domingo, 22 de marzo de 2026

La Casa que aprende a quedarse sola


Hay despedidas que no hacen ruido,
que no rompen platos ni puertas,
que no gritan su nombre en la madrugada.
Hay despedidas que se sientan a la mesa
y, con una calma que duele,
dicen: ya no somos nosotros.

Cuando una pareja se va —
no de la casa, sino del vínculo—
lo que queda no es solo ausencia,
es una arquitectura herida:
la cama que aún conserva la forma del otro,
la taza preferida que insiste en su lugar,
el espejo que ya no refleja un “nosotros”,
sino dos historias que aprendieron a separarse.

El matrimonio, ese pacto de eternidad prometida,
no se rompe de golpe;
se desgasta como piedra bajo la lluvia,
gota a gota,
en silencios no dichos,
en gestos que se olvidaron de tocar,
en palabras que se dijeron sin alma.
Y entonces llega el momento.
No hay siempre traición,
no hay siempre odio,
a veces solo hay cansancio:
el cansancio de intentar sostener lo que ya no respira,
de fingir calor en una casa que se enfría.

Partir no es huir,
es reconocer que el amor también muere,
y que hay dignidad en no enterrarlo en vida.
Pero qué difícil es…
cerrar la puerta sin saber si se cierra una etapa
o una vida entera.

Qué difícil es doblar la ropa compartida
y descubrir que la mitad ya no nos pertenece.
Qué difícil es aprender que el “para siempre”
a veces era solo un “mientras tanto”
disfrazado de promesa.

El duelo del amor conyugal
no tiene velorio ni flores,
nadie lleva luto visible,
pero por dentro se caen los techos,
se agrietan los recuerdos,
y el corazón aprende un idioma nuevo:
el de la soledad acompañada de memoria.
Porque quien se va
no se lleva solo su cuerpo:
se lleva rutinas,
se lleva planes,
se lleva la versión de nosotros que fuimos juntos.

Y quien se queda
debe reconstruirse entre ruinas,
reaprender el silencio,
hacer de la ausencia una forma de presencia
que ya no lastime.
Quizá amar también es saber partir,
no como derrota,
sino como acto de honestidad:
decir “ya no”
cuando el alma lo ha dicho mil veces en secreto.
Y así, entre lo que se rompe y lo que resiste,
queda una verdad humilde y luminosa:
el amor no fracasa por terminar,
fracasa cuando se obliga a quedarse sin vida.

La casa, entonces,
no vuelve a ser la misma,
pero aprende —con el tiempo—
a llenarse de una nueva voz:
la de quien, entre escombros,
decide volver a habitarse.
Pablo Lorenzo García

viernes, 20 de marzo de 2026

Duelo Parental ante la partida de los Padres

*Duelo Parental: afrontamiento, duelo y reconstrucción del sentido*

La pérdida de un padre o de una madre constituye una de las experiencias más profundas y desestabilizadoras en la vida humana. Más allá del hecho biológico de la muerte, esta vivencia implica una ruptura simbólica en la estructura afectiva, identitaria y existencial del individuo. Afrontar esta pérdida no es un proceso lineal ni universal, sino una travesía compleja que articula factores psicológicos, culturales, sociales y espirituales. Este ensayo propone un análisis crítico sobre las formas de afrontar la muerte parental, cuestionando modelos tradicionales del duelo y explorando alternativas contemporáneas de acompañamiento y resignificación.

Desde una perspectiva clásica, el duelo ha sido entendido como un proceso estructurado en etapas, como lo plantea el modelo de las cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Si bien este enfoque ha sido ampliamente difundido, resulta limitado en tanto sugiere una progresión lineal que no corresponde a la experiencia real de muchas personas. El duelo por la pérdida de un padre o una madre no sigue necesariamente una secuencia ordenada; por el contrario, es frecuente que las emociones emerjan de manera cíclica, ambivalente y, en ocasiones, contradictoria. La rigidez de estos modelos puede generar expectativas irreales y sentimientos de inadecuación en quienes no “avanzan” conforme a lo esperado.
En el plano psicológico, la muerte de los progenitores confronta al individuo con su propia finitud. La figura parental no solo cumple funciones de cuidado y protección, sino que también encarna un referente simbólico de origen, pertenencia y continuidad. Su pérdida puede desencadenar una crisis de identidad, particularmente en etapas como la adultez media, donde la muerte de los padres marca un tránsito hacia una posición generacional distinta. En este sentido, el duelo no es únicamente la reacción a una ausencia, sino también una reconfiguración del yo.

El afrontamiento de esta pérdida está profundamente mediado por el contexto sociocultural. En sociedades donde la muerte es un tema silenciado o evitado, los dolientes suelen experimentar su dolor en soledad, sin herramientas simbólicas suficientes para procesarlo. Por el contrario, culturas que integran rituales, narrativas y prácticas comunitarias en torno a la muerte ofrecen un sostén más sólido para la elaboración del duelo. Esto sugiere que el acompañamiento social no es un elemento accesorio, sino central en el proceso de afrontamiento.

En términos críticos, es necesario cuestionar la tendencia contemporánea a patologizar el duelo. La tristeza, la nostalgia, la confusión e incluso la ira son respuestas humanas legítimas ante la pérdida. No obstante, en ciertos contextos clínicos, estas manifestaciones son rápidamente etiquetadas como síntomas de trastornos, lo cual puede invisibilizar la dimensión existencial del sufrimiento. El riesgo radica en reducir el duelo a un problema a “resolver” en lugar de reconocerlo como un proceso que requiere ser transitado y significado.

Afrontar la pérdida de un padre o una madre implica, en última instancia, una tarea de reconstrucción simbólica. Esto no significa olvidar ni “superar” la pérdida, sino integrarla en la narrativa personal. La memoria, en este sentido, se convierte en un recurso fundamental: recordar no como anclaje en el dolor, sino como una forma de preservar el vínculo en una dimensión distinta. La continuidad del lazo afectivo, aun en ausencia física, desafía la idea de que la muerte implica una ruptura total.

Asimismo, el desarrollo de estrategias de afrontamiento adaptativas resulta crucial. Estas pueden incluir la expresión emocional, la búsqueda de apoyo social, la elaboración de rituales personales, la escritura, la terapia psicológica y la espiritualidad, entre otras. Sin embargo, es importante reconocer que no existe una fórmula universal; cada individuo construye su propio camino en función de su historia, sus creencias y sus recursos internos.

En conclusión, la pérdida de un padre o de una madre es una experiencia que desborda cualquier intento de simplificación. Afrontarla requiere no solo de herramientas psicológicas, sino también de un entorno que valide el dolor y permita su expresión. Desde una mirada crítica, es necesario superar modelos rígidos y patologizantes del duelo, promoviendo en su lugar una comprensión más amplia, flexible y humanizada. El duelo no es un proceso que se cierra, sino una transformación que acompaña al individuo a lo largo de su vida, recordándole que, incluso en la pérdida, persiste la posibilidad de construir sentido.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

miércoles, 18 de marzo de 2026

Cómo hablarles a los niños de la Muerte



Introducción
La muerte constituye una de las experiencias más complejas y universales de la existencia humana. Sin embargo, cuando se trata de comunicarla a los niños, emerge un desafío particular: ¿cómo traducir un concepto abstracto, cargado de emociones y significados culturales, a un lenguaje comprensible sin generar angustia innecesaria?

 Tradicionalmente, muchas culturas han optado por ocultar o suavizar la realidad de la muerte en la infancia, bajo la creencia de proteger la inocencia. No obstante, desde la psicología contemporánea se reconoce que el silencio o la evasión pueden generar más confusión que alivio. Este ensayo aborda cómo hablarles de la muerte a los niños desde una perspectiva académica, integrando aportes del desarrollo cognitivo, la psicología del duelo y la educación emocional.
Desarrollo cognitivo y comprensión de la muerte

La manera en que los niños comprenden la muerte está estrechamente vinculada a su etapa de desarrollo cognitivo.

 Según Jean Piaget, los niños atraviesan distintas fases en la construcción del pensamiento:
-Etapa preoperacional (2-7 años): La muerte es percibida como reversible o temporal, similar al sueño. Pueden creer que el fallecido “volverá”.
-Etapa de operaciones concretas (7-11 años): Comienzan a entender la irreversibilidad y universalidad de la muerte, aunque aún con dificultades para comprender su carácter biológico.
-Etapa de operaciones formales (11 años en adelante): Se desarrolla una comprensión más abstracta, incluyendo reflexiones existenciales.

Por su parte, Maria Nagy identificó tres etapas en la comprensión infantil de la muerte: -negación de su permanencia, -personificación (la muerte como entidad) y -aceptación de su inevitabilidad.
Estos enfoques subrayan la necesidad de adaptar el lenguaje y la profundidad de la explicación según la edad del niño, evitando tanto la sobrecarga de información como la simplificación engañosa.
La importancia de la honestidad y el lenguaje claro
Uno de los principios fundamentales al hablar de la muerte con niños es la honestidad. Evitar eufemismos como “se fue a dormir” o “se fue de viaje” puede prevenir confusiones y miedos posteriores, como el temor a dormir o a separarse de los seres queridos.

La comunicación debe ser:

+Clara: Usar palabras directas como “murió” en lugar de metáforas ambiguas.

+Sincera: Responder preguntas con veracidad, reconociendo cuando no se tiene una respuesta.

+Adecuada a la edad: Ajustar el nivel de detalle según la capacidad de comprensión.

Además, es importante validar las emociones del niño. El dolor, la tristeza, la confusión o incluso la indiferencia son respuestas normales ante la pérdida.
El papel del adulto como figura de contención
Desde la teoría del apego desarrollada por John Bowlby, se reconoce que los niños necesitan figuras seguras que les brinden contención emocional frente a situaciones de pérdida. El adulto no solo comunica la noticia, sino que modela la forma en que se procesa el duelo.

Esto implica:
-Permitir la expresión emocional sin censura.
-Ofrecer seguridad afectiva y estabilidad.
-Mantener rutinas que proporcionen continuidad.
-La actitud del adulto influye profundamente en la elaboración del duelo infantil. -Un adulto que evita el tema o reprime emociones puede transmitir que el dolor es algo que debe ocultarse.

El duelo infantil: características y manifestaciones

El duelo en los niños no se manifiesta de forma lineal ni constante como en los adultos. Según Elisabeth Kübler-Ross, el proceso de duelo implica distintas fases; sin embargo, en los niños estas pueden aparecer de manera intermitente.

Algunas características del duelo infantil incluyen:

-Expresiones emocionales breves e intensas.

-Alternancia entre tristeza y juego.
-Regresiones conductuales (volver a conductas de etapas anteriores).
-Preguntas repetitivas sobre la muerte.

Es fundamental comprender que el juego no implica falta de dolor, sino una forma natural de autorregulación emocional.
Dimensión cultural y espiritual de la muerte
La forma de hablar de la muerte también está mediada por el contexto cultural. En países como México, tradiciones como el Día de los Muertos permiten una aproximación simbólica y menos temerosa a la muerte, integrándola como parte de la vida.
Incorporar elementos culturales y espirituales puede ayudar a los niños a construir significados que otorguen sentido a la pérdida. No obstante, es importante diferenciar entre creencias y hechos, explicando al niño qué pertenece al ámbito de la fe o la tradición.

Estrategias prácticas para hablar de la muerte con niños

Algunas recomendaciones basadas en la evidencia psicológica incluyen:

-Elegir un momento adecuado:

 -Buscar un espacio tranquilo y seguro.
-Usar cuentos o metáforas guiadas: Como herramientas pedagógicas, siempre acompañadas de explicaciones claras.
-Responder preguntas con paciencia: Incluso si son repetitivas.
-Incluir al niño en rituales de despedida: Si lo desea, como funerales o ceremonias.
-Observar cambios conductuales: Para detectar señales de duelo complicado.

Conclusión
Hablar de la muerte con los niños no es una tarea sencilla, pero es una responsabilidad fundamental en su desarrollo emocional. Lejos de ser un tema que deba evitarse, la muerte puede convertirse en una oportunidad para enseñar sobre el amor, la pérdida y la resiliencia. Desde un enfoque honesto, empático y adaptado al desarrollo, los adultos pueden acompañar a los niños en la construcción de significados que les permitan integrar la experiencia de la muerte sin quedar atrapados en el miedo o la confusión. En última instancia, educar para la muerte es también educar para la vida.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

domingo, 1 de marzo de 2026

El Duelo Materno en un hijo neurodivergente

*Neurodivergencias y el duelo materno*

Introducción

El nacimiento de un hijo suele ir acompañado de un entramado de expectativas, proyecciones y fantasías que configuran lo que en psicoanálisis se denomina el “hijo imaginario”. Cuando un niño es diagnosticado con alguna condición dentro del espectro de las neurodivergencias —como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o la dislexia— la madre puede experimentar un proceso de duelo complejo. No se trata del duelo por la muerte física, sino por la pérdida simbólica del hijo idealizado y del proyecto vital anticipado. Este capítulo, analiza, desde una perspectiva interdisciplinaria (psicología clínica, Análisis Existencial y estudios sobre discapacidad), la experiencia del duelo materno ante la neurodivergencia, problematizando tanto sus riesgos patologizantes como sus potencialidades transformadoras.

Neurodivergencia: marco conceptual

El concepto de neurodiversidad fue propuesto por Judy Singer en la década de 1990 para cuestionar la visión estrictamente medicalizada de ciertas condiciones neurológicas. Desde esta perspectiva, la neurodivergencia no es meramente un trastorno, sino una variación del funcionamiento cerebral dentro de la diversidad humana.

 Condiciones como el Trastorno del Espectro Autista o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad son comprendidas no solo en términos de déficit, sino también de estilos cognitivos distintos.

Sin embargo, en el ámbito clínico y social, el diagnóstico suele irrumpir como una noticia que reconfigura profundamente la identidad familiar. Para muchas madres, el diagnóstico marca un antes y un después, activando emociones intensas: shock, negación, culpa, miedo, tristeza y, en algunos casos, vergüenza social.

El duelo materno: dimensiones psicológicas

Siguiendo el modelo clásico de Elisabeth Kübler-Ross, pueden identificarse etapas emocionales —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— aunque en la experiencia real estas no son lineales ni universales. En el caso del duelo por la neurodivergencia, la pérdida es ambigua: el hijo está presente, pero el hijo idealizado se desvanece.

Desde el psicoterapia humanista, este proceso puede entenderse como una fractura entre el hijo fantaseado y el hijo real. La madre se enfrenta a la tarea de reelaborar su narcisismo parental, es decir, la proyección de sus deseos y expectativas en el hijo. El duelo implica renunciar a ciertas representaciones para construir otras nuevas, más acordes con la singularidad del niño.

A nivel emocional, este proceso puede estar atravesado por:
-Culpa: especialmente en contextos donde persisten mitos etiológicos.
-Sobrecarga crónica: derivada de demandas terapéuticas y educativas.
-Aislamiento social: por incomprensión o estigmatización.
-Ansiedad anticipatoria: respecto al futuro del hijo.

Duelo y construcción social de la discapacidad

El modelo social de la discapacidad sostiene que la limitación no reside exclusivamente en la condición neurológica, sino en las barreras estructurales y culturales que impiden la participación plena. Desde esta óptica, parte del sufrimiento materno no proviene únicamente de la neurodivergencia en sí, sino de un entorno poco inclusivo.

En sociedades donde predomina una narrativa de rendimiento, éxito académico y normalidad conductual, la madre puede sentirse interpelada como responsable del “ajuste” del hijo. La presión por normalizar puede intensificar el duelo, al situar la diferencia como fracaso.
No obstante, cuando la madre logra transitar hacia una perspectiva de aceptación activa —reconociendo fortalezas, estilos cognitivos particulares y formas alternativas de desarrollo— el duelo puede transformarse en un proceso de resignificación.

De la pérdida a la reconfiguración del vínculo

El tránsito saludable del duelo no implica negar las dificultades reales que pueden acompañar a ciertas neurodivergencias, sino integrar la diferencia sin reducir la identidad del hijo al diagnóstico. Diversos estudios en psicología positiva familiar muestran que muchas madres desarrollan:

-Mayor empatía y sensibilidad emocional.
-Fortalecimiento del sentido de propósito.
-Redes de apoyo solidarias.
-Redefinición de valores vitales.

El duelo, entonces, se convierte en un proceso de maduración vincular. La madre no solo “acepta” al hijo, sino que reconstruye su propia identidad materna. En este sentido, la experiencia puede generar una ética del cuidado más consciente y crítica frente a los modelos normativos de desarrollo.
Riesgos clínicos y necesidad de acompañamiento
Es importante reconocer que no todas las madres transitan el duelo de manera adaptativa. La falta de apoyo profesional, la precariedad económica o la ausencia de redes familiares pueden favorecer la aparición de depresión, ansiedad o burnout parental. Por ello, el acompañamiento psicológico temprano y la psicoeducación son fundamentales.

La intervención clínica debe evitar reforzar narrativas de déficit absoluto y, en cambio, promover una comprensión integral que articule necesidades terapéuticas con reconocimiento de capacidades. Asimismo, incluir espacios grupales con otras madres puede disminuir el aislamiento y facilitar la elaboración simbólica del duelo.

Conclusión
El duelo materno ante la neurodivergencia del hijo no es un signo de rechazo, sino la expresión humana de una pérdida simbólica. Reconocer este proceso permite despatologizar la experiencia emocional de la madre y comprenderla como parte de una transición identitaria compleja.
Más que un final, el diagnóstico puede convertirse en el inicio de una nueva narrativa familiar. Allí donde se desvanece el hijo imaginado, emerge la posibilidad de conocer al hijo real en su singularidad irrepetible. El duelo, entonces, no es la negación del amor, sino su transformación: amar no lo que se esperaba, sino lo que es.

Centro Vioss
Pablo Lorenzo García