viernes, 21 de noviembre de 2025

Adopción y Duelo

*La adopción y el problema del duelo*

Introducción

La adopción, entendida como un acto jurídico y afectivo mediante el cual una persona o pareja asume la crianza de un niño o niña que no ha nacido de su vínculo biológico, suele concebirse como un gesto de amor, de esperanza y de reparación. Sin embargo, detrás de este proceso profundamente humano, se ocultan tramas complejas de pérdida, identidad y duelo. Adoptar no solo implica el encuentro entre quienes buscan formar una familia y un niño que necesita un hogar; también supone el cruce de historias marcadas por la ausencia y la separación.
En este sentido, la adopción no puede comprenderse solo desde la perspectiva del amor que comienza, sino también desde el duelo que la precede: el duelo de los padres biológicos, el duelo del niño adoptado y, en muchos casos, el duelo de los adoptantes por la imposibilidad de engendrar biológicamente. Comprender la adopción implica, por tanto, abrazar la pérdida como una parte constitutiva del vínculo.

1. La adopción como respuesta a una pérdida

En la mayoría de los casos, el deseo de adoptar surge como respuesta a una carencia o a una herida. Muchas parejas que eligen la adopción lo hacen después de haber transitado la infertilidad, tratamientos fallidos o pérdidas gestacionales. Este camino está inevitablemente atravesado por el duelo de la imposibilidad biológica: la renuncia al hijo imaginado, al parecido físico, a la continuidad genética.
Aceptar la adopción significa aceptar una forma distinta de filiación, en la que el amor no se sustenta en la sangre sino en la elección. Sin embargo, ese paso solo puede darse cuando el duelo por el hijo biológico se ha elaborado, al menos parcialmente. De lo contrario, el niño adoptado podría convertirse en el sustituto de una ausencia no resuelta, cargando con expectativas y silencios que no le pertenecen.

El duelo no elaborado en los adoptantes puede manifestarse en actitudes de sobreprotección, miedo a la pérdida o idealización del hijo adoptado. Es por ello que los procesos de adopción responsable suelen incluir acompañamiento psicológico, pues no se trata de llenar un vacío, sino de construir un lazo nuevo sobre la base de la aceptación de lo que no pudo ser.

2. El duelo del niño adoptado

Desde la perspectiva del niño, la adopción implica una experiencia de ruptura y de pérdida primaria. Incluso cuando la adopción ocurre en los primeros meses de vida, el bebé ha experimentado la separación de la madre biológica y la interrupción del vínculo original. En los casos de adopciones tardías, el niño ha atravesado además múltiples duelos: la pérdida de sus cuidadores, su entorno, sus costumbres y, muchas veces, la confianza básica en el mundo adulto.

El duelo del niño adoptado es particular porque se entrelaza con su proceso de construcción de identidad. Adoptar una historia nueva implica también resignificar la propia historia previa. Muchos niños adoptados, al crecer, enfrentan la pregunta sobre su origen: “¿de dónde vengo?”, “¿por qué me dieron en adopción?”. Estas preguntas no son un signo de ingratitud, sino una manifestación natural del duelo por el abandono o la pérdida.
Acompañar este proceso requiere validar su dolor y su búsqueda, sin negaciones ni tabúes. Cuando se le permite al niño conocer su historia y expresar sus emociones, la adopción se convierte en un proceso de integración y no en una sustitución.

El silencio o la ocultación, en cambio, pueden generar en el niño sentimientos de confusión, culpa o vergüenza. El duelo infantil, al no poder nombrarse, se transforma en síntomas: ansiedad, dificultades escolares, retraimiento o conductas de desafío. Por ello, la verdad y la palabra son herramientas fundamentales en el acompañamiento del niño adoptado, que debe poder llorar lo que perdió para amar lo que encontró.

3. Los padres biológicos y su duelo silenciado

Una dimensión menos visible del problema del duelo en la adopción es el duelo de los padres biológicos que entregan a su hijo. En muchos contextos, la decisión de dar en adopción se presenta como un acto racional o moral, pero detrás suele haber una experiencia desgarradora. Sea por pobreza, violencia, marginación o incapacidad para criar, la entrega de un hijo supone una fractura emocional profunda.
Sin embargo, la sociedad rara vez reconoce este duelo. Los padres biológicos suelen quedar en el anonimato, cargando con culpa y silencio. Sus lágrimas se ocultan bajo el estigma, y su pérdida no tiene un lugar legítimo en el discurso público. En este sentido, la adopción, que debería ser un acto de amor compartido, también revela una asimetría emocional: unos celebran el encuentro, otros lloran la despedida.

Reconocer este dolor no significa cuestionar la adopción como institución, sino humanizarla, otorgando espacio a todas las partes involucradas. La reparación emocional requiere dar voz a quienes, desde distintos lugares, participan de una historia común marcada por el desarraigo y la esperanza.

4. Duelo y vínculo adoptivo: la posibilidad de sanar

El duelo no es un obstáculo para la adopción; es su condición de posibilidad. Solo quien ha transitado el dolor puede amar de forma más libre y consciente. Cuando los adoptantes elaboran su pérdida, cuando el niño encuentra en su historia un sentido y cuando los padres biológicos logran simbolizar su renuncia, el lazo adoptivo puede florecer como una forma madura de amor, que no niega la herida, sino que la transforma.

En este sentido, la adopción es también un espacio terapéutico. Permite reconstruir lo roto, resignificar el abandono y transformar el dolor en ternura. La adopción exitosa no es la que borra el pasado, sino la que integra el duelo como parte de la identidad familiar.
El amor adoptivo se sostiene en la conciencia de la pérdida, en la aceptación de la diferencia y en la elección constante de permanecer. Es un amor que no nace de la biología, sino de la voluntad de cuidar.

Conclusión

La adopción es, en el fondo, un proceso de duelo compartido y de renacimiento. Todos los actores implicados —el niño, los adoptantes y los padres biológicos— atraviesan una forma de pérdida que necesita ser reconocida, nombrada y elaborada. El duelo, lejos de ser un enemigo del amor, es su raíz más humana: nos recuerda que amar implica aceptar la finitud, la ausencia y el cambio.

Comprender la adopción desde esta perspectiva es reconocer que cada historia adoptiva es también una historia de duelo y de esperanza. Solo integrando ambas dimensiones podemos acompañar de manera ética y sensible a quienes viven este proceso. Así, la adopción deja de ser un acto de reparación unilateral para convertirse en un camino de encuentro donde el dolor se transforma en vínculo y el vacío en posibilidad.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García 
Tanatólogo

jueves, 20 de noviembre de 2025

Fibromialgia y Duelo

Fibromialgia y Duelo: Cuando el Dolor se Convierte en tu Vida 

La fibromialgia, a menudo llamada “dolor invisible”, es una condición que obliga a replantear la forma en que el cuerpo y la psique narran la experiencia humana. Quien la padece se enfrenta a un dolor que no deja huella en pruebas médicas, pero sí en la vida cotidiana, en la identidad y en la capacidad de sostener lo que antes parecía natural: dormir, trabajar, relacionarse, desear. Más que una enfermedad del cuerpo, la fibromialgia es una alteración profunda de la experiencia vital, una fractura en la continuidad del yo. Por ello, muchos especialistas coinciden en que existe un proceso de duelo asociado a su diagnóstico y evolución. No un duelo por la muerte de una persona, sino un duelo por la pérdida de una versión de uno mismo.

El cuerpo como territorio perdido

La irrupción de la fibromialgia suele ser inesperada. De pronto, actividades simples —ducharse, caminar, levantarse de la cama— se vuelven una odisea. Quien antes se pensaba dueño de su cuerpo comienza a experimentarlo como un terreno incierto, impredecible y a veces hostil. En este sentido, la enfermedad inaugura una pérdida: la pérdida del cuerpo confiable, ese compañero silencioso que funcionaba sin exigir excesiva conciencia. Y como toda pérdida significativa, abre las puertas al duelo.

El dolor crónico cumple aquí un papel dual. Por un lado, es la manifestación física del trastorno; por el otro, se vuelve una metáfora encarnada de la pérdida emocional. Cada brote doloroso recuerda lo que ya no se puede hacer, lo que se ha tenido que abandonar, lo que se añora. La persona se enfrenta a una continuidad de micro-duelos invisibles: el empleo, la velocidad de pensamiento, la energía, la espontaneidad, incluso la identidad previa.

Duelo y diagnóstico: una paradoja emocional

Recibir el diagnóstico de fibromialgia suele ser una experiencia ambivalente. Por un lado, trae alivio: al fin existe un nombre, una explicación. Pero de inmediato emerge la segunda capa emocional: la enfermedad no tiene cura definitiva. Esta doble revelación provoca un duelo complejo. Ya no se trata de esperar una recuperación total, sino de aprender a convivir con la condición. La esperanza de “volver a ser quien era” se fractura, y con ella, ciertos proyectos vitales.

El duelo entonces se organiza en capas: negación ante la magnitud del cambio, enojo ante la injusticia del cuerpo, tristeza por lo perdido, y finalmente la lenta aceptación, que en este caso no es resignación, sino adaptación creativa. La fibromialgia, con su cronicidad, obliga a hacer esta travesía una y otra vez.

La invisibilidad como herida social

A diferencia de otras condiciones, la fibromialgia no se ve. No hay cicatrices, yesos, ni indicadores biológicos contundentes. Esto genera un duelo añadido: el duelo por la validación social. El paciente no solo debe lidiar con su dolor, sino justificarlo. Debe explicar, una y otra vez, que lo que siente es real. En ocasiones, la incredulidad del entorno —e incluso del personal médico— profundiza la sensación de aislamiento.

Este sufrimiento social incrementa la fatiga emocional. El duelo entonces se amplifica: se pierde no solo la salud, sino también la confianza en que los demás comprenderán. El cuerpo invisible genera un dolor que exige hacerse palabra, y sin embargo, no siempre encuentra escucha.

Transformar el dolor: hacia una identidad resignificada

Con el tiempo, muchas personas con fibromialgia encuentran formas de reinterpretar su experiencia. En lugar de quedar atrapadas en la nostalgia de la vida previa, comienzan a construir una nueva identidad: más consciente, más compasiva consigo misma, más atenta a los ritmos del cuerpo. La aceptación, dentro del proceso de duelo, no significa rendirse, sino reconocer los límites y trabajar dentro de ellos, en una danza compleja entre la vulnerabilidad y la fortaleza.

La fibromialgia obliga a ralentizar, a seleccionar, a priorizar. También invita a una lectura más profunda del dolor, que deja de ser únicamente un síntoma para convertirse en un signo: un recordatorio de lo que se siente, de lo que importa, de lo que el cuerpo necesita. Este tránsito no elimina la enfermedad, pero puede darle un sentido más habitable.

Conclusión: Un duelo que se habita, no que se supera

Hablar de fibromialgia es hablar de un duelo permanente, pero también de la capacidad humana para reinventarse. El dolor crónico cuestiona la idea de que la salud es un estado estable y de que el cuerpo es un aliado infalible. Frente a ello, surge una forma distinta de vivir: más pausada, más interior, más honesta.

El duelo por la vida perdida no desaparece por completo, pero se convierte en una sombra compañera, no en una condena. La persona con fibromialgia aprende a moverse con ella, a veces en silencio, a veces con rebeldía, siempre con una búsqueda de significado. Y en ese proceso, descubre que incluso en medio del cansancio profundo y el dolor persistente, es posible encontrar una narrativa que honre lo vivido, acompañe lo que duele y celebre lo que aún permanece.

Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Prometeo y el Duelo, la herida que ilumina

Prometeo y el Duelo: La Herida que Ilumina

El mito de Prometeo, uno de los más profundos del imaginario griego, ha sido tradicionalmente leído como una reflexión sobre la rebeldía, el conocimiento y el castigo. Sin embargo, bajo su superficie heroica se esconde también una metáfora silenciosa y poderosa sobre el duelo: ese proceso humano, inevitable y transformador, que aparece cuando algo irremplazable se pierde. El titán que roba el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres no solo es un transgresor; es también una figura atravesada por una pérdida radical: la pérdida del lugar al que pertenecía, de su inmunidad divina y de su antiguo orden. En su castigo eterno, Prometeo encarna la herida viva del duelo y el tránsito hacia una nueva conciencia.

I. El gesto prometeico como ruptura y pérdida

Robar el fuego a Zeus no es solo un acto de compasión o desafío. Es también una renuncia. Prometeo sacrifica su lugar entre los inmortales para propiciar un futuro distinto para la humanidad. Y como ocurre con todo duelo, la ruptura con el pasado inaugura un territorio desconocido. En ese momento, el titán ya no pertenece ni al Olimpo ni a la tierra; queda suspendido en un intersticio, y ese estado liminal es precisamente uno de los rostros del duelo: estar entre lo que fue y lo que aún no puede ser.

Así como quien sufre una pérdida experimenta un desacomodo radical —la erosión de la identidad, la fractura del sentido, la incertidumbre del mañana—, Prometeo entra en un vacío donde su acción tiene un precio, pero aún no tiene un significado completo. El duelo comienza siempre en ese punto ciego.

II. La roca y el águila: la repetición de la herida

Zeus castiga a Prometeo encadenándolo a una roca mientras un águila devora su hígado cada día. Este ciclo interminable de destrucción y regeneración puede leerse como alegoría de la manera en que el duelo trabaja internamente: una herida que parece cerrar y que, sin embargo, vuelve a abrirse de manera periódica.

Quien atraviesa un duelo sabe que no se trata de una línea recta. Hay días de aparente calma seguidos de recaídas inesperadas. La memoria es un águila persistente. La mente reconstruye lo perdido, y al hacerlo, toca fibras sensibles que vuelven a sangrar. Prometeo no muere; tampoco sana. Permanece en un estado de dolor renovado, como si los griegos hubieran intuido que las pérdidas profundas no se superan, sino que se integran con el tiempo.

El mito no habla de cicatriz, sino de erosión continua; y, sin embargo, esa erosión va moldeando una nueva forma de ser.

III. El fuego como símbolo del duelo transformado

El fuego que Prometeo entrega a la humanidad simboliza el conocimiento, la técnica, la creatividad y la conciencia. Paradójicamente, su dolor genera luz. En el duelo ocurre algo semejante: la pérdida puede destruir, pero también puede revelar. Lo que se pierde obliga a iluminar zonas de la existencia que antes permanecían en sombra.

El duelo transforma al doliente en alguien nuevo, a veces más frágil, pero también más profundo. La llama que arde fuera del titán es el reflejo de una llama interna que, aunque nacida del sacrificio, permite avanzar. Prometeo enseña que incluso el sufrimiento más injusto puede dar origen a un sentido distinto, no como recompensa divina, sino como proceso humano de resignificar la herida.

IV. La liberación: cuando la aceptación es posible

En algunas versiones del mito, Hércules finalmente libera a Prometeo al romper sus cadenas. Este acto puede interpretarse como la llegada de la aceptación dentro del proceso de duelo. Las cadenas representan el apego doloroso a lo que ya no está; la liberación, en cambio, es la capacidad de convivir con la herida sin quedar atrapado en ella.

Pero es importante notar que Prometeo no vuelve al Olimpo ni recupera lo perdido. La aceptación no restaura el pasado; simplemente permite seguir existiendo. El titán liberado es distinto del que robó el fuego: más consciente, más pleno de experiencia, marcado por su sufrimiento. Esa marca ya no es castigo, sino memoria.

El duelo madura cuando comprendemos que soltar no es olvidar, sino permitir que la ausencia encuentre un lugar menos cruel dentro de nosotros.

Conclusión: Prometeo como metáfora del doliente contemporáneo

El mito de Prometeo nos habla del duelo no como un destino trágico, sino como un proceso transformador. La pérdida, como el águila, vuelve a visitarnos, pero también nos obliga a reconstruirnos. El fuego, nacido del sacrificio, simboliza la capacidad humana de convertir la herida en comprensión, empatía y renacimiento.

Prometeo no es solo un titán encadenado: es la imagen eterna del ser humano que, al atravesar un dolor profundo, descubre nuevas formas de iluminar su camino. Su historia nos invita a reconocer que el duelo no se supera; se camina. Y que, al final, somos también nosotros los portadores del fuego que surge de nuestras pérdidas: una luz frágil, pero suficiente, para seguir

Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

las Personas Vitamina de la Dra Marian Rojas

La teoría de los “seres vitamina” de la Dra. Marian Rojas Estapé

En un tiempo marcado por la prisa, la hiperconectividad y el desgaste emocional, la teoría de los seres vitamina de la Dra. Marian Rojas Estapé ha resonado profundamente en el imaginario contemporáneo. Más que una moda conceptual o un eslogan motivacional, su propuesta invita a reflexionar seriamente sobre el impacto que las relaciones humanas tienen en la salud integral: física, mental y espiritual. Rojas sugiere que todo vínculo deja huella, y que existen personas cuya presencia nutre, equilibra y potencia la vida del otro, como si fueran auténticas vitaminas emocionales. Este ensayo explora la relevancia psicológica, ética y existencial de dicha teoría, así como sus implicaciones en la vida cotidiana.

La base emocional: la neurobiología del encuentro humano

El eje central de la teoría de Rojas está en comprender cómo los vínculos afectan el sistema nervioso y la gestión del estrés. De acuerdo con su planteamiento, los seres vitamina son aquellas personas que activan en nosotros neurotransmisores positivos —como la oxitocina, la dopamina o la serotonina— mediante conductas tan simples como escuchar, apoyar, validar o inspirar. No se trata de relaciones perfectas, sino de vínculos que favorecen el bienestar, reducen la ansiedad y refuerzan la motivación.

En contraposición, existen también las personas que drenan. No necesariamente por maldad, sino por dinámicas emocionales que generan cortisol, tensión o desgaste psicológico: crítica constante, victimismo, caos, manipulación o incapacidad de resonancia emocional. La teoría no busca estigmatizar, sino comprender cómo ciertas interacciones agotan y otras fortalecen.

Este enfoque integra elementos de la neurociencia afectiva y de la psicología del apego, recordando que el ser humano no es impermeable a su entorno relacional: somos seres biológicamente diseñados para conectar, y esas conexiones modulan profundamente nuestra salud.

Ser vitamina: una elección más que una cualidad innata

Uno de los acentos más significativos de la propuesta de Rojas es la idea de que un ser vitamina no nace, se construye. La habilidad de nutrir emocionalmente a otro proviene de un trabajo interior: autoconocimiento, regulación emocional, empatía y la capacidad de estar presente sin absorber ni proyectar. Es una postura ética que invita a responsabilizarse de la huella que dejamos en el mundo afectivo de los otros.

Así, ser vitamina implica aprender a escuchar sin juzgar, a acompañar sin invadir, a inspirar sin imponer y a sostener sin anular. Implica reconocer que la calidad de nuestros vínculos depende en gran medida de nuestra madurez afectiva. Ser vitamina no es adoptar un optimismo ingenuo ni una bondad sacrificial, sino cultivar un equilibrio interior capaz de irradiarse hacia afuera.

La reciprocidad como fundamento de la salud relacional

Las relaciones nutritivas, según Rojas, se caracterizan por una dinámica de reciprocidad: dar y recibir de manera equilibrada. Una persona vitamina no es un salvador ni un benefactor unilateral, sino un participante en un intercambio emocional sano. Allí donde hay apertura, confianza y límites claros, surge la posibilidad de una relación genuinamente fortalecedora.

El riesgo, por el contrario, es caer en patrones de dependencia o en la idealización del otro como fuente exclusiva de bienestar. Rojas insiste en que los seres vitamina no sustituyen la responsabilidad personal de sanar, pero sí funcionan como catalizadores en un proceso de crecimiento.

La dimensión existencial y la búsqueda del sentido

La teoría de Rojas también toca un aspecto profundamente existencial: la necesidad de vínculos que otorguen sentido. El ser humano se siente pleno cuando es capaz de contribuir, inspirar y ser inspirado. En un mundo que frecuentemente promueve la inmediatez, el individualismo y la productividad, la noción de relaciones significativas se vuelve un acto casi contracultural.

Los seres vitamina representan un recordatorio de la importancia de la presencia auténtica: alguien que nos mira con atención, que sostiene nuestra vulnerabilidad sin miedo y que nos acompaña a descubrir quiénes podemos llegar a ser. Desde esta perspectiva, la teoría de Rojas no sólo describe un tipo de persona, sino un horizonte de convivencia humana basado en la empatía, la confianza y el sentido compartido.

Aplicación en la vida cotidiana

Llevar a la práctica este enfoque implica una doble tarea. Primero, identificar quiénes son nuestras vitaminas emocionales y cuidar esos vínculos con gratitud, honestidad y reciprocidad. Segundo, revisar qué tipo de presencia somos en la vida de los demás: si nutrimos o drenamos, si acompañamos o complicamos, si iluminamos o ensombrecemos.

También exige discernir cuándo establecer límites con personas que, aunque queridas, generan desgaste. No para excluirlas, sino para proteger el propio equilibrio emocional y cultivar relaciones más sanas.

Conclusión: un llamado a la conciencia afectiva

La teoría de los seres vitamina de la Dra. Marian Rojas es, en esencia, un llamado a la conciencia afectiva. Nos recuerda que toda relación tiene un impacto y que la calidad de nuestro mundo emocional depende en gran medida del tipo de vínculos que cultivamos. En una época que exalta lo superficial, esta propuesta rescata la importancia de la presencia, la escucha, la empatía y la construcción de vínculos que alimenten la vida en vez de drenarla.

Convertirse en un ser vitamina es una forma de madurez y de amor. Y buscar a quienes lo son es un acto de autocuidado y sabiduría. Entre la complejidad del mundo y las heridas personales, a veces basta una persona que mira con bondad para recordarnos que la vida aún puede ser luminosa.

Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

lunes, 17 de noviembre de 2025

Cuidados Paliativos y manejo de Duelo

Los Cuidados Paliativos y su Vinculación con el Manejo del Duelo por Muerte

Introducción

La muerte, aunque inevitable, continúa siendo uno de los mayores desafíos emocionales y éticos dentro de la práctica clínica. En este contexto, los cuidados paliativos surgen como una respuesta integral ante la enfermedad avanzada o terminal, centrando su atención no en la curación, sino en el alivio del sufrimiento físico, emocional, social y espiritual del paciente y su familia. El manejo del duelo se incorpora como una extensión natural de este enfoque, pues el proceso de morir no concluye con la muerte biológica, sino que continúa en la experiencia de quienes permanecen.

Este ensayo clínico busca analizar cómo los cuidados paliativos se relacionan con el manejo del duelo, tanto desde la perspectiva del paciente que enfrenta la muerte, como de la familia que transita la pérdida, abordando las dimensiones clínicas, psicológicas y humanas de este acompañamiento.

Desarrollo

1. La naturaleza clínica de los cuidados paliativos

Los cuidados paliativos constituyen una disciplina médica interdisciplinaria orientada a mejorar la calidad de vida de las personas que enfrentan enfermedades avanzadas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) los define como “un enfoque que mejora la calidad de vida de pacientes y familias que se enfrentan a problemas asociados con enfermedades amenazantes para la vida”.

El acto paliativo implica el control del dolor y otros síntomas, pero también la atención a la angustia emocional y espiritual. En este sentido, el equipo clínico se convierte en una presencia de sostén que valida la vulnerabilidad y promueve una muerte digna, entendida no solo como ausencia de sufrimiento físico, sino como un cierre existencial en paz.

2. La preparación anticipada y el acompañamiento en el final de vida

Un aspecto fundamental de los cuidados paliativos es la preparación anticipada para la muerte, tanto del paciente como de sus allegados. Este proceso, conocido como “planificación anticipada de decisiones”, incluye conversaciones sobre deseos, límites terapéuticos y valores personales.

El acompañamiento clínico busca disminuir la ansiedad y la negación, transformando el miedo en aceptación progresiva. La comunicación empática, el tacto humano y la escucha activa son herramientas terapéuticas que humanizan el proceso de morir y facilitan el tránsito posterior del duelo.

3. El duelo como continuación del proceso paliativo

El duelo es una reacción natural ante la pérdida, pero no todos los duelos son iguales ni todos transcurren de forma saludable. Desde el enfoque clínico paliativo, el duelo se considera una etapa evolutiva del acompañamiento, donde el equipo de salud puede intervenir antes, durante y después de la muerte del paciente.

La atención post mortem a la familia es una extensión del cuidado, pues busca prevenir la aparición de duelos complicados. El acompañamiento en duelo incluye intervenciones psicológicas breves, grupos de apoyo, seguimiento telefónico o incluso rituales simbólicos que permitan integrar la pérdida en la narrativa vital del doliente.

El vínculo terapéutico que se establece en cuidados paliativos facilita este tránsito, porque el acompañamiento no termina con el fallecimiento, sino que continúa en la reconstrucción del sentido para quienes quedan.

4. La dimensión ética y existencial del acompañamiento

En los cuidados paliativos, el profesional de la salud se enfrenta a dilemas éticos profundos: la autonomía del paciente, la limitación de esfuerzos terapéuticos, la proporcionalidad de las intervenciones o la aceptación de la muerte. Pero más allá de lo técnico, hay una presencia ética que implica acompañar sin abandonar, aliviar sin acelerar ni prolongar inútilmente el sufrimiento.

El profesional que acompaña el final de vida debe también reconocer su propia vulnerabilidad, pues el contacto continuo con la muerte genera un tipo de duelo profesional que necesita ser trabajado para evitar el desgaste emocional o la despersonalización.


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Conclusión

Los cuidados paliativos no son únicamente una rama de la medicina, sino una filosofía de atención y de vida. Representan una forma de devolver humanidad al proceso de morir, reconociendo que el final también puede ser una experiencia de crecimiento, reconciliación y amor.

El manejo del duelo emerge como la continuidad natural de este acompañamiento, integrando la muerte dentro del ciclo vital y ofreciendo a las familias un espacio para sanar, recordar y reconstruir su existencia con sentido.

Así, la unión entre cuidados paliativos y manejo del duelo constituye un puente entre la ciencia médica y la compasión humana, recordándonos que acompañar hasta el final —y más allá del final— es una de las expresiones más elevadas
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García 

martes, 11 de noviembre de 2025

Adicciones en Adolescentes

Las Adicciones en los Adolescentes: Entre la Búsqueda y el Vacío

Introducción

La adolescencia es una etapa de tránsito entre la niñez y la adultez, caracterizada por la construcción de la identidad, la exploración del mundo y la necesidad de autonomía. Sin embargo, también es un periodo de vulnerabilidad emocional, donde la presión social, la búsqueda de aceptación y la falta de sentido pueden llevar a comportamientos de riesgo. Entre ellos, las adicciones ocupan un lugar cada vez más preocupante. No solo se trata del consumo de sustancias como el alcohol, el tabaco o las drogas, sino también de nuevas formas de dependencia como las redes sociales, los videojuegos o la tecnología. Este fenómeno requiere una comprensión integral que abarque lo biológico, lo psicológico y lo social.

Desarrollo

Las adicciones en los adolescentes suelen tener su origen en una necesidad de pertenencia y reconocimiento. En una etapa donde el joven busca afirmarse y ser aceptado, el consumo puede presentarse como una vía rápida para integrarse en un grupo o escapar del malestar interno. El vacío existencial, la falta de comunicación familiar o la ausencia de modelos positivos agravan la situación. Muchos adolescentes recurren a las drogas, al alcohol o al uso excesivo del internet como una forma de huir de la realidad o de llenar un vacío emocional que no logran nombrar.

Desde una perspectiva psicológica, el cerebro adolescente se encuentra en pleno desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones. Esto explica su tendencia a la impulsividad y a buscar experiencias intensas sin medir las consecuencias. Además, el sistema de recompensa del cerebro reacciona de forma más fuerte ante estímulos placenteros, lo que facilita la aparición de conductas adictivas.
Por otro lado, la dimensión social también tiene un peso determinante. Vivimos en una cultura que promueve el consumo y el éxito inmediato. La publicidad, los medios y las redes sociales venden una idea de felicidad basada en la apariencia, el placer y la inmediatez. En este contexto, los adolescentes son bombardeados por mensajes que los empujan a buscar la satisfacción instantánea, a menudo sin herramientas emocionales para enfrentar la frustración o el vacío que ello genera.

Asimismo, el entorno familiar influye profundamente. La falta de comunicación, la sobreprotección o el abandono emocional pueden llevar al adolescente a buscar refugio en conductas adictivas. Cuando no existe un diálogo abierto ni un acompañamiento afectivo, el joven puede sentirse solo y sin rumbo, convirtiendo el consumo o la dependencia en un intento desesperado por calmar su dolor o afirmar su identidad.

No obstante, las adicciones no deben entenderse solo como un problema moral o de conducta, sino como un síntoma de un malestar más profundo. En cada adolescente que cae en la adicción hay una historia, una herida y un llamado de atención. El tratamiento y la prevención, por tanto, deben centrarse no solo en prohibir o castigar, sino en escuchar, comprender y acompañar. Fomentar la educación emocional, los vínculos sanos, la autoestima y la capacidad crítica puede ser el mejor antídoto frente a la dependencia.

Conclusión

Las adicciones en los adolescentes representan uno de los desafíos más grandes de nuestra época. No se trata solo de combatir sustancias o comportamientos, sino de reconstruir el sentido de la vida y el vínculo humano. Detrás de cada adicción hay un joven que busca algo que no encuentra: atención, comprensión, propósito o amor.
La verdadera prevención comienza cuando la sociedad, la familia y la escuela dejan de señalar al adolescente como un problema y empiezan a verlo como un ser en construcción que necesita guía, afecto y esperanza. Solo a través del diálogo, la empatía y la educación podremos ofrecerles una alternativa real al vacío que la adicción pretende llenar.
Comprender, acompañar y amar: esas son las herramientas que pueden salvar a una generación de perderse en el laberinto del consumo y la soledad.
Centro Vioss 

Ludopatía Adicción para Jóvenes

La Ludopatía en Jóvenes: Entre el Juego y la Adicción

Introducción

En la era digital, los juegos de azar y las apuestas han trascendido los casinos y bares para instalarse en el espacio cotidiano de los jóvenes: la pantalla del celular. La ludopatía —o trastorno por juego—, reconocida por la Organización Mundial de la Salud como una adicción comportamental, se ha convertido en un fenómeno creciente entre adolescentes y adultos jóvenes. Esta realidad plantea un desafío multidimensional que involucra factores psicológicos, sociales, tecnológicos y culturales. El presente ensayo busca analizar teóricamente las causas, manifestaciones y consecuencias de la ludopatía juvenil, así como reflexionar sobre los mecanismos de prevención y las estrategias de intervención.


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I. Conceptualización del Trastorno del Juego

La ludopatía se define como una pérdida de control sobre la conducta de juego, caracterizada por la compulsión a apostar dinero o recursos a pesar de las consecuencias negativas que esto implica. Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), se clasifica dentro de los trastornos relacionados con el control de los impulsos y las adicciones no asociadas a sustancias. A diferencia del juego recreativo, el ludópata no juega por diversión, sino por una necesidad compulsiva de experimentar la excitación del riesgo y la recompensa.

En los jóvenes, este trastorno se manifiesta de forma sutil, muchas veces encubierta bajo la apariencia de ocio digital o entretenimiento competitivo. Las apuestas deportivas en línea, los juegos tipo “loot boxes” y las plataformas de casino virtual han normalizado la relación entre diversión y azar, diluyendo las fronteras entre juego y adicción.


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II. Factores de Riesgo en la Población Juvenil

El desarrollo de la ludopatía en los jóvenes está asociado a un conjunto de factores psicológicos y socioculturales. Entre los factores personales, destacan la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración, el déficit de habilidades de afrontamiento y la búsqueda de sensaciones intensas. Desde la psicología conductual, se explica que el refuerzo intermitente —propio del juego de azar— genera una poderosa dependencia emocional y cognitiva.

En el plano sociocultural, la influencia de los medios digitales y la publicidad desempeña un papel determinante. Los jóvenes son constantemente expuestos a mensajes que asocian el juego con el éxito, la destreza y la masculinidad competitiva. Además, el anonimato y la accesibilidad que ofrece Internet favorecen la práctica del juego sin supervisión ni límites físicos.

Asimismo, las condiciones de vulnerabilidad emocional —como la soledad, el estrés académico o los conflictos familiares— pueden funcionar como detonantes del hábito lúdico, al ofrecer una vía de escape temporal ante la presión y la incertidumbre juvenil.


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III. Consecuencias Psicosociales y Educativas

La ludopatía juvenil produce un deterioro progresivo en la vida personal, académica y social del individuo. A nivel psicológico, surgen sentimientos de culpa, ansiedad, irritabilidad y depresión. El joven ludópata suele aislarse de su entorno, mentir sobre su conducta y desarrollar problemas financieros que pueden escalar hacia el endeudamiento o el robo.

En el ámbito educativo, la pérdida de concentración y el absentismo escolar se vuelven frecuentes, afectando el rendimiento académico. El deterioro en las relaciones interpersonales —familiares y amistosas— agrava el círculo de aislamiento, reforzando la adicción y debilitando la red de apoyo.


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IV. Prevención y Estrategias de Intervención

Abordar la ludopatía juvenil requiere una perspectiva interdisciplinaria que combine educación, salud mental y regulación tecnológica. La prevención debe comenzar en la escuela, mediante programas de alfabetización emocional y digital que enseñen a reconocer los riesgos del juego en línea y promuevan el pensamiento crítico ante la publicidad y el consumo digital.

En el ámbito clínico, las terapias cognitivo-conductuales han mostrado eficacia en el tratamiento, al centrarse en la reestructuración de pensamientos distorsionados y el fortalecimiento del autocontrol. Sin embargo, la intervención familiar resulta igualmente crucial, pues el entorno afectivo puede actuar como factor protector o, en su defecto, como espacio de reproducción del problema.

Finalmente, se requiere un marco ético y legislativo que limite la exposición de los menores a plataformas de apuestas, exigiendo mayor transparencia y responsabilidad a las empresas del sector digital.
Centro Vioss

jueves, 6 de noviembre de 2025

la Ciencia del último amanecer

La Tanatología: ciencia del último amanecer

Hablar de la muerte es hablar de la vida en su forma más honesta. La tanatología surge allí donde el dolor y la conciencia se encuentran, donde el ser humano, desnudo de certezas, se atreve a mirar el misterio sin apartar la mirada. No es una ciencia de tumbas ni de silencios; es una ciencia de almas, de transiciones, de amor que sobrevive al cuerpo.

El tanatólogo no lucha contra la muerte: la acompaña. Su labor no consiste en prolongar el tiempo, sino en ensanchar el sentido. A veces se sienta junto a una cama, otras junto a un corazón roto, pero siempre junto a la verdad más profunda: que vivir implica aprender a dejar ir.

La tanatología abraza lo que la medicina teme y la filosofía contempla: ese instante en que el cuerpo cede, pero el espíritu se expande. En su mirada no hay derrota, sino reconciliación; no hay fin, sino tránsito. Comprende que la muerte no es un enemigo, sino una maestra silenciosa que nos enseña a valorar cada respiración, cada abrazo, cada despedida.

En el fondo, la tanatología no estudia la muerte, sino la dignidad del morir. Busca que cada persona, en su último tramo, sea acompañada con ternura, con escucha, con presencia. Que el adiós no sea vacío, sino un acto de amor consciente.

Y así, mientras el mundo teme al final, la tanatología lo ilumina: nos enseña que el verdadero duelo no es perder, sino seguir amando sin tocar. Que el cuerpo se apaga, pero el vínculo permanece; que la ausencia no es nada más que otra forma de presencia.

Porque quien ha comprendido la muerte, ha comprendido también la vida: ambas se miran, se reconocen y se abrazan en el misterio de ser.
Pablo Lorenzo García

domingo, 2 de noviembre de 2025

la Tanatologia, para qué?

La Tanatología no es solo una disciplina derivada de la Medicina Forense para trabajar terapéuticamente con aquellas personas que se encuentran cercanas a la muerte, o para aquellas personas que han vivido la pérdida de un ser querido. Esa sería meramente la descripción de esta noble labor.
La Tanatología o el Manejo de Duelo es un arte...Es un arte para invitar a aprender a amar aún sin la presencia física del ser amado.
Tanatología es una virtud que tienen aquellos profesionales que han aprendido de la muerte un privilegio del amor, la muerte decimos los que nos dedicamos a esto, es la virtud del amor, realmente ama quien ha dejado partir al ser amado y al amarlo desde su muerte lo libera de la cadena de la codependencia eterna.
Tanatología es una forma de decir poesía o novela desde la paradoja de la vida y la muerte, ya no como contrarios anatagónicos sino como el mismo punto en el ciclo de la vida.
Para vivir se necesita aceptar la muerte y no la propia muerte sino la ajena, la del ser amado que ha tenido que partir aceptando su propia muerte no como huida sino como inquebrantable destino.
La muerte es una virtud divina que define lo definitivo, lo que jamás regresa y sin que esto signifique un juicio moral por qué creemos que es malo morirse.
El Tanatólogo trabaja desde sus propias lágrimas desde sus propios duelos, desde sus propias muertes intrinsecas en su piel y en su ser.
Un tanatólogo es una especie de Mago que construye con sus artilugios mágicos una sorpresa para el moribundo y para el doliente, no para evitarle el dolor a este último sino para enseñarlo a morir desde la vida efímera y nunca eterna.
Un Tanatólogo es un artesano pintor de Catrinas serias y divertidas en los rostros resquebrajados por el dolor de un hombre y una mujer que se resisten a partir y a mirar la partida definitiva del amor y del ser amado.
En fin, un tanatólogo soy yo y en realidad, siendo franco, no sé por qué me decidi a convertirme en uno de ellos, y ayer descubri que siendo tanatólogo soy una ofrenda viva de todos aquellos seres de luz que han estado muriendo frente a mi durante estos primeros diez años de noble profesión, la cual agradezco a la vida y a la muerte me permita seguir construyendo ofrendas a la muerte todos los días de mi vida...GRACIAS VIDA, GRACIAS MUERTE!
Pablo Lorenzo García