miércoles, 2 de octubre de 2019

La muerte del amor y la pareja


La Muerte del amor y la pareja
Pablo L. García


Trataré de analizar, muy brevemente, aquel “sentimiento de vacío” que queda tras la muerte de uno de los integrantes de la pareja.
Generalmente siempre tendemos a negar nuestra propia muerte, no nos ocupamos de ella hasta que nos parece inminente su acecho, pero que ocurre cuando no es la muerte de uno la que está en juego sino la de otro y no otro cualquiera sino aquel que llaman los psicoanalistas una verdadera figura significativa, alguien que forma parte de nosotros, alguien a quien; respetando nuestra individualidad; le pertenecemos y nos pertenece, alguien con quien decidimos conllevar este respetable juego que llamamos Vida.

            La teoría psicoanalítica nos dice que uno de nuestros primeros temores cuando somos niños es la pérdida del objeto o pérdida de la madre, que más tarde  pasa a ser el temor a la pérdida del amor del objeto[1]. Cuando somos adolescentes, al entablar relación con un compañero de otro sexo, lo que estamos haciendo es buscar una relación estable de objeto tal y como la teníamos en la primera etapa de nuestra vida, por esto es que muchas veces se busca como pareja a aquella persona que tenga características similares a las que tiene nuestra madre o padre. De hecho ese temor a la pérdida del objeto que tenemos en la etapa primera de la vida (1 a 2 años u Oral)  la seguimos llevando con nosotros a través de nuestra existencia al igual que el temor a la pérdida del amor del objeto de la etapa posterior, la anal (2-3 años).
Cuando un neonato pierde a su madre, se presentan en la mayoría de los casos figuras sustitutivas que de alguna manera permiten que el sujeto salga adelante pero en contraste con la etapa oral (1-2 años) el sujeto adulto tiene que ayudarse a sí mismo para elaborar la pérdida que acaba de sufrir.

            Parece que cuando la vida se comparte con una persona durante largo tiempo, cada una de las personas pierde un tanto su identidad individual para adquirir una nueva identidad como pareja[2] De hecho la identidad se adquiere como proceso formativo de modo que la identidad individual no se pierde sino que se fortalece a manera de identidad de pareja.
No debemos olvidarnos de que la pareja se encuentra formada por dos personas que poseen una individualidad muy particular cada uno, por tanto cada miembro de la pareja tiene que respetar esta individualidad.

            En muchas ocasiones el olvido de esta individualidad nos arrastra al egoísmo que se muestra muy claro en la frase “ojala que el destino me hubiera llevado a mí en vez de ella(él)”

Nos preocupa más el que se nos haya dejado solos, vacios, pero este egoísmo me parece casi imposible de alejarlo de nuestra mente. El duelo es más que nada un lamento porque el amor ha terminado.[3]

            La muerte quiebra esa identidad de la pareja como tal resquebrajada, ese mundo social y emocional al cual la persona se había acostumbrado tanto, deja al sobreviviente solo, vacío. Pero este dolor se incrementa ante la posibilidad de perder la propia identidad.
La muerte de la pareja significa la pérdida parcial del propio ser.

La persona que pierde al ser amado es vista, en algunas culturas, como objeto de censura y de mala suerte o pena como es el caso de los “agutainos” de las islas Filipinas:
“…una viuda no debe abandonar su choza durante los 7 u 8 días siguientes a la muerte de su esposo, y aún entonces solo podrá salir a una hora en la cual es probable que no encuentre a nadie, pues aquel que la mire morirá súbitamente. Para evitar tal catástrofe, al pasar, la viuda debe golpear los árboles avisando así a los demás de su proximidad; al poco tiempo, los árboles que haya golpeado morirán también.[4]

            De alguna manera, el miembro de la pareja sobreviviente al duelo por la pérdida del otro tiene el compromiso ante sí mismo, de salir adelante como una forma de respeto para la persona amada y así es como nosotros podremos aprender a morir.

Carlos Biro[5] nos dice: “Las características del adulto genuino, en un sentido psicológico y evolutivo es saber dar y saber soltar. Pero saber soltar implica aprender a aceptar que uno deja de ser necesario para la especie, que llega el momento en que uno es dispensable como individuo”. En pocas palabras, saber soltar significa: saber morir.

            En el conflicto que surge de la vivencia de la muerte del otro podemos encontrar una serie de mecanismos de defensa.
Igor Caruso menciona como mecanismos utilizados en el duelo:

a)La catástrofe del Yo.- En la separación se produce una muerte en la conciencia. De tal muerte surge la desesperación; dos personas estaban fundidas en una unión dual que solo tiene un modelo; la diada Madre-Hijo, la pérdida del objeto de amor, que al mismo tiempo es fuerte objeto de identificación, conduce a una mutilación del Yo por la pérdida de la identidad como pareja.

Para que la muerte en la conciencia no se convierta en aniquiladora de la conciencia (psicosis) y para que a la muerte en la conciencia no siga la extinción física (morir psicosomático o suicidio) inmediatamente se ponen en juego los mecanismos de defensa.

b) Agresividad.- Se manifiesta en la frase: “¿Cómo pudiste abandonarme?”. El compañero respondía a poderosas esperanzas del ideal del Yo, ahora debe ser desvalorizado para que el Yo, profundamente lesionado pueda reconciliarse con un ideal del Yo, sacudido y decepcionado, y le sea posible seguir viviendo. La agresividad permite una desidentificación con el objeto (el amor se transforma en odio)Como una especie de formación reactiva.

c) Indiferencia.- sintetizada en la frase: “Me importa un bledo” Es la expresión de una apariencia de protección y seguridad.

d) Huida hacia adelante.- La huida está determinada ante todo por el Superyo con miras a la conservación del Ideal del Yo y se manifiesta como huida en la actividad. Otra parte alternativa sería la huida en busca de placeres, sostenida por el ello. La libido busca nuevos objetos por lo que puede aparecer un mecanismo de desplazamiento.

            Paralelamente al planteamiento hecho por Caruso[6] parece coincidir otro hecho expresado por Elizabeth Kübler-Röss en 1975.
Kübler-Röss estableció cinco etapas por las que pasaban los pacientes moribundos que podían también analizarse como las reacciones emocionales específicas que poseen los sujetos que han experimentado la pérdida de un ser amado. Las etapas son:

1ª, NEGACIÓN.- (No, No es cierto que esto me este sucediendo a mi”)
2ª. RABIA y ENOJO.- “Porqué me sucede precisamente a mí y no a otro”
3ª. REGATEO.-  Prometiendo y Rogando a Dios
4ª. DEPRESIÓN.- Reactividad de las pérdidas y duelos
5ª. ACEPTACIÓN.- Realmente “estar listo” para recordar al ser amado sin dolor.

Para Kübler-Röss[7] lo importante es que la esperanza debe subsistir a través de las cinco etapas.

            Muchos autores han tratado de describir los sentimientos que se derivan de la pérdida del ser amado y de la muerte como fenómeno por el cual, sin excepción, pasamos todos. Pero en realidad muy pocos autores han sabido proyectar el sentimiento puro del vacío. (De hecho la palabra “viuda” proviene de otra palabra latina que significa vacio) y entre estos pocos autores se encuentran los novelistas y poetas.
Este es otro punto de vista que nos complementa nuestro absurdo conocimiento de la muerte.
Quitado de teorías, de conceptos psicoanalíticos, de palabras vanas, el escritor nos plantea un sentimiento sin mascaras académicas directamente sin intermediarios. Nos muestra una realidad muy particular pero muy clarificante y muy sencilla.

            Un ejemplo de esto  es el escritor uruguayo, recientemente fallecido,(2010) Mario Benedetti, el cual en su libro “La Tregua”[8] nos narra una relación de pareja “suigeneris” en donde la muerte lleva el papel protagónico dentro del desenlace.

Los personajes de Martín Santome, oficinista Montevideano de 50 años y Laura Avellaneda, de 24, nos expresan: “Decir murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, es la desesperación, la nada.
La muerte del otro nos hace ver la inmunda soledad, lo que queda de la persona sobreviviente, que es bien poco.
            El que queda, tenía más de la otra persona que de sí mismo, como un río que se mezcla demasiado con el mar y al fín se vuelve salado como el mar. Como si lo despojaran de cuatro quintas partes de su ser. Ver muerta a la otra parte de la pareja es una indecorosa desventaja. “que yo la viera y ella no, que yo la tocara y ella no”
            Se tiene la seguridad de que entre los dos existe una comunicación pero no hay seguridad si la otra parte no existe.
            Benedetti describe ese sentimiento de vacio como el sentir que el corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y termina en la garganta. Este sentimiento está íntimamente ligado, como un hermano siamés, al sentimiento del amor, pero este sentimiento del amor no es más que una tregua entre la vida y la muerte.


[1] Sigmund Freud, TRES ENSAYOS PARA UNA TEORÍA SEXUAL
[2] Robert Fulton, Viudez en LA MUERTE Y EL MORIR, FEI 1991
[3] Lynn Caine, LA VIUDA en LA MUERTE Y EL MORIR, FEI 1997
[4] ibidem
[5] Biro Carlos, SANTIAGO UN CUENTO PEDAGÓGICO, Diogenes editorial
[6] Caruso, Igor, LA SEPARACIÓN DE LOS AMANTES,
[7] Kübler-Röss Elizabeth, LA MUERTE ESTADIO FINAL DEL DESARROLLO, Prentice Hall
[8] Benedetti Mario, LA TREGUA, alfaguara editorial

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