Escondida detrás de una cruz seca y vacía, Magdalena lágrima, lloraba rodante por esas mejillas que jamás recibieron beso de amor alguno. Lloraba en silencio, lloraba a oscuras, sin un dios que la mirara siquiera y se diera cuenta de su existencia amarga.
Para todos fue solamente una puta que debieron
castigar con piedra y palo pero de manera legal, una puta que nunca tuvo el
placer de una caricia ni siquiera en la vagina.
Pero ella sollozaba lento y en silencio, besando
con labios secos y llagados el madero que
hubiera soportado a su maestro.
Lloraba escondida pero sin negar el amor que la
sostenía aún en el olvido, ante las palabras de un Cristo Roto que se rompía
frente a sus ojos y que recibiera una palabra que jamás autor alguno escribiera
en un libro sagrado, solo ella y el hombre amado por ella, colgado de una cruz
y encarnecido sabrían de aquellas palabras que la mirada sangrante le dedicara
antes de morir.
Un secreto que ni con el calvario se conocería, se
permitiría saber, un secreto que también ella se llevaría a su tumba aún cuando
sabía que ella había muerto por él y ella era la diosa oculta detrás de un
pecado.
Cuando algo muere se siente por
dentro, sin explicación alguna, una sin razón razón de lo que ha partido, no
importando como lo ha hecho ni con qué fin, solo se trata de experimentarlo,
vivirlo, no importando cuan doloroso pudiera ser la llamada pérdida que nos aísla
definitivamente de lo amado.
Decir murió viene de dentro, del
abismo insondeable que es el vació generoso del desamor y el desencuentro.
Cuando algo muere se van las fuerzas y el tono
muscular de los labios dejando muerta a la sonrisa, incluida la de la burla
sarcásticamente muerta.
Cuando algo muere, muere en los brazos y se
queda inerte, sin vida que lo mueva, sin aliento que lo respire, sin mirada que
lo vea.
Cuando algo muere, hay que aprender de la
pérdida y de la partida porque de lo contrario se repite una y otra vez,
eternamente hasta que muera.