miércoles, 21 de septiembre de 2022

Nosotros solo tenemos el tiempo

Habiamos llegado a una pequeña gran comunidad rural del estado de Puebla, la cabecera municipal se llamaba Naupan, pueblo pintorezco. Era la época que las misiones de trabajo pastoral me invitaban y me llamaban a aprender de aquellas personas humildes y sencillas que en esa etapa de mi vida fueron mis verdaderos maestros de vida, esos maestros que lo son sin jamás haber pisado un aula de clases de escuela alguna.
Una vez que bajamos del autobus con decenas de jóvenes que iban a nuestro cargo para el trabajo comunitario, tocaba decirles en qué comunidad les tocaría trabajar. Habiamos hecho cinco equipos de trabajo para cinco comunidades. Yo había solicitado que me asignaran a la más lejana y la más pobre, quizás no tendria una razón simple para pedirlo pero mi corazón me lo pedía.
Esa pequeñisima comunidad rural tenía por nombre Cuahuihuizotitla, pero los pobladores del lugar le llamaban Cuahui.
En cada pequeña comunidad los originarios pobladores se regían por un mayordomo que asi se le conocía a la autoridad moral del pueblo. Don Chema era ese mayordomo para Cuahui y me había tocado el honor de que él me recibiría en su casa. Una de las casas más humildes de dicha comunidad.
En Cuahui al igual que en la cabecerea municipal de Naupan se hablaba el Nahuatl y yo me había preparado en aprenderlo o al parecer eso creía. 
Don Chema tenía una mirada triste como si la melancolía se hubiera apoderado de sus ojos pequeños que lo decían todo sin conectar una palabra. No era viejo pero su sabiduría era la del universo cósmico de un pueblo que se construida con cada historia de su gente.
En Cuahui, nadie tenía auto solo una vieja camioneta que tendría el yerno de don Chema, un joven de Naupan que se había emparentado con el Viejo Shaman por haber embarazado a su hija, lo cual era una tradición milenaria en dichas comunidades.
En esa camioneta ibamos algunas veces a otras comunidades cercanas donde se encontraban los otros misioneros y los otros profesores que nos acompañaban y en otras ocasiones me prestaban una vieja mulita de carga, la cual a veces no se dejaba montar y solo nos convertiamos en compañeros de viaje. Recuerdo que siempre de regreso solíamos caminar ella y yo juntos platicando de la experiencia en el viaje, yo hablaba y ella rebuznaba como respondiendo o preguntando. Me hubiera gustado ponerle un nombre a la burrita en esta crónica pero jamás me respondio cuando le preguntaba ¿cómo te llamas? asi que lo dejaremos simplemente en "burrita"
Era la misma Burrita que nos hizo el enorme favor de "actuar" en la representación del domingo de ramos, llevando a uno de los misioneros más gordos y altos sobre su lomo, y yo pensaba que ella nos reclamaba, ¿no pudieron elegir un hombre menos pesado? pero con una actitud estoica , Burrita jamás se negó a caminar.
Los tres primeros días de la semana y media que vivimos en Cuahui, fui conociendo aquellos rumbos mágicos y sencillos, recuerdo que conmigo iba una religiosa que había llegado de Angola y ella fue una de esas maestras de vida que llegaban para que conociera un poco de la verdad de otras lejanas tierras tan distintas a mis pueblos mágicos de mi México que creía conocer.
Nunca supe como se llamaba en realidad aquella religiosa porque las mujeres cuando entraban a una congregación religiosa solían elegir otro nombre distinto con el que habían sido bautizadas al nacer y sor Angela tenía razones de sobra para volver a nacer y renombrarse de nuevo con una nueva historia menos compleja y dramática de la que había nacido en aquellas tierras de África.
El acompañamiento de Sor Angela, me permitía poder separarme del grupo de jóvenes misioneros, estudiantes y recorrer las veredas polvorientas de aquellos caminos que bien podrian haber sido nombradas por Antonio Machado en sus versos "Caminante no hay Camino" 
Era un cerro con caminos de tierra , veredas a veces lúgubres y a veces ominosas pero siempre llevaban al mismo sitio: ¡a la Nada!
Solo en algunas ocasiones, vereda arriba, se podía llegar al cielo y en otras ocasiones, llegaban al infierno de Dante justo donde se alojaba el campo santo de la comunidad, lugar que había elegido como favorito para mis meditaciones vespertinas, no hay mejor soledad meditativa y reflexiba entre tumba y tumba para conocer mis entrañas nauseabundas y serenas y mis pensamientos libres de los anuncios crueles de la GRAN ciudad.
Salvo aquella ocasión que me encontraba en mi deliciosa soledad mortuoria y descubro que detrás de muchas tumbas se encontraban cási todos mis jovenes misioneros al descubrir que era precisamente en el panteón donde habría la mejor señal para sus dispositivos móviles y aquello pues rompía con mi sacrosanta y bendita soledad.
Cada día ibamos a una vivienda distinta, de visita a las familias de esa comunidad que ya había hecho propia, con todo y su polvo y su pobreza, cada día recibiamos los sagrados alimentos, y escribo sagrados no por un motivo religioso sino porque eran trabajados y cosechados por las mismas manos de los comunitarios, los hombres y las mujeres que tenían las manos cuarteadas por el sol y la tierra con las que recolectaban sin herramiena alguna los frutos de esa bendita "pachamama" 
El menú siempre cambiaba y en algunos momentos nos permitían entrar a los espacios donde se hallaba el "Fogón" donde las mujeres cocían las tortillas, Espacio reservado para las mujeres, jamás entreban los hombres a sus cocinas y recordaba a mi abuela materna que era celosa de su bendita cocina en la calle de Carracci en la Ciudad de México, y nos decía siempre que teníamos la intención de cocinar algo: "Los hombres en la cocina huelen a caca de gallina" y nos expulsaba ruidosamente. Yo les contaba a las mujeres de la comunidad esas mis historias y ellas solo a mi me permitán entrar y mostrarme sus "secretos culinarios de nixtamal y fuego sagrado en un enorme comal sobre el fogon de leños y humo.
Yo había leidos en un libro maravilloso de Fernando Díaz Infante, "La Educación de los Aztecas" que las mujeres mexicas, aprendian a "tirar tortilla" que era el trabajo arduo desde llevar el maíz a la molienda del nixtamal y regresar con la masa y depositarla en un metate de piedra el cual postradas como en una sagrada reverencia casi de dolor, ante la piedra volcanica plana y el rodillo o metlapile con el que se iba formando y extendiendo aquella masa mágica del maíz, hasta formar la tortilla gruesa y firme y despositarla en el comal para que en el ritual del fuego sagrado recibiera la cocción necesaria para formarse y volverse tortilla.
Eran tortillas anchas y firmes y esas mujeres hacían una producción muy basta y enorme de cientos de tortillas que distribuían en los tortilleros calientes a lo largo de las mesas.
La cultura del maiz era el maravilloso aprendizaje que recibi en Naupan y en Cuahuihuizotitla por qué nos permitían participar de la cosecha en los maizales enormes donde nos colocabamos un morral de ixtle al hombro y ahi depositabamos las mazorcas de maíz despues de haberles retirado algunas hojas que guardabamos en otro morralito que colgabamos en el otro hombro.
En las tardes me dedicaba a dar algunas charlas con los adultos y las mujeres mayores de la comunidad, las cuales solo hablaban Nahuatl y Yo, orgulloso de mi aprendizaje de su lengua madre con la que escribía los conceptos sobre la familia y la educación y el ser humano, pero estaba muy errado porque serían ellas, las ancianas sabias quienes acabarian por enseñarme a vivir en otros modelos.
Había hecho en varias cartulinas blancas mis textos en mi recien aprendida lengua originaria y cuando inicie la charla con solo un puñado de mujeres mayores y otras mas jóvenes en el aula rural de la primaria de la comunidad y los niños que siempre me acompañaron como fieles escuderos y guías en mis andanzas de caballero andante de esas tierras. Trataba de hablarles lo más que podía en Nahuatl pero dijera lio que dijera, aquellos rostros estaban inamovibles, impávidos, sin respuesta alguna, a lo cual mi impaciencia se tornaba en preocupación de que aquellas "nuevas alumnas" mías no estuvieran comprendiendo mis palabras y mis textos. A lo que uno de esos pequeños niños se acercó y me dice con voz sencilla y sin problema alguno: "¡ es que nuestras abuelas no saben leer!" esa frase me hizo descansar la angustia de mi deber ante ese maravilloso grupo.
Habiendo acabado la charla a la que había invitado a toda la comunidad desde la mañana, fueron llegando los hombres y algunas mujeres adultas, campesinos, labradores de la pachamama, y mi pregunta era: ¿por qué no llegaron a tiempo para iniciar la charla? a lo que el sabio Don Chema con esos ojos llenos de sabiduría y de tristeza señalando mi reloj de pulsera, me dijo: ¡Ay Profe. Usted tiene su reloj, nosotros solo tenemos el tiempo! desde aquella bendita tarde deje de usar reloj alguno,
Pablo Lorenzo García