jueves, 16 de octubre de 2025

El Eco que No Cesa

“El eco que no cesa”

(Ensayo poético sobre el amor y la ausencia)

El amor, cuando nace, parece ignorar que algún día puede morir.
Tiene la soberbia de los amaneceres: cree que su luz es eterna,
que su calor bastará para mantener el mundo girando.
Así fueron ellos —dos cuerpos que se reconocieron
sin pedir permiso al tiempo ni a la razón—.
Él y ella, fundidos en un instante que se volvió costumbre,
en una respiración que bastaba para nombrar al universo.

Pero la muerte, que no pide cita,
irrumpe como un ladrón que no sabe lo que roba.
Un día, simplemente, él dejó de estar.
El reloj siguió, los pájaros continuaron su rutina aérea,
y el mundo —implacable— no se detuvo a mirar el hueco.
Solo ella lo vio: un vacío exacto con forma de su risa,
una ausencia que pesaba más que cualquier cuerpo.

Entonces comenzó otra historia:
la del amor sin el amante.
Porque hay una biografía que se escribe
solo cuando el otro se ha ido,
cuando las palabras que antes compartían la cama
ahora duermen solas en la garganta.

Ella aprendió a vivir con fantasmas cotidianos:
el eco de los pasos que ya no suenan,
la taza vacía frente a la suya,
el perfume que insiste en quedarse.
Descubrió que el duelo no es olvido,
sino memoria en combustión lenta.
Y que amar a un muerto es amar doblemente:
por lo que fue y por lo que nunca podrá ser.

Hay amores que no terminan con la muerte,
sino que se transforman en lenguaje.
Ella escribe, habla, recuerda;
no para traerlo de regreso,
sino para que el silencio no lo devore por completo.
Porque cuando el cuerpo se extingue,
queda la tarea de cuidar su sombra.

Así, entre lágrimas y días nuevos,
ella comprendió que el amor verdadero
no busca eternidad, sino significado.
Y que tal vez amar —aun en la pérdida—
es la forma más humana de desafiar al olvido.
Pablo Lorenzo García

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