martes, 27 de julio de 2021

UNA HISTORIA DE AMOR EN EL TIEMPO

 

Éramos amantes antes de nacer, basto mirarte a los ojos para reconocer desde mi anterior vida que ya te conocía. Como nuestro encuentro fue meramente virtual desde unas redes sociales que nos distanciaban en lugar de acercarnos, lo más que habíamos encontrado era una imagen detrás de una pantalla y una voz detrás de unos audífonos corrientes que no se escuchaban con fidelidad, esa, eras tú, y ese era yo, sin un solo beso fuera de un imaginario electrónico, sin una sola caricia que no fuera de mis propias manos y no de las tuyas.

Cuando decidiste acudir a mi encuentro, al encuentro de una insistente invitación a un pretexto que me habría inventado para que dejaras el terruño lejano y vinieras a mí, a mi casa que deseaba conocieras para conocerte sin pensar que te iba a reconocer de antaño.

Desde que te vi llegar aun cuando no fui yo quien abrió la puerta y te condujo a mi consultorio, había algo particular entre tu voz viva y la luz radiante de tus ojos, de tu mirada.

Algo me decía intensamente que me eras familiar y que había un pasado común, en esas sensaciones de un DejaVú que nos envuelve en el común denominador de un viejo encuentro por un nosotros que me era muy peculiar entre tu voz y tu mirada.

Fue hasta que me diste tu mano y tu abrazo y que mis brazos respondieron con otro intenso abrazo que nos descubrimos que no podíamos soltarnos el uno del otro, mis brazos reconocieron ese abrazo de antaño y mi piel sobre tu blusa reconoció ese movimiento tan peculiarmente reconocido. Pero cuando tus labios se atrevieron a besar mis labios, fue cuando una luz intensa surgió, en un beso de muchos años, lustros que habrían pasado para poder expresar: ¡esto ya lo viví antes! y decidí ahora que fueran mis labios quienes se atrevieran a cruzar la línea del pasado e ir tras de ti y traer de nuevo miles de besos que mis labios habían dejado en tus labios hace tanto tiempo atrás.

Aunque no tuvieras el mismo nombre para mí, ni yo el mismo nombre para ti, eran tus labios, era tu piel, eran nuestros besos, era nuestra pasión de los amantes que habíamos olvidado hace más de sesenta años. Bastaba cerrar los ojos al besarte para recordar que te llamabas María y que nos ocultábamos entre los matorrales de un jardín solitario y prohibido, prohibido por nuestros padres ante el temor que la moral de los amantes que no podían serlo.

Mientras más besabas mis labios más recorría el túnel de un tiempo inexplorable pero cercano, mientras más acariciaba tu piel, más recordaba que aquel Pedro Irazábal era un escritor que habría salido huyendo de una España Republicana invadida por la dictadura fascista y llegaba a un México Cardenista para encontrar en Guanajuato a una mujer artesana que hacía magia con los dedos de sus mágicas manos en orfebrería, y joyería divina que dejara sorprendido a Pedro.

Fue un llamado a esa magia donde ambos en los años cincuenta se unieron involucrando sus pieles, sus acentos, sus intenciones de amar y no imagino el motivo de la distancia entre tu pasado y el mío, pero ahora que lo hemos recuperado, no pienso perderte una vez más.

 

Entre abrazos, besos, caricias, fuimos reconstruyendo el pasado remoto que nos unía aún sin saberlo, pero a cada beso y a cada caricia, la historia de María Balcázar y Pedro Irazábal se iba uniendo a la nuestra, los de ahora que le dábamos sentido a los de antes, los de antaño.

Era más Pedro que yo mismo cuando mis labios te reconocían sediento de besos y eras más María cuando tus manos se involucraban como artesana en mi piel, en mi rostro donde engarzabas besos de tus labios. Pero había un dolor en cada beso y en cada caricia que los de ahora se descubrían en los de antaño, un dolor que sentía más María cuando no deseaba soltar a Pedro y lo apresaba entre sus brazos pidiéndole con sus intensas caricias, ¡No te vayas amor!, ¡No te vayas!, los últimos besos míos, sentí la amargura de la piel de Pedro y la ansiedad con la que besaba un moribundo en la antesala de la muerte.

Tuvimos que dejar los besos y las caricias para reconocer dolorosamente que Pedro le costaba trabajo respirar y yo sentía que me faltaba el aire entre beso y beso, fui descubriendo lastimosamente que Pedro tendría tuberculosis y no había cura para ella, y por eso tú sentías el angustioso dolor de la pérdida en mi partida, y al mirarnos decidimos salvar a Pedro y a María de la inexpugnable muerte de su vínculo por la dolorosa y sencilla muerte de Pedro.

Tuvimos que llorar y saber si podríamos salvarnos de aquella historia y cómo reaccionar al vínculo que nos unía a ellos con 70 años de distancia romántica y enfermiza.

Decidí invadir tu piel con mis besos y honrar lo que Pedro debía honrar en mis labios y los tuyos, decidiste arriesgarte a besarme sin saber que yo tenía una enfermedad pulmonar altamente contagiosa y que ambos éramos el vivo destino de aquellos viejos amantes que no pudieron amar por que el tiempo se interpuso entre aquellos 4 amantes unidos por una vieja historia y separados por el tiempo.