domingo, 17 de noviembre de 2019

Los amantes del tercer acto

Ella adoraba extrañarlo, de vez en cuando imaginarlo también. Hacia muchos años que él no solía aparecer por los rumbos de ella en donde solían caminar juntos, tomados de la mano, imaginando que con ese solo gesto hacían el amor. Caminaban erótica y erráticamente entre los jardines de un desértico parque silencioso.
El había olvidado su aroma y el sonido de su voz y su imagen delgada y con su vestido escotadon y sensual en su madurez.
Ella guardaba naftalina en su viejo ropero para evitar que las polillas se dieran un festín y fueran las únicas que disfrutaran de algo en aquella casona blanca y solitaria.
Había esperado tanto que su recuerdo estaba lleno de nostalgia y olvido.
El jugaba Alzheimer cuando se acordaba en donde estaba y recitaba silenciosamente los poemas españoles de su juventud. En aquella casona blanca en donde se resguardaba de sus viejos recuerdos que le atormentaban.
Ella jugaba a las escondidas, ocultándose de todo y de todos, hasta de su propia historia de olvidos y recuerdos de la infancia perdida.
El suponía que alguna vez estuvo casado al mirar un viejo anillo que urgaba entre las arrugas de sus artriticas falanges. Y solo imaginaba cómo sería aquella mujer enamorada de sus sueños.
Eran la pareja perfecta, del deposito de viejos, en donde años atrás los hubieran depositado en pisos diferentes pero con una sola historia de amor desde su olvido.
Plg

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