La navidad debiera ser dulce como un sueño infantil cuando se tiene la ilusión de un juego mágico que la monarquía sabia o un niño dios traerá con solo pedirlo en un pedazo de papel dentro de un viejo zapato de niño.
La Navidad es un delirio de muérdago que se esconde en un abeto invernal con esferas doradas de vidrio soplado en donde se esconden cientos de historias infantiles dulces y amargas desde un engaño de un libro sagrado de hace más de dos mil años.
La navidad es un juego simple que a veces se rompe cuando algunas caras largas se presentan en la cena de noche buena y amargan el convivio de un niño a pesar de la ilusión de algunos sueños que se transformarán en juguetes debajo de ese viejo árbol sintético con listones rojos y dorados que la abuela decoro.
La navidad es un cristal fuerte tornasolado que jamás se rompe y a pesar de todo sigue vigente aún con la amenaza de la partida de un abuelo o de una Madre. La navidad vive aún desde la nostalgia y desde el recuerdo por que siempre hay magia en navidad, siempre hay una piñata rota de cartón que rellenar con cacah
uates, fruta y colaciones viejas y duras.
uates, fruta y colaciones viejas y duras.
La navidad es la última posada del año y la ultima cena del amigo que brindo con nosotros sin despedirse sino lleno de gratitud por aquello compartido.
La navidad es un plato de croquetas caninas y agua fresca de la última cena de una mascota que envejeció y se despidió con una mirada llena de catarata y lagañas frescas.
Todo eso y más se vive y se recuerda la noche del 24 de diciembre en un campo santo entre los difuntos que brindan con vino fermentado y agrio, pero a pesar de todo siempre hay sonrisas debajo de una lápida,
Pablo Lorenzo García

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