Hay despedidas que no hacen ruido,
que no rompen platos ni puertas,
que no gritan su nombre en la madrugada.
Hay despedidas que se sientan a la mesa
y, con una calma que duele,
dicen: ya no somos nosotros.
Cuando una pareja se va —
no de la casa, sino del vínculo—
lo que queda no es solo ausencia,
es una arquitectura herida:
la cama que aún conserva la forma del otro,
la taza preferida que insiste en su lugar,
el espejo que ya no refleja un “nosotros”,
sino dos historias que aprendieron a separarse.
El matrimonio, ese pacto de eternidad prometida,
no se rompe de golpe;
se desgasta como piedra bajo la lluvia,
gota a gota,
en silencios no dichos,
en gestos que se olvidaron de tocar,
en palabras que se dijeron sin alma.
Y entonces llega el momento.
No hay siempre traición,
no hay siempre odio,
a veces solo hay cansancio:
el cansancio de intentar sostener lo que ya no respira,
de fingir calor en una casa que se enfría.
Partir no es huir,
es reconocer que el amor también muere,
y que hay dignidad en no enterrarlo en vida.
Pero qué difícil es…
cerrar la puerta sin saber si se cierra una etapa
o una vida entera.
Qué difícil es doblar la ropa compartida
y descubrir que la mitad ya no nos pertenece.
Qué difícil es aprender que el “para siempre”
a veces era solo un “mientras tanto”
disfrazado de promesa.
El duelo del amor conyugal
no tiene velorio ni flores,
nadie lleva luto visible,
pero por dentro se caen los techos,
se agrietan los recuerdos,
y el corazón aprende un idioma nuevo:
el de la soledad acompañada de memoria.
Porque quien se va
no se lleva solo su cuerpo:
se lleva rutinas,
se lleva planes,
se lleva la versión de nosotros que fuimos juntos.
Y quien se queda
debe reconstruirse entre ruinas,
reaprender el silencio,
hacer de la ausencia una forma de presencia
que ya no lastime.
Quizá amar también es saber partir,
no como derrota,
sino como acto de honestidad:
decir “ya no”
cuando el alma lo ha dicho mil veces en secreto.
Y así, entre lo que se rompe y lo que resiste,
queda una verdad humilde y luminosa:
el amor no fracasa por terminar,
fracasa cuando se obliga a quedarse sin vida.
La casa, entonces,
no vuelve a ser la misma,
pero aprende —con el tiempo—
a llenarse de una nueva voz:
la de quien, entre escombros,
decide volver a habitarse.
Pablo Lorenzo García
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