domingo, 22 de marzo de 2026

La Casa que aprende a quedarse sola


Hay despedidas que no hacen ruido,
que no rompen platos ni puertas,
que no gritan su nombre en la madrugada.
Hay despedidas que se sientan a la mesa
y, con una calma que duele,
dicen: ya no somos nosotros.

Cuando una pareja se va —
no de la casa, sino del vínculo—
lo que queda no es solo ausencia,
es una arquitectura herida:
la cama que aún conserva la forma del otro,
la taza preferida que insiste en su lugar,
el espejo que ya no refleja un “nosotros”,
sino dos historias que aprendieron a separarse.

El matrimonio, ese pacto de eternidad prometida,
no se rompe de golpe;
se desgasta como piedra bajo la lluvia,
gota a gota,
en silencios no dichos,
en gestos que se olvidaron de tocar,
en palabras que se dijeron sin alma.
Y entonces llega el momento.
No hay siempre traición,
no hay siempre odio,
a veces solo hay cansancio:
el cansancio de intentar sostener lo que ya no respira,
de fingir calor en una casa que se enfría.

Partir no es huir,
es reconocer que el amor también muere,
y que hay dignidad en no enterrarlo en vida.
Pero qué difícil es…
cerrar la puerta sin saber si se cierra una etapa
o una vida entera.

Qué difícil es doblar la ropa compartida
y descubrir que la mitad ya no nos pertenece.
Qué difícil es aprender que el “para siempre”
a veces era solo un “mientras tanto”
disfrazado de promesa.

El duelo del amor conyugal
no tiene velorio ni flores,
nadie lleva luto visible,
pero por dentro se caen los techos,
se agrietan los recuerdos,
y el corazón aprende un idioma nuevo:
el de la soledad acompañada de memoria.
Porque quien se va
no se lleva solo su cuerpo:
se lleva rutinas,
se lleva planes,
se lleva la versión de nosotros que fuimos juntos.

Y quien se queda
debe reconstruirse entre ruinas,
reaprender el silencio,
hacer de la ausencia una forma de presencia
que ya no lastime.
Quizá amar también es saber partir,
no como derrota,
sino como acto de honestidad:
decir “ya no”
cuando el alma lo ha dicho mil veces en secreto.
Y así, entre lo que se rompe y lo que resiste,
queda una verdad humilde y luminosa:
el amor no fracasa por terminar,
fracasa cuando se obliga a quedarse sin vida.

La casa, entonces,
no vuelve a ser la misma,
pero aprende —con el tiempo—
a llenarse de una nueva voz:
la de quien, entre escombros,
decide volver a habitarse.
Pablo Lorenzo García

viernes, 20 de marzo de 2026

Duelo Parental ante la partida de los Padres

*Duelo Parental: afrontamiento, duelo y reconstrucción del sentido*

La pérdida de un padre o de una madre constituye una de las experiencias más profundas y desestabilizadoras en la vida humana. Más allá del hecho biológico de la muerte, esta vivencia implica una ruptura simbólica en la estructura afectiva, identitaria y existencial del individuo. Afrontar esta pérdida no es un proceso lineal ni universal, sino una travesía compleja que articula factores psicológicos, culturales, sociales y espirituales. Este ensayo propone un análisis crítico sobre las formas de afrontar la muerte parental, cuestionando modelos tradicionales del duelo y explorando alternativas contemporáneas de acompañamiento y resignificación.

Desde una perspectiva clásica, el duelo ha sido entendido como un proceso estructurado en etapas, como lo plantea el modelo de las cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Si bien este enfoque ha sido ampliamente difundido, resulta limitado en tanto sugiere una progresión lineal que no corresponde a la experiencia real de muchas personas. El duelo por la pérdida de un padre o una madre no sigue necesariamente una secuencia ordenada; por el contrario, es frecuente que las emociones emerjan de manera cíclica, ambivalente y, en ocasiones, contradictoria. La rigidez de estos modelos puede generar expectativas irreales y sentimientos de inadecuación en quienes no “avanzan” conforme a lo esperado.
En el plano psicológico, la muerte de los progenitores confronta al individuo con su propia finitud. La figura parental no solo cumple funciones de cuidado y protección, sino que también encarna un referente simbólico de origen, pertenencia y continuidad. Su pérdida puede desencadenar una crisis de identidad, particularmente en etapas como la adultez media, donde la muerte de los padres marca un tránsito hacia una posición generacional distinta. En este sentido, el duelo no es únicamente la reacción a una ausencia, sino también una reconfiguración del yo.

El afrontamiento de esta pérdida está profundamente mediado por el contexto sociocultural. En sociedades donde la muerte es un tema silenciado o evitado, los dolientes suelen experimentar su dolor en soledad, sin herramientas simbólicas suficientes para procesarlo. Por el contrario, culturas que integran rituales, narrativas y prácticas comunitarias en torno a la muerte ofrecen un sostén más sólido para la elaboración del duelo. Esto sugiere que el acompañamiento social no es un elemento accesorio, sino central en el proceso de afrontamiento.

En términos críticos, es necesario cuestionar la tendencia contemporánea a patologizar el duelo. La tristeza, la nostalgia, la confusión e incluso la ira son respuestas humanas legítimas ante la pérdida. No obstante, en ciertos contextos clínicos, estas manifestaciones son rápidamente etiquetadas como síntomas de trastornos, lo cual puede invisibilizar la dimensión existencial del sufrimiento. El riesgo radica en reducir el duelo a un problema a “resolver” en lugar de reconocerlo como un proceso que requiere ser transitado y significado.

Afrontar la pérdida de un padre o una madre implica, en última instancia, una tarea de reconstrucción simbólica. Esto no significa olvidar ni “superar” la pérdida, sino integrarla en la narrativa personal. La memoria, en este sentido, se convierte en un recurso fundamental: recordar no como anclaje en el dolor, sino como una forma de preservar el vínculo en una dimensión distinta. La continuidad del lazo afectivo, aun en ausencia física, desafía la idea de que la muerte implica una ruptura total.

Asimismo, el desarrollo de estrategias de afrontamiento adaptativas resulta crucial. Estas pueden incluir la expresión emocional, la búsqueda de apoyo social, la elaboración de rituales personales, la escritura, la terapia psicológica y la espiritualidad, entre otras. Sin embargo, es importante reconocer que no existe una fórmula universal; cada individuo construye su propio camino en función de su historia, sus creencias y sus recursos internos.

En conclusión, la pérdida de un padre o de una madre es una experiencia que desborda cualquier intento de simplificación. Afrontarla requiere no solo de herramientas psicológicas, sino también de un entorno que valide el dolor y permita su expresión. Desde una mirada crítica, es necesario superar modelos rígidos y patologizantes del duelo, promoviendo en su lugar una comprensión más amplia, flexible y humanizada. El duelo no es un proceso que se cierra, sino una transformación que acompaña al individuo a lo largo de su vida, recordándole que, incluso en la pérdida, persiste la posibilidad de construir sentido.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

miércoles, 18 de marzo de 2026

Cómo hablarles a los niños de la Muerte



Introducción
La muerte constituye una de las experiencias más complejas y universales de la existencia humana. Sin embargo, cuando se trata de comunicarla a los niños, emerge un desafío particular: ¿cómo traducir un concepto abstracto, cargado de emociones y significados culturales, a un lenguaje comprensible sin generar angustia innecesaria?

 Tradicionalmente, muchas culturas han optado por ocultar o suavizar la realidad de la muerte en la infancia, bajo la creencia de proteger la inocencia. No obstante, desde la psicología contemporánea se reconoce que el silencio o la evasión pueden generar más confusión que alivio. Este ensayo aborda cómo hablarles de la muerte a los niños desde una perspectiva académica, integrando aportes del desarrollo cognitivo, la psicología del duelo y la educación emocional.
Desarrollo cognitivo y comprensión de la muerte

La manera en que los niños comprenden la muerte está estrechamente vinculada a su etapa de desarrollo cognitivo.

 Según Jean Piaget, los niños atraviesan distintas fases en la construcción del pensamiento:
-Etapa preoperacional (2-7 años): La muerte es percibida como reversible o temporal, similar al sueño. Pueden creer que el fallecido “volverá”.
-Etapa de operaciones concretas (7-11 años): Comienzan a entender la irreversibilidad y universalidad de la muerte, aunque aún con dificultades para comprender su carácter biológico.
-Etapa de operaciones formales (11 años en adelante): Se desarrolla una comprensión más abstracta, incluyendo reflexiones existenciales.

Por su parte, Maria Nagy identificó tres etapas en la comprensión infantil de la muerte: -negación de su permanencia, -personificación (la muerte como entidad) y -aceptación de su inevitabilidad.
Estos enfoques subrayan la necesidad de adaptar el lenguaje y la profundidad de la explicación según la edad del niño, evitando tanto la sobrecarga de información como la simplificación engañosa.
La importancia de la honestidad y el lenguaje claro
Uno de los principios fundamentales al hablar de la muerte con niños es la honestidad. Evitar eufemismos como “se fue a dormir” o “se fue de viaje” puede prevenir confusiones y miedos posteriores, como el temor a dormir o a separarse de los seres queridos.

La comunicación debe ser:

+Clara: Usar palabras directas como “murió” en lugar de metáforas ambiguas.

+Sincera: Responder preguntas con veracidad, reconociendo cuando no se tiene una respuesta.

+Adecuada a la edad: Ajustar el nivel de detalle según la capacidad de comprensión.

Además, es importante validar las emociones del niño. El dolor, la tristeza, la confusión o incluso la indiferencia son respuestas normales ante la pérdida.
El papel del adulto como figura de contención
Desde la teoría del apego desarrollada por John Bowlby, se reconoce que los niños necesitan figuras seguras que les brinden contención emocional frente a situaciones de pérdida. El adulto no solo comunica la noticia, sino que modela la forma en que se procesa el duelo.

Esto implica:
-Permitir la expresión emocional sin censura.
-Ofrecer seguridad afectiva y estabilidad.
-Mantener rutinas que proporcionen continuidad.
-La actitud del adulto influye profundamente en la elaboración del duelo infantil. -Un adulto que evita el tema o reprime emociones puede transmitir que el dolor es algo que debe ocultarse.

El duelo infantil: características y manifestaciones

El duelo en los niños no se manifiesta de forma lineal ni constante como en los adultos. Según Elisabeth Kübler-Ross, el proceso de duelo implica distintas fases; sin embargo, en los niños estas pueden aparecer de manera intermitente.

Algunas características del duelo infantil incluyen:

-Expresiones emocionales breves e intensas.

-Alternancia entre tristeza y juego.
-Regresiones conductuales (volver a conductas de etapas anteriores).
-Preguntas repetitivas sobre la muerte.

Es fundamental comprender que el juego no implica falta de dolor, sino una forma natural de autorregulación emocional.
Dimensión cultural y espiritual de la muerte
La forma de hablar de la muerte también está mediada por el contexto cultural. En países como México, tradiciones como el Día de los Muertos permiten una aproximación simbólica y menos temerosa a la muerte, integrándola como parte de la vida.
Incorporar elementos culturales y espirituales puede ayudar a los niños a construir significados que otorguen sentido a la pérdida. No obstante, es importante diferenciar entre creencias y hechos, explicando al niño qué pertenece al ámbito de la fe o la tradición.

Estrategias prácticas para hablar de la muerte con niños

Algunas recomendaciones basadas en la evidencia psicológica incluyen:

-Elegir un momento adecuado:

 -Buscar un espacio tranquilo y seguro.
-Usar cuentos o metáforas guiadas: Como herramientas pedagógicas, siempre acompañadas de explicaciones claras.
-Responder preguntas con paciencia: Incluso si son repetitivas.
-Incluir al niño en rituales de despedida: Si lo desea, como funerales o ceremonias.
-Observar cambios conductuales: Para detectar señales de duelo complicado.

Conclusión
Hablar de la muerte con los niños no es una tarea sencilla, pero es una responsabilidad fundamental en su desarrollo emocional. Lejos de ser un tema que deba evitarse, la muerte puede convertirse en una oportunidad para enseñar sobre el amor, la pérdida y la resiliencia. Desde un enfoque honesto, empático y adaptado al desarrollo, los adultos pueden acompañar a los niños en la construcción de significados que les permitan integrar la experiencia de la muerte sin quedar atrapados en el miedo o la confusión. En última instancia, educar para la muerte es también educar para la vida.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

domingo, 1 de marzo de 2026

El Duelo Materno en un hijo neurodivergente

*Neurodivergencias y el duelo materno*

Introducción

El nacimiento de un hijo suele ir acompañado de un entramado de expectativas, proyecciones y fantasías que configuran lo que en psicoanálisis se denomina el “hijo imaginario”. Cuando un niño es diagnosticado con alguna condición dentro del espectro de las neurodivergencias —como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o la dislexia— la madre puede experimentar un proceso de duelo complejo. No se trata del duelo por la muerte física, sino por la pérdida simbólica del hijo idealizado y del proyecto vital anticipado. Este capítulo, analiza, desde una perspectiva interdisciplinaria (psicología clínica, Análisis Existencial y estudios sobre discapacidad), la experiencia del duelo materno ante la neurodivergencia, problematizando tanto sus riesgos patologizantes como sus potencialidades transformadoras.

Neurodivergencia: marco conceptual

El concepto de neurodiversidad fue propuesto por Judy Singer en la década de 1990 para cuestionar la visión estrictamente medicalizada de ciertas condiciones neurológicas. Desde esta perspectiva, la neurodivergencia no es meramente un trastorno, sino una variación del funcionamiento cerebral dentro de la diversidad humana.

 Condiciones como el Trastorno del Espectro Autista o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad son comprendidas no solo en términos de déficit, sino también de estilos cognitivos distintos.

Sin embargo, en el ámbito clínico y social, el diagnóstico suele irrumpir como una noticia que reconfigura profundamente la identidad familiar. Para muchas madres, el diagnóstico marca un antes y un después, activando emociones intensas: shock, negación, culpa, miedo, tristeza y, en algunos casos, vergüenza social.

El duelo materno: dimensiones psicológicas

Siguiendo el modelo clásico de Elisabeth Kübler-Ross, pueden identificarse etapas emocionales —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— aunque en la experiencia real estas no son lineales ni universales. En el caso del duelo por la neurodivergencia, la pérdida es ambigua: el hijo está presente, pero el hijo idealizado se desvanece.

Desde el psicoterapia humanista, este proceso puede entenderse como una fractura entre el hijo fantaseado y el hijo real. La madre se enfrenta a la tarea de reelaborar su narcisismo parental, es decir, la proyección de sus deseos y expectativas en el hijo. El duelo implica renunciar a ciertas representaciones para construir otras nuevas, más acordes con la singularidad del niño.

A nivel emocional, este proceso puede estar atravesado por:
-Culpa: especialmente en contextos donde persisten mitos etiológicos.
-Sobrecarga crónica: derivada de demandas terapéuticas y educativas.
-Aislamiento social: por incomprensión o estigmatización.
-Ansiedad anticipatoria: respecto al futuro del hijo.

Duelo y construcción social de la discapacidad

El modelo social de la discapacidad sostiene que la limitación no reside exclusivamente en la condición neurológica, sino en las barreras estructurales y culturales que impiden la participación plena. Desde esta óptica, parte del sufrimiento materno no proviene únicamente de la neurodivergencia en sí, sino de un entorno poco inclusivo.

En sociedades donde predomina una narrativa de rendimiento, éxito académico y normalidad conductual, la madre puede sentirse interpelada como responsable del “ajuste” del hijo. La presión por normalizar puede intensificar el duelo, al situar la diferencia como fracaso.
No obstante, cuando la madre logra transitar hacia una perspectiva de aceptación activa —reconociendo fortalezas, estilos cognitivos particulares y formas alternativas de desarrollo— el duelo puede transformarse en un proceso de resignificación.

De la pérdida a la reconfiguración del vínculo

El tránsito saludable del duelo no implica negar las dificultades reales que pueden acompañar a ciertas neurodivergencias, sino integrar la diferencia sin reducir la identidad del hijo al diagnóstico. Diversos estudios en psicología positiva familiar muestran que muchas madres desarrollan:

-Mayor empatía y sensibilidad emocional.
-Fortalecimiento del sentido de propósito.
-Redes de apoyo solidarias.
-Redefinición de valores vitales.

El duelo, entonces, se convierte en un proceso de maduración vincular. La madre no solo “acepta” al hijo, sino que reconstruye su propia identidad materna. En este sentido, la experiencia puede generar una ética del cuidado más consciente y crítica frente a los modelos normativos de desarrollo.
Riesgos clínicos y necesidad de acompañamiento
Es importante reconocer que no todas las madres transitan el duelo de manera adaptativa. La falta de apoyo profesional, la precariedad económica o la ausencia de redes familiares pueden favorecer la aparición de depresión, ansiedad o burnout parental. Por ello, el acompañamiento psicológico temprano y la psicoeducación son fundamentales.

La intervención clínica debe evitar reforzar narrativas de déficit absoluto y, en cambio, promover una comprensión integral que articule necesidades terapéuticas con reconocimiento de capacidades. Asimismo, incluir espacios grupales con otras madres puede disminuir el aislamiento y facilitar la elaboración simbólica del duelo.

Conclusión
El duelo materno ante la neurodivergencia del hijo no es un signo de rechazo, sino la expresión humana de una pérdida simbólica. Reconocer este proceso permite despatologizar la experiencia emocional de la madre y comprenderla como parte de una transición identitaria compleja.
Más que un final, el diagnóstico puede convertirse en el inicio de una nueva narrativa familiar. Allí donde se desvanece el hijo imaginado, emerge la posibilidad de conocer al hijo real en su singularidad irrepetible. El duelo, entonces, no es la negación del amor, sino su transformación: amar no lo que se esperaba, sino lo que es.

Centro Vioss
Pablo Lorenzo García

viernes, 27 de febrero de 2026

El Suicidio: Aproximación Histórica

El suicidio: aproximación teórica y análisis crítico desde la perspectiva de Émile Durkheim

El suicidio constituye un fenómeno complejo que interpela simultáneamente a la psicología, la psiquiatría, la antropología, la ética y la sociología. Lejos de reducirse a un acto estrictamente individual, el suicidio expresa tensiones profundas entre el sujeto y su entramado social. En este sentido, la obra de Émile Durkheim, particularmente su libro El suicidio, marcó un hito al proponer que incluso una decisión aparentemente íntima puede explicarse a partir de causas sociales objetivas y mensurables. El presente ensayo analiza críticamente el fenómeno del suicidio a partir de dicha perspectiva, integrando aportaciones contemporáneas y señalando sus límites.

1. El suicidio como hecho social
Durkheim publicó El suicidio en 1897 con la intención de demostrar que el suicidio podía estudiarse como un hecho social, es decir, como un fenómeno externo al individuo, dotado de regularidad estadística y susceptible de análisis científico. Para ello, utilizó datos comparativos entre países europeos, confesiones religiosas y estados civiles, observando que las tasas de suicidio se mantenían relativamente estables en cada sociedad, aunque variaban entre contextos.
Su tesis central sostiene que el suicidio no puede explicarse únicamente por factores psicológicos individuales —como la depresión o la desesperación—, sino por el grado de integración y regulación social que experimenta el individuo. En otras palabras, la sociedad no solo condiciona la vida, sino también la manera de morir.

2. Tipología durkheimiana del suicidio
Durkheim distinguió cuatro tipos de suicidio, según el nivel de integración y regulación social:
Suicidio egoísta: ocurre cuando el individuo está insuficientemente integrado en la comunidad. El debilitamiento de los lazos familiares, religiosos o colectivos incrementa la vulnerabilidad existencial. Durkheim observó mayores tasas en sociedades con menor cohesión religiosa.
Suicidio altruista: se produce cuando la integración es excesiva. El individuo se sacrifica por el grupo, considerando su vida subordinada al deber colectivo (por ejemplo, ciertos actos rituales o militares).
Suicidio anómico: vinculado a la insuficiente regulación social. Aparece en contextos de crisis económicas o transformaciones abruptas, donde las normas pierden claridad y el deseo humano queda desorientado.
Suicidio fatalista: resultado de una regulación excesiva, donde el individuo percibe su futuro como irremediablemente bloqueado (por ejemplo, en condiciones de opresión extrema).
La originalidad de Durkheim radica en mostrar que el suicidio no responde únicamente al sufrimiento subjetivo, sino a desequilibrios estructurales en la organización social.

3. Aportes y vigencia de la teoría durkheimiana
La principal contribución de Durkheim fue desplazar el análisis del plano exclusivamente individual al plano estructural. Su método estadístico inauguró una tradición empírica en sociología y consolidó el estudio científico del suicidio.
En la actualidad, investigaciones en salud pública continúan reconociendo la influencia de factores sociales tales como:
-Desigualdad económica
-Desempleo
-Fragmentación familiar
-Aislamiento social
-Cambios culturales acelerados
El concepto de anomia resulta particularmente vigente en sociedades contemporáneas caracterizadas por la precariedad laboral, la hiperconectividad digital y la erosión de vínculos comunitarios tradicionales. El aumento de la soledad subjetiva en contextos urbanos puede interpretarse como una forma moderna de debilitamiento de la integración social.

4. Críticas a la perspectiva de Durkheim
A pesar de su relevancia, la teoría durkheimiana ha sido objeto de diversas críticas:
a) Reduccionismo sociológico
Durkheim minimizó factores psicológicos y psiquiátricos. Hoy sabemos que trastornos como la depresión mayor, el trastorno bipolar o las adicciones constituyen factores de riesgo significativos. La explicación exclusivamente social resulta insuficiente.
b) Problemas metodológicos
Algunos autores cuestionan la confiabilidad de los registros estadísticos del siglo XIX y la interpretación causal de correlaciones sociales.
c) Falta de perspectiva cultural y subjetiva
La experiencia interna del sufrimiento, la narrativa personal y los significados individuales del suicidio no son plenamente abordados en su modelo estructural.

5. Integración contemporánea: hacia un modelo biopsicosocial
Las aproximaciones actuales adoptan un modelo biopsicosocial, integrando:
Factores biológicos (vulnerabilidad genética, neuroquímica)
Factores psicológicos (trastornos afectivos, desesperanza, trauma)
Factores sociales (aislamiento, crisis económicas, violencia estructural)
Desde esta perspectiva, la contribución de Durkheim no es descartada, sino ampliada. La integración social sigue siendo un factor protector fundamental. Programas comunitarios, redes de apoyo y políticas públicas orientadas a la cohesión social muestran coherencia con su hipótesis original.

6. Reflexión ética y social
El suicidio interpela éticamente a la sociedad. Si aceptamos la premisa durkheimiana de que la estructura social influye en las tasas de suicidio, entonces la prevención no puede limitarse al tratamiento clínico individual; requiere políticas públicas que fortalezcan el tejido social, reduzcan la desigualdad y promuevan el sentido de pertenencia.
El desafío contemporáneo consiste en equilibrar el reconocimiento del sufrimiento individual con la responsabilidad colectiva. La pregunta que subyace es profundamente sociológica y moral: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aumentan los índices de desesperanza?

Conclusión
El análisis del suicidio desde la perspectiva de Émile Durkheim constituye uno de los aportes fundacionales de la sociología moderna. Su conceptualización del suicidio como hecho social abrió una vía interpretativa que sigue siendo relevante. No obstante, su modelo requiere ser complementado por enfoques psicológicos y culturales que atiendan la complejidad del fenómeno.
El suicidio no puede entenderse únicamente como una falla individual ni exclusivamente como un producto estructural. Es la expresión trágica de la intersección entre biografía y sociedad. En este cruce, la teoría durkheimiana continúa ofreciendo herramientas indispensables para comprender que, incluso en el acto más solitario, resuenan las estructuras invisibles de lo colectivo.
Centro Vioss
Pablo Lorenzo García 

jueves, 26 de febrero de 2026

Erotismo y Espiritualidad

*Erotismo y espiritualidad desde la visión de la Sexología*

Introducción

La relación entre erotismo y espiritualidad ha sido, históricamente, un territorio de tensiones, silencios y malentendidos. En muchas tradiciones culturales, el erotismo ha sido escindido de lo sagrado, reducido a lo biológico o moralizado bajo categorías de culpa y pecado. Sin embargo, desde la perspectiva contemporánea de la Sexología —particularmente a partir de los aportes de Eusebio Rubio-Aurioles, Helen Singer Kaplan y Alfred Kinsey— el erotismo es comprendido como una dimensión constitutiva de la identidad humana, compleja, simbólica y profundamente relacional.
Este ensayo propone una articulación académica entre erotismo y espiritualidad desde la Sexología científica, entendiendo ambas como experiencias humanas que trascienden lo meramente fisiológico y se inscriben en la construcción del sentido, la identidad y la trascendencia.

1. Erotismo: más allá del instinto

En el marco de la Sexología moderna, el erotismo no se reduce al acto sexual ni al impulso biológico. Rubio-Aurioles lo integra dentro del modelo de los holones de la sexualidad humana, donde el erotismo constituye una dimensión diferenciada pero interrelacionada con la reproductividad, la vinculación afectiva y el género. El erotismo implica fantasía, simbolización, imaginación y significado.
A diferencia del impulso sexual puramente fisiológico, el erotismo es experiencia subjetiva: es el modo en que el deseo se reviste de sentido. Desde esta óptica, el erotismo es una narrativa corporal que comunica identidad, historia y búsqueda de conexión. Así, el cuerpo no es solo organismo, sino territorio simbólico.

2. Espiritualidad: experiencia de trascendencia encarnada

La espiritualidad, desde un enfoque fenomenológico, no se limita a la religiosidad institucional, sino que refiere a la vivencia de conexión profunda con uno mismo, con el otro o con una realidad trascendente. Diversos estudios en psicología humanista y transpersonal han mostrado que las experiencias de intimidad profunda pueden generar estados de expansión de conciencia, similares a experiencias místicas.
Desde la Sexología clínica, se reconoce que ciertos encuentros eróticos pueden producir sensaciones de unidad, disolución del yo, plenitud y comunión. Estos estados no son meramente neuroquímicos; están mediados por la significación subjetiva del vínculo.

3. Cuerpo, deseo y trascendencia: una integración necesaria

La tradición dualista occidental separó cuerpo y espíritu, asignando al primero lo instintivo y al segundo lo elevado. Sin embargo, la Sexología contemporánea propone una visión integradora: el cuerpo es el medio primario de experiencia del mundo y, por tanto, también de lo sagrado.
El erotismo, cuando es vivido con consentimiento, conciencia y reciprocidad, puede convertirse en un espacio de revelación identitaria. No se trata de sacralizar el acto sexual en sí, sino de reconocer que el deseo puede abrir preguntas existenciales: ¿quién soy en el encuentro con el otro? ¿Qué parte de mí se revela en la intimidad? ¿Qué significa entregarme?
En este sentido, erotismo y espiritualidad convergen en tres dimensiones:
Presencia plena: ambos requieren conciencia del aquí y ahora.
Vulnerabilidad: implican exposición auténtica.
Trascendencia del ego: posibilitan experiencias de unión o comunión.

4. Erotismo saludable y ética del cuidado

Desde la Sexología clínica, la integración entre erotismo y espiritualidad exige condiciones éticas claras: consentimiento informado, respeto, autonomía y ausencia de coerción. Sin estos elementos, lo que podría ser experiencia de expansión se convierte en violencia o manipulación.
Helen Singer Kaplan enfatizó la importancia de comprender la respuesta sexual humana como proceso biopsicosocial. Cuando la sexualidad se vive fragmentada —con culpa, represión o disociación— el erotismo pierde su potencial integrador y puede convertirse en fuente de conflicto intrapsíquico.
La espiritualidad, por su parte, puede ofrecer un marco de significado que resignifique la sexualidad, siempre que no la patologice ni la condene. El desafío contemporáneo consiste en evitar tanto la banalización del erotismo como su moralización extrema.

5. Implicaciones clínicas y educativas

En la práctica sexológica, integrar erotismo y espiritualidad implica:
Reconocer las creencias religiosas o filosóficas del consultante.
Trabajar la reconciliación entre deseo y valores personales.
Favorecer una sexualidad consciente y congruente con la identidad.
Abordar la culpa sexual desde una perspectiva psicoeducativa.
En educación sexual, esta integración promueve una visión holística de la persona, donde el placer no es opuesto al sentido, y donde el cuerpo no es enemigo del espíritu.

Conclusión
Desde la visión de la Sexología científica contemporánea, erotismo y espiritualidad no son polos opuestos, sino dimensiones potencialmente complementarias de la experiencia humana. El erotismo, entendido como construcción simbólica del deseo, puede convertirse en vía de autoconocimiento y trascendencia cuando se vive con conciencia ética y afectiva.
Lejos de reducir la espiritualidad a lo ascético o el erotismo a lo instintivo, la integración propuesta invita a comprender que el ser humano es, simultáneamente, cuerpo que siente y espíritu que busca sentido. En esa intersección —donde el deseo se vuelve lenguaje y la intimidad se convierte en revelación— emerge una comprensión más completa de la sexualidad como experiencia profundamente humana.
Centro Vioss 
Pablo Lorenzo García

sábado, 21 de febrero de 2026

Aura, Carlos Fuentes

*Aura – Carlos Fuentes*
La permanencia del Deseo

I. Introducción: La casa como umbral del tiempo

Publicada en 1962, Aura constituye una de las obras más emblemáticas de la narrativa breve de Carlos Fuentes y una pieza fundamental dentro del llamado Boom latinoamericano. La novela despliega una arquitectura simbólica donde el tiempo, la identidad y la memoria se funden en una atmósfera de misterio gótico. A través de un recurso narrativo singular —la segunda persona—, Fuentes interpela directamente al lector y lo convierte en protagonista, diluyendo la frontera entre sujeto que lee y sujeto narrado.
Más que una historia fantástica, Aura es una meditación sobre la persistencia del pasado, la obsesión amorosa y la construcción de la identidad en un espacio cerrado que funciona como metáfora de la conciencia.

II. La segunda persona: un dispositivo de desdoblamiento.

Uno de los rasgos más innovadores de Aura es su narración en segunda persona: “Tú lees ese anuncio…”. Este procedimiento no solo genera una experiencia inmersiva, sino que crea una atmósfera de inevitable destino. El lector no observa la historia; la vive. La voz narrativa guía, ordena y anticipa, convirtiéndose en una conciencia superior que ya conoce el desenlace.
Este recurso formal produce un efecto de desdoblamiento psicológico: Felipe Montero no es únicamente personaje, sino proyección de quien lee. Así, la identidad se vuelve maleable, susceptible de ser absorbida por la memoria ajena. La novela sugiere que el yo no es una entidad fija, sino una construcción vulnerable frente al deseo y al pasado.

III. Tiempo circular y memoria

En Aura, el tiempo no es lineal sino circular. La casa de la calle Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México —oscura, clausurada al exterior— simboliza la suspensión temporal. Allí, el pasado no ha muerto; permanece latente.

La figura de la anciana Consuelo representa la voluntad de eternizar el amor perdido. Su obsesión por revivir al general Llorente encarna la negación de la muerte y la incapacidad de aceptar el duelo. Aura, joven y luminosa, funciona como doble y prolongación de Consuelo, como encarnación de un deseo que rehúsa extinguirse. El tiempo se pliega sobre sí mismo hasta revelar que la historia no es repetición sino reencarnación simbólica.
Este motivo conecta con una preocupación central en la obra de Fuentes: la historia mexicana como acumulación de capas temporales que coexisten en el presente.

IV. Lo fantástico y lo gótico en clave mexicana

Aunque Aura participa de la tradición gótica europea —la casa cerrada, la anciana misteriosa, el manuscrito antiguo—, Fuentes la resignifica en un contexto mexicano. La Ciudad de México aparece como palimpsesto histórico, donde lo colonial y lo moderno conviven en tensión.

La ambigüedad entre lo sobrenatural y lo psicológico nunca se resuelve del todo. ¿Es Aura una entidad independiente o una proyección de Consuelo? ¿Se trata de un hechizo real o de una sugestión progresiva? Fuentes mantiene la ambivalencia, situando la novela en el terreno de lo fantástico según la definición de Todorov: la vacilación entre explicación racional y sobrenatural.

V. Erotismo y posesión

El erotismo en Aura no es mero ornamento; es el mecanismo mediante el cual se consuma la fusión de identidades. El vínculo entre Felipe y Aura está atravesado por una sensualidad velada, casi ritual. La luz verde, las sombras, los silencios y la penumbra configuran un espacio donde el deseo opera como fuerza transformadora.
Sin embargo, el amor en la novela no es liberador sino absorbente. Felipe no conquista a Aura; es poseído por ella y, a través de ella, por el pasado de Consuelo. La culminación revela que la pasión es un instrumento de continuidad histórica: el amante revive al amado muerto, borrando los límites entre generaciones.

VI. Conclusión: La permanencia del deseo

Aura puede leerse como una alegoría del poder de la memoria y del deseo frente a la muerte. La novela sugiere que el amor no desaparece, sino que muta y reaparece bajo nuevas formas. El yo se disuelve en una corriente temporal donde pasado y presente convergen.
Desde una perspectiva crítica, la obra articula magistralmente forma y contenido: la segunda persona, el espacio cerrado, el tiempo circular y la ambigüedad fantástica convergen para expresar una tesis central: la identidad es una construcción histórica y afectiva, susceptible de ser reescrita.
 Aura permanece vigente no solo por su atmósfera hipnótica, sino por su reflexión sobre la persistencia del pasado en la conciencia individual y colectiva. En ese sentido, la novela es tanto un relato fantástico como una profunda meditación sobre la memoria, el deseo y la imposibilidad de escapar de lo que hemos sido.
Pablo Lorenzo García