Me costó mucho tiempo de mi vida, descubrir que lo que existía fuera de mí, era lo que le daba sentido a mi interior.
Era muy tarde cuando descubrí que todo estaba oculto y que solo me separaba de ese cielo, una barandilla de un juzgado oscuro donde una diosa me esperaba en silencio, amorosamente tierna para ayudarme a decidir si acaso quisiera regresar.
Me costaron años de mi vida descubrir que ya había muerto. El tren se había detenido intempestivamente en la última estación de mi viaje de vida y mi ceguera infantil no podía ver en el boleto de mi viaje que hasta ahí habría llegado y debía bajarme de inmediato.
No había tiempo ni oportunidad para decirles a todos los amigos que viajaban conmigo en el mismo vagón que me habían expulsado y no podría más seguir con ellos jugando a continuar.
Pero también deseaba impetuosamente hacerlo, quería bajar y conocer los viejos andenes del infierno y que ahí terminara mi viaje de una vez por todas.
Bajarme así, sería pecado para las viejas normas en que se regía la vida en aquel tren y en aquellos vagones tristes, lúgubres.
Los dejaría quizás más tristes que la noche que nos envolvía a todos y a todo.
No tenía opción debía bajarme ya sin chistar ni tardarme por que el tiempo y la arena del triste reloj se habían terminado.
Solo faltaba bajar los últimos escalones y saltar al andén y mirar desde ahí alejarse al viejo tren velozmente lento.
Desde el andén podía observar las lágrimas de los ojos de mis viejos compañeros de viaje y al mismo tiempo la triste sorpresa de mi partida.
Podía ver el coraje de mi Madre por haber roto su esperanza como si deseara que mi vida fuera un capelo cristalino que me cubriera y ella pudiera decidir cuándo retirarlo.
Pero ya estaba abajo y nada podría cambiarlo ya.
Pablo Lorenzo García
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