El camino había sido muy largo, desde al marfil del Fa, pasando por ocho octavas de camino lento hasta el último Mi en el otro extremo de la gran escala.
Cuando era muy niño solo lo podía ver de lejos hasta que llegara mi abuelo con la llave maestra que liberara la tapa que como una cajita de pandora, ese abuelo con esos lentes y ojos grandes que lo miraban todo desde todos lados, podía abrirla y sentarme en sus rodillas e invitarme a “aporrear” esa dentadura monocromática color de cebra, pero yo en realidad, me sentía bastante torpe haciendo eso que el resto de mis primos hacía con singular alegría, yo no quería hacerle daño, sentía que “el negro”, como solía llamarle el abuelo, lloraba en silencio a cada golpe brutal de las manos pequeñas de tantos niños que creían divertirse manoteando sin cesar ese viejo teclado de ébano y marfil.
En verdad sentía mucha pena y en verdad escuchaba el sutil llanto y siempre, prefería retirarme de las piernas de mi abuelo con cualquier pretexto; ir por una paleta helada al congelador de la abuela o buscar al gato que ante tanto alboroto se escondía detrás de alguna vieja maceta.
Hubiera preferido, si lo hubiera sabido claro está, sentarme en el suelo y escuchar como mi abuelo Chepo, acariciaba amorosamente con sus dedos ese viejo teclado del “el negro” y ante esas deliciosas caricias, el piano cantaba amorosamente, melodías maravillosas, llenas de luz que después sabría se llaman armonía.
Demasiado tarde me entere que ese amoroso viejo era un pianista extraordinario, un loco enamorado de sus locas historias que entre tanto hijos y nietos podía engarzar con esos dedos artríticos o reumáticos, y tocaba igual a los changuitos que a Manuel María Ponce o Ernesto Elorduy, o el gran Luis Jordá, los grandes maestros de la música mexicana de salón de la época porfiriana.
Poco a poco descubrí que en esa caja negra enorme, se producían las más bellas emociones sonoras que un niño pudiera reconocer mágicamente desde solo unas caricias que mis dedos podían sin presionar tanto sobre esas teclas de ébano y marfil.
Años después de la muerte de mi abuelo, “el negro” llegó a mi casa, yo creí que siempre había estado ahí, pero después descubrí que había sido producto de un largo conflicto de herencias y legados cuando mi abuela también falleció, pero afortunadamente el negro se quedó con nosotros.
Todos los días al llegar de la escuela, me saludaba alegremente cuando le daba palmaditas en su teclado, a escondidas de Mamá, quien me regañaba diciendo: ¡no toques el piano con tus manos sucias! E inmediatamente me mandaba al baño a lavarme para prepararme para comer.
Al final mi Madre supo el amor tan grande que había entre mi negro y yo, justo casi cuando ella había perdido el oído y hasta las ganas de tocarlo.
Mi Madre, habría aprendido a tocarlo, con el mismo amor sencillo y profundo que mi abuelo hacía en cada pieza, como reverencia a su longevidad, ya que el negro siempre fue el más viejo de todos.
Mi Madre eligió amarlo, así como a su música que emanaba de sus adentros monocromáticos, e incluso fue al conservatorio a aprender a amarlo, respetarlo y dedicarle sus mejores momentos digitales y acariciarlo como ella había heredado.
No era la única que aprendió a hacerlo, quizás la mayoría de sus hermanos así lo hizo, pero yo escuchaba a mi madre, extraer de él esas piezas que fueron acercándome a esa pasión que iniciaría desde aquellos momentos de mi infancia.
Y en ese vínculo maravilloso que observaría entre mi Madre y Su piano, a quien ya no le llamare el negro, eso solo es mío, aprendí a enamorarme por primera vez, de tantas piezas, de tantos sonidos, me enamoraría de Lizt, y también de Ketelby y su mercado persa, de Ernesto Lecuona y su comparsa, y de tantas que iba descubriendo aunque no las tocaran las manos de mi madre, como cuando descubrí que mi abuelo tocaba una pieza que se convertiría en una de mis favoritas de Luis Jordá, ese compositor catalán como mi abuelo, y que a él tanto le gustaba tocar: Elodia era su nombre.
Cuando conocí el amor, también conocí, el desamor cuando llegó la primera decepción y cuando sentí la primera desilusión en todos esos momentos, el negro estuvo ahí y al tocarlo parecía que era él quien me acariciaba a mí, comprendiendo aquella desilusión infantil de adolescencia en la primera novia.
Y ahora que ha muerto mi Madre, el negro se quedó solo igual que yo. Hemos convenido, entre ese piano mágico y su teclado parlante que era muy importante fusionarnos para llevar un homenaje hasta donde fuera necesario llevarlo, y que tendría que seguir aprendiendo el lenguaje amoroso de la música a través de su legado de ébano y marfil que jamás me abandona
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