estuvo—
como quien acaricia un altar.
Ya no hay espacio para las mentiras del tiempo:
todo se reduce a la pureza de un segundo vivido con conciencia.
El cáncer, paradójicamente, enseña a vivir.
A valorar la respiración, el abrazo,
el agua que toca la piel como si fuese la primera vez.
En su crudeza, revela la esencia de la existencia:
que la vida nunca prometió ser larga,
solo pidió ser auténtica.
Y así, la mujer se levanta del polvo.
Con cicatrices que no esconden, sino que cuentan:
la historia de una guerrera que convivió con la muerte
y le habló de frente, sin rencor.
Porque comprendió, al final,
que el cuerpo puede quebrarse,
pero el alma —cuando elige amar la vida—
no conoce metástasis.
Centro Vioss
Pablo Lorenzo García
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